He sido uno de los 870 afortunados que ha viajado en el primer tren de Pekín a Lhasa, un viaje de 48 horas que ha sido inolvidable.
Algunas cosas que no podré olvidar:
- Los soldados chinos montando guardia en la vía, uno cada dos o tres kilómetros, más solos que la una y pasando un frío de muerte a 4.000 metros de altura.
- El mal de altura, que no sabía yo que nos fuera a dar tan fuerte a los que viajábamos allí. Más de uno se tuvo que poner mascarilla de oxígeno, y yo me tuve que tomar cuatro fármacos distintos.
- El inmenso cielo del Tíbet. De hecho, la tierra allí parece más insignificante, porque es tan plana y monótona... Sólo los yaks de vez en cuando alegran un poco el paisaje (y desde ahora, también los soldados solitarios que he nombrado).
He hecho muchas fotos, pero son demasiado grandes, así que no las voy a colgar aquí. Sólo os mando la del billete de tren, que ya es un clásico para coleccionistas. Calculo que en unos 200 años lo vendo y me hago rico.
 Y bueno, lo que quería decir con el título de este post es que estos días, como estoy de viaje, quizá no tenga tiempo de escribir cosas aquí. Lo intentaré, pero por si acaso escribo esto para curarme en salud. ¡Saludos desde el Techo del Mundo!
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