
El terremoto de Wenchuan dejará una cicatriz terrible en China. Para empezar, ha convertido el "glorioso" año olímpico 2008 en un año desgraciado, como lo fue 1976 con su terremoto de Tangshan (una pena para mí, pues es el año en que nací, además apenas una semana después de ese terremoto).
Poco podremos sacar en positivo de este horror, aunque yo, al menos, algo me llevo: la confirmación de que los chinos no son tan indiferentes como nuestros prejuicios occidentales piensan. Sufren todos con este terremoto, y lloran en público, y abrazan a las víctimas, los que las tienen cerca. Vale, siguen sin estar dispuestos a bailar una sevillana en medio de la plaza de Tiananmen, pero están llenos de sentimientos y los muestran al que sabe verlos.
Ver a todo el mundo apelotonado en torno a una pantalla gigante en la calle, llorando de tristeza o de alegría por ver cómo han rescatado a alguien vivo. Ver a la gente diciendo a sus amigos, "si vas a la zona del terremoto, por favor dale esta bolsa de comida al que veas más necesitado". Esas cosas han demostrado, y ojalá se queden en la memoria de la gente, que los chinos sufren tanto o más que nosotros, pese a que "sean muchos y todos iguales" y les adjudiquemos cierta frialdad.
Entre eso y la apertura de las zonas afectadas a la prensa, o la buena disposición a recibir ayuda internacional, creo que, al menos, la fama de China y los chinos, por los suelos hace tan sólo un mes, está subiendo muchos enteros.
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