|

Ya estoy de vuelta en Pekín, tras apenas una semana de viaje medio de trabajo y medio de vacaciones por el Tíbet, que incluyó un viajecito en el nuevo "Tren de los Cielos" (ya le hemos puesto tantos motes los periodistas que no sé cuál más poner).
Como algunos de vosotros os habéis interesado por el nuevo tren, contaré brevemente mi experiencia, y pongo fotos (no muchas porque lo mejor es ir a verlo).
Ir al Tíbet es como uno de los grandes mitos: es tan difícil llegar, está tan aislado, es tan duro para la salud... Por eso haber ido, haber superado el mito, me da casi hasta pena...
Viajar rodando, no volando, desde Pekín hasta Lhasa tiene ya de por sí un componente tan romántico que sólo por ello vale la pena. Sólo poder decir que uno se ha cruzado China de cabo a rabo, que ha subido en tren hasta los 5.000 metros, justificaría hasta un paisaje en el que sólo se vieran neumáticos quemados por el camino.
Pero, habiendo hecho la ida en tren y la vuelta en avión, he de reconocer una cosa, por mucho que me duela: la vista es mucho más espectacular cuando se vuela –sobre montañas del Himalaya- que cuando se va en tren. El tren no va por acantilados ni montañas, sino que asciende lentamente, casi sin que se dé uno cuenta (aunque los oídos sí lo notan).

Incluso cuando el tren pasa por su punto más alto (5.072 metros) el paisaje es bastante plano. Que nadie espere tener vértigo, aunque eso sí, esperad tener mal de altura.
Llevaros pastillas para combatir este mal (yo me compré unas en Lhasa fabricadas por el Ejército Popular de Liberación, iban fenomenal).
El viaje en tren, que dura 48 horas, se hace más espectacular en el segundo día, así que si alguno de vosotros no tiene mucho tiempo, le recomiendo que tome el tren en ciudades del oeste del país, como Lanzhou o Xining. Desde allí se ve primero el desierto chino, pelado y montañoso, y poco después la meseta tibetana, con su césped verde, sus yaks y sus montañas nevadas (aunque ahora en julio hay poca nieve).
Con tantas horas de pradera, uno aprende mucho durante el viaje de cómo son las granjas tibetanas, se ven animales salvajes... No hay ni un solo árbol, lo más parecido son soldados del Ejército chino plantados a lo largo de la vía para vigilar.

Sobre Lhasa y alrededores... Ya sé que me habéis pedido fotos, pero es que ¡hay que ir a verlo! Y si venís, hacedlo en grupos pequeños, por favor. Tíbet, ahora con su tren, tiene pinta de estar en peligro de extinción en lo que a "destino auténtico" se refiere.
En fin, Lhasa es una ciudad fantástica... Yo, siempre en busca de comparaciones extrañas, la veo como un pueblo del Pirineo navarro (o como Hecho, en el Pirineo aragonés), sólo que con un enorme castillo llamado Potala.
Si hubiera que resumirlo en pocas palabras, habría que decir que lo que más impresiona del Tíbet no es el Potala, ni los tibetanos tan religiosos y con trajes y peinados tan suyos. Lo que más impresiona son el cielo y sus nubes. En el Tíbet uno se da realmente cuenta de que está más cerca de los cumulo-nimbos, es alucinante.
Sí, alucinante, pero llevad gorra y poneros crema solar por todas partes. No os pase como a mí, que me olvidé de untarme las orejas y se me quemaron. Y también el cuero cabelludo, un día que no llevé gorra y el pelo no me protegió.

|