(continuación de la serie iniciada con Poli bueno, poli malo).
 Algunos de los que me conocen saben que llevo una vida seminómada. En siete años en Pekín, he estado en ocho casas diferentes, y la semana que viene, si el camión de la mudanza lo permite, iniciaré mi estancia en la novena.
Mi nuevo casero es, según él mismo me contó, un comandante del Ejército de Liberación Popular, por lo que es posible que en algún armario se haya dejado olvidado algún subfusil o una granada de mano. De momento he mirado en los cajones y no he encontrado nada letal.
En fin, el caso es que cuando uno se cambia de casa en China tiene que llevar a cabo un trámite que, si bien no tan pesado como el que contaba en el anterior capítulo de esta serie (hacerse el visado o permiso de residencia) también puede tener sus intríngulis. Me refiero al hecho de registrarse en la comisaría de policía de tu barrio para que te tengan bien controladito.
Para registrarse, hay que ir a la comisaría en compañía del casero, con el contrato del piso y el pasaporte. Y allá que fuimos mi casero castrense y yo, poco después de firmar el contrato.
Con la suerte que últimamente estoy teniendo para hacer estos trámites, era inevitable que apareciera algún problema, y en efecto, apareció:
Resultó que mi casero, al ser soldado de las Fuerzas Armadas, no tiene carnet de identidad como los civiles chinos. Al parecer, los militares chinos no tienen DNI, sino una tarjeta de identidad especial, de color rojo fuego para que destaque bien.
Este imprevisto, al parecer, planteaba problemas para que yo me pudiera inscribir en la comisaría de barrio. La policía encargada de hacerlo miró el DNI militar del soldado con cara de ver uno así por primera vez en su vida, y sin saber muy bien qué hacer. Esta vez, ni una salvadora aparición del poli bueno del otro día serviría para arreglar el problema burocrático...
Entonces, no sé por qué, se me ocurrió preguntarle al casero, delante de todos:
- Oiga, ¿usted estuvo en Sichuan?
Me refería a si él había estado en las labores de rescate del terremoto que hubo en mayo, en las que participaron muchísimos soldados.
Y sí, en efecto, mi casero había estado: nos contó a mí y a los policías que nos atendían que había trabajado en Beichuan, una de las ciudades más destrozadas.
En fin, el caso es que después de contarlo, las policías del mostrador, con una sonrisa en la cara, aceleraron el hasta entonces tan problemático proceso y en menos de un minuto ya estaba yo registrado. ¿Fue gracias a mi pregunta? Tal vez no, pero podría ser que sí.
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