Ésa parece ser la política que el Ayuntamiento de Pekín, a quien yo tanto quiero y bendigo cada noche antes de acostarme, está aplicando con algunas de las cosas que los Juegos Olímpicos nos trajo a los pequineses.
Dos ejemplos para demostrarlo:
1) La calle Gongtibeilu, una gran avenida muy transitada, apenas tenía en su parte más occidental semáforos, por lo que para cruzarla tenías que ir al paso subterráneo de uno de sus extremos, o al paso elevado que está a 200 metros de allí. De la caminata y el subibaja nadie te libraba.
Quisó la casualidad que, en los Juegos Paralímpicos, gran parte del Comité Paralímpico Internacional se alojara en un hotel cercano, el Swissotel.
Muchos paralímpicos, por tanto, estaban en la zona, así que el Ayuntamiento decidió facilitarles la vida y poner un semáforo en medio de la calle, con su paso de cebra y todo. Algo que no sólo los que van en silla de ruedas, sino todos, aplaudimos y celebramos al grito de "Viva el señor alcalde, oe, oe, oe".
Se acabaron los Juegos Paralímpicos, se acabó el semáforo. Vuelve a apañártelas como puedas si quieres cruzar la calle, guapo. Y si vas en silla de ruedas, no cruces.
2) Ante la llegada de los Juegos Olímpicos, Pekín puso muchas medidas de seguridad para hacer frente a las medidas terroristas. Países como EEUU exigían a China unas medidas de seguridad máximas o no iban a participar en los Juegos, decían (luego los diarios estadounidenses se quejaban de esas mismas medidas, pero ésa es otra historia).
Con este motivo, se instalaron controles de metales en el metro de Pekín, por los que había que pasar bolsos, mochilas y demás cada vez que se entrara en el suburbano.
Se suponía que las medidas iban a finalizar tras los Juegos Olímpicos y Paralímpicos. Pero no, allí siguen los controles, sigue habiendo que pasar las bolsas que lleves por el control de metales, e ir en metro se ha convertido por tanto en algo tan peñazo que yo, siempre que puedo, lo evito, pese a haber sido en mis años mozos un apasionado de los metros.
En estas estamos. Me dan ganas de escribir cartas diarias de queja a los periódicos locales, como haría Abraham Simpson, pero como no me iban a entender, se lo cuento a ustedes, señores lectores.
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