Tal día como hoy de hace siete años llegué a Pekín por primera vez. De aquel día recuerdo el olor a contaminación que me sorprendió al llegar. Un olor que, dicho sea de paso, ya no percibo, no sé si porque el aire está más limpio o porque me he acostumbrado a él.
Quiero celebrar este aniversario a lo grande: polemizando. Y mi polémica girará en torno a un artículo sobre China que ha escrito el insigne periodista Josep Ramoneda.
Antes que nada, quiero decir que a Ramoneda lo admiro mucho y lo recuerdo de cuando yo estudiaba periodismo y por las noches escuchaba sus comentarios en Hora 25, en una época en la que yo escuchaba mucha, muchísima radio. Su voz, a esas horas, inspiraba paz y mucha serenidad de ánimo. No me acuerdo de lo que hablaba, pero sí que me acuerdo que lo que decía sonaba muy bien.
Por el buen recuerdo que tengo de esas crónicas, me he lanzado hoy a leer el artículo que ayer publicó Ramoneda en El País, seguro de que me iba a gustar. Pero no ha sido así.
En realidad, estoy de acuerdo en la idea principal de la columna, ya que es una idea muy general a la que poca gente creo que se opondría -la democracia ha de llegar a todas partes del mundo- pero mi desacuerdo es total al respecto de las formas que se emplean en el texto para defender esa tesis.
Para empezar, el artículo tiene el siguiente subtítulo:
Después de los Juegos Olímpicos de Pekín, los chinos comparten con los americanos la profunda convicción de que su destino es gobernar el mundo y están empapados de un nacionalismo con vocación imperial.
Primeras líneas del artículo, primer desacuerdo total. Si se me permite una pregunta: ¿Cuántas bases militares tienen los chinos en el extranjero?
En mi opinión, los chinos no desean "gobernar el mundo", porque son un pueblo que históricamente nunca ha sido expansionista. Una prueba: en el siglo XV contaban con la mejor armada del planeta, pero en lugar de conquistar Américas e Indias como españoles y portugueses, decidieron quedarse en casa. Los chinos son de la opinión de que tener "colonias" no da más que dolores de cabeza. Que los españoles tuviéramos en el pasado vocación imperial y quisiéramos gobernar el mundo no significa que todos los pueblos sean así. Cree el ladrón que todos son de su condición...
China, está claro, quiere ser una superpotencia mundial. Pero no por ansias expansionistas ni delirios de grandeza, no señor. Es un sueño de otra naturaleza:
Actualmente, la renta per cápita de China es de 1.500 dólares por habitante. Los chinos quieren que se aumente por lo menos por 10, para parecerse a la de países medianamente desarrollados. Para lograr eso, debido a su enorme población, China tiene que convertirse en el país con mayor PIB del mundo, además con gran diferencia sobre el resto. Ésa es la lucha que tiene China por delante: tiene que ser un país en su conjunto inmensamente rico para que dentro, sus ciudadanos, sean medianamente ricos. Nada de gobernar el mundo ni zarandajas, sino invadir mercados y enriquecerse a lo bestia en lo macroeconómico para sobrevivir en lo microeconómico.
Bien, punto y aparte, pasemos ahora al primer párrafo. En él, Ramoneda critica con dureza la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín.
A los organizadores de los Juegos Olímpicos de Pekín no se les ocurrió nada genial para el último relevo de la llama sagrada. Y tuvieron que suplirlo con el despilfarro, que es lo que acostumbra a acontecer cuando las ideas no llegan y se necesita impresionar al mundo.
Ahí no tengo nada que reprocharle: sobre gustos hay colores. A mí, por el contrario, tanto el encendido de la antorcha como la inauguración en general me parecieron una obra de arte sublime, capaz de condensar la cultura de China en dos horas, sin retóricas comunistas, y de la mano de Zhang Yimou, quien probablemente es hoy en día el mejor coreógrafo-director de arte-escenógrafo del planeta.
Mi pregunta hacia Ramoneda es la siguiente: si en vez de hacer esa inauguración Pekín 2008 hubiera hecho una totalmente opuesta, ¿a que tampoco le habría gustado? Y si hubiera hecho una basada en el chocolate y el queso manchego, ¿a qué tampoco? En resumen, ¿a que nada hecho en China le gusta, porque lo asocia a un régimen dictatorial?
En mi modesta opinión, mezclar la política con la estética es erróneo. Por poner un ejemplo: las películas de Leni Riefenstahl son consideradas por los críticos de cine una obra maestra de su tiempo, pese a que ella trabajara para el régimen nazi. Los futuristas italianos eran filofascistas, pero su obra ha trascendido a la historia del arte. Zhang Yimou podrá ser amigo del comunismo, pero su arte es premiado en Cannes, Venecia y Berlín.
Y ya que hemos mencionado el nazismo, nos metemos en el segundo párrafo del artículo de Ramoneda, en el que se compara Pekín 2008 con Berlín 36:
La ceremonia inaugural de Pekín fue la versión posmoderna de la ceremonia de Berlín del 36. Las mismas obsesiones ideológicas -masa, uniformidad, disciplina, repetición, perfección formal, anulación del sujeto- sólo que en alta definición y tecnología de punta.
Lo primero que me gustaría decir a este respecto es que lo de comparar a los JJOO de Pekín con los de Berlín es tan original como una tortilla francesa en el mundo de la gastronomía. Se ha repetido tantas y tantas veces, que se ha convertido en una cosa: retórica. La retórica comunista es cansina hasta la médula, pero los críticos con el comunismo están cayendo en el mismo defecto de repetir una y otra vez las mismas frases, las mismas consignas, como robots. Los anticomunistas cada vez se parecen más a los comunistas.
En segundo lugar, al respecto de esa manía de comparar a China con la Alemania nazi: esa comparación es probablemente una de las cosas más ofensivas que se le pueden decir a los chinos. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que los chinos, en la Segunda Guerra Mundial, estaban en el bando contrario a los nazis, mientras que los japoneses, que sí se aliaron con Hítler, invadieron China y mataron a millones de chinos.
Para ahondar en este problema pondré un símil: imaginad que dentro de unas décadas se conceden los JJOO a un país africano que, como la China actual, no sea una democracia a la occidental. Pues bueno, es como si entonces un diario se pusiera a decir que esos JJOO africanos son unas "Olimpiadas del Ku Klux Klan". Imaginaos la que se montaría entre los africanos...
Afortunadamente, los chinos suelen ser bastante pachorras a la hora de protestar. Pero vamos, no me parece a mí normal que para criticar a un país lo compares con uno de sus antagonistas históricos.
En fin, que hoy no estoy muy de acuerdo con el amigo Ramoneda: tampoco en lo que dice más tarde del Tíbet, pero bueno, ese tema mejor no meneallo más. Aunque, por supuesto, respeto muy mucho su libertad para expresarse y sigo pensando que es uno de los grandes comunicadores radiofónicos de España. Me gusta mucho más en esta entrevista que he pillado en YouTube.
Por otro lado, sé que El País da voz a todo el mundo en sus páginas, y en otras ocasiones ha aparecido gente en ellas con una visión de China con la que yo estoy más de acuerdo. Así debe ser, independencia y equilibrio, y ojalá que en la prensa china algún día también se pueda dar una situación así.
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