
Ayer terminó la Copa de Asia de Fútbol, que últimamente se celebra cada tres años (esta vez fue coorganizada por Vietnam, Indonesia, Tailandia y Malasia) y en esta ocasión ha tenido un sorprendente ganador: Irak, el equipo de un país destrozado por la guerra y los atentados, que pese a todo ha hecho un equipo competitivo y capaz de superar a favoritos como Australia, Corea del Sur o Arabia Saudí, a la que ganó en la final.
Enhorabuena, me alegro un montón por ellos. Encima, unos pobres iraquíes que salieron a la calle para celebrar hace unos días el pase a la final murieron en un atentado. Así que, entre tanta desgracia, ya era hora de que ese país se lleve una alegría, aunque sea pequeña.
En el campo de lo deportivo, además, esta victoria tiene el mérito de haber sido lograda en una zona, el sureste de Asia, donde estos días debe estar haciendo un calor como para derretir los relojes de Dalí. En Pekín nos morimos de la calufa, y el pasado fin de semana que fui más al sur, a Shanghai, el calor era aún más insoportable, así que no quiero ni pensar la que deben estar sufriendo en zonas más meridionales de Asia. No puedo imaginarme, lo digo en serio, mayor calor que el que hacía el pasado fin de semana en tierras shanghainesas.
China, en este campeonato, no partía como favorita, pero sí como una posible alternativa a las que sí lo eran (Corea del Sur, Arabia Saudí, Australia, Japón e Irán). Era un poco como lo que suele ser España en las Eurocopas: un país del que no se espera mucho, pero del que secretamente sus aficionados piensan: "mira que si este año cambia la suerte..."
Y como le pasa también a España, China no cambió, fue la selección mediocre de siempre, y ni siquiera pasó a los cuartos de final, algo que no le sucedía en más de 20 años. Encima, tras una humillante derrota contra Uzbekistán por 3 a 0.
La selección china tiene otro problema que le asemeja al equipo español: su seleccionador (Zhu Guanghu) no se quiere marchar, pese a que toda la afición quiere que así sea. De todos modos, en este caso parece que la federación no tiene demasiado en cuenta los deseos del técnico, y ya está buscando un sustituto. Se oyen muchos nombres, pero lo más probable es que sea uno de esos técnicos europeos "trotamundos" que pasan su carrera dirigiendo selecciones de África y Asia.
China nunca ha sido una selección puntera, ni siquiera dentro del bajo nivel que tiene el balompié asiático, pero dado su poder en el deporte en general, su enorme población y su pasión por el fútbol (más el extranjero que el local) siempre se ha esperado de ella que se llevara algún torneo continental. Aunque fuera de rebote, como hicieron en Europa sorprendentes ganadores como Dinamarca (1992) o Grecia (2004). China de hecho ha estado a las puertas de ello dos veces, en 1984 (cayó derrotada ante Arabia Saudí) y en 2004, perdiendo la finalísima ante Japón. Esa final fue un duro palo para los chinos, por el simbolismo de caer en Pekín y ante los nipones, rivales de China no sólo en lo deportivo sino también en lo político.
A veces veo a los aficionados chinos al deporte un poco masoquistas, porque con la de disciplinas en las que dominan y ganan medallas sin límite -ping pong, saltos de trampolín, bádminton, gimnasia, etc- el deporte que más parece gustarle a la mayoría es el fútbol, en el que nunca se comen un rosco.
Pero ellos confían en que un día puedan por lo menos ser una "potencia media" del fútbol mundial, alguien habitual en los campeonatos internacionales aunque luego no gane ninguno... como España.

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