Pekín sigue enterrado en arena. A los que viváis aquí, qué os voy a contar, y los que viváis allá, a lo mejor lo habéis visto en la tele. La capa amarilla que lo cubría todo se ha ido un poco, pero en el aire sigue oliendo a Kalahari, la nariz pica y uno intenta no apoyarse en ninguna pared, automóvil o cualquier cosa al aire libre, para no mancharse la ropa.
Además de la arena, el aire está lleno de borrillas de polen, y también se habla de una plaga de polillas que azota el norte de China (aunque no parece tan gorda como la que hace cosa de 10 años se sufrió en Madrid). Ya sólo falta que lluevan ranas para confirmar que Pekín está siendo pasto de las siete plagas.
Debido a que el aire tiene regusto a ladrillo y no es apto para alérgicos, han comenzado a reaparecer, tres años después del SARS, las mascarillas que se pusieron de "moda" en aquella aciaga época. Hoy en mi viaje de ida y regreso a casa he visto varias en el metro. Siempre hay alguna en primavera, también en circunstancias "normales", pero en el día de hoy he advertido bastantes más de lo normal.
Eso me ha recordado los tiempos del SARS, que en Pekín vivimos con gran intensidad. No hablábamos de otra cosa, no pensábamos en otra cosa que en el Síndrome Respiratorio Agudo y Grave.
En aquella época yo llevaba mascarilla en el metro también, y había una compañera de trabajo que la llevaba hasta en la oficina, durante toda la jornada laboral.
El tema de las mascarillas dio entonces para muchas bromas, que todavía pululan por Internet. La que hay a continuación está basada en algo que pasó de verdad: en un pueblo de China, la gente no tenía dinero para comprarse mascarillas y usaba sujetadores.
 Y ahora una foto de una chica que usó demasiado tiempo la mascarilla, como mi ex compañera de ex trabajo:
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