
No ayudó mucho el levantarse, mirar la prensa y descubrir que se había muerto en Huesca un señor que se llamaba igual que yo (aunque no es pariente mío, creo). Tampoco que nos dejara hoy uno de los más grandes del pop español, Antonio Vega. De sol, de espiga y deseo, son tus manos en mi pelo... Que en paz descansen los dos.
Pero la tristeza de hoy sobre todo surge al recordar que tal día como éste, pero del año pasado, un terremoto que en Pekín nos hizo salir de la oficina asustados se tragó ciudades enteras a miles de kilómetros de aquí, en las comarcas de Wenchuan y Beichuan. Derrumbó 3.000 escuelas e institutos con estudiantes dentro, mató 67.000 personas y removió la tierra de tal manera que otras 19.000 siguen desaparecidas doce meses después.
Estuve allí el año pasado, pocos días después de ocurrido el desastre, y volví hace unos días, para ver cómo va la reconstrucción de casas y la de vidas. No quiero contar mucho de lo que vi aquí, porque forma parte de mi trabajo y porque hablar mucho de ello me incomoda, no quiero aprovecharme de la desgracia de tanta gente para armar "batallitas".
Hay mucho que lamentar de la tragedia, mucho que criticar al Gobierno chino (esas escuelas que se cayeron tan lejos del epicentro...), mucho que mejorar para que el próximo gran terremoto que sufra el país no cause tantas víctimas. Pero yo prefiero quedarme, después de haber visto tantas desgracias el año pasado y tantas heridas aún no cicatrizadas en éste, con el pequeño lado positivo que tuvo esta gran desgracia. Por ejemplo, con la amabilidad de policías y soldados, por una vez, ante los periodistas que cubrían el año pasado el seísmo, que ojalá un día no sea una excepción sino lo más normal. O con la oleada de solidaridad de los chinos, que rompió el mito de la indiferencia asiática ante los males de los demás: los chinos demostraron ser un gran pueblo, que se vuelca en masa cuando se necesitan, y cuyos ciudadanos son capaces de conducir su coche lleno de paquetes de galletas y botellines de agua desde Shanghai hasta Beichuan para dar de comer y beber a las víctimas.
Y este año, me quedo con la entereza de muchos supervivientes que, después de haberlo perdido todo, su casa y gran parte de su familia, se aprietan en las casas prefabricadas que les han dado para montar en ellas un restaurante o un hostal, porque quieren seguir adelante y no vivir de las donaciones. Me quedo, sobre todo, con esa chica tibetana -muy guapa, por cierto- que vi hace unos días trabajando de camarera en uno de esos restaurantes, en Wenchuan: había perdido a su padre, su madre había quedado discapacitada, y ella, con una cara de "aquí no ha pasado nada", cocinaba y servía a los turistas que llegaban al lugar, al lado de las ruinas del terremoto. Eso es fuerza, y no la de un seísmo.

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