 Más o menos a la hora a la que cuelgo este post, hace 20 años, en la ciudad donde vivo, se produjo la matanza de Tiananmen, que causó la muerte de un número de personas que todavía desconocemos (probablemente entre 400 y 2.000). Los soldados dispararon contra jóvenes, algunos probablemente de su misma edad, estudiantes que se habían ganado el corazón de muchos chinos durante sus siete semanas de manifestaciones pacíficas.
Esta noche se cumple el vigésimo aniversario de la matanza que hizo tristemente famosa a Tiananmen, la plaza más grande del mundo. En Pekín, la víspera ha sido un día como otro cualquiera, de cielos azules y calor. Nadie parecía acordarse de un hecho que, innombrable en China, ha acabado siendo minimizado hasta el punto de que el Gobierno, en las declaraciones oficiales, lo resume como "el incidente ocurrido a finales de los 80 del siglo pasado". Y sólo lo nombra cuando le pregunta la prensa extranjera: si no, jamás lo cita. Es el elefante que está en la habitación y jamás se nombra, el mayor tabú en un régimen lleno de tabús. Los más atrevidos se refieren fugazmente a él como el "liusi", el "seis cuatro".
En la víspera, la prensa oficial china, por supuesto, no ha nombrado el incidente en ningún momento. Pero la propaganda china estuvo muy rara. En realidad, no ha dado ninguna noticia importante, todo eran pequeños sucesos, noticias pequeñísimas que en otros días no hubiera dado. A lo mejor podría haber optado por dar alguna noticia para distraer la atención, un cerdo astronauta o algo así, pero curiosamente no lo ha hecho. Es como sí, silenciosamente, hubiera querido rendir homenaje con un triste y aburrido vacío informativo a lo que no puede homenajear.
Como guinda, se ha publicado en esa prensa oficial una noticia de una simple visita de homenaje de soldados retirados precisamente a la puerta de Tiananmen, una de tantas visitas que se hacen al monumento... ¿A qué venía eso? ¿Era una noticia en clave? ¿Leyéndola al revés era un homenaje a las víctimas?
En la prensa occidental, no obstante, la cobertura tampoco ha sido la que a mí me hubiera gustado. ¿Cuántos artículos han intentado analizar de verdad lo que pasó entonces, por qué pasó, contexto histórico, legado, actores principales, cronología? Reconozco que no he leído muchos artículos, porque todos los años son iguales -sólo que este año son más largos por ser un aniversario más redondo-, pero estoy seguro de que muy pocos cuentan que los estudiantes que se manifestaban eran los más comunistas de su clase, que las protestas al principio eran una llamada a la renovación en las filas del Partido, o que también eran fruto del empobrecimiento que China había sufrido a finales de los 80 por la creciente inflación. Tampoco se cuenta que los que más represalias sufrieron no fueron los estudiantes, sino muchos trabajadores o sindicalistas que en remotos lugares de China lanzaron huelgas de apoyo a esos valientes jóvenes. O el apoyo que muchos líderes comunistas dieron a los estudiantes, sobre todo Zhao Ziyang, o uno de sus ayudantes, el ahora primer ministro Wen Jiabao.
Si China olvida todo el incidente, Occidente olvida todo lo que pasó antes de la trágica noche del 3 al 4. Sólo cuentan las calles manchadas de sangre, los tiros, los ciclistas atropellados por los carros blindados, la crueldad de los soldados, el hombre del tanque. Hechos realmente importantes, que deben recordarse y que un día volverán a conocer los chinos, pero... ¿es lo único que vale la pena recordar?
Es la historia de siempre. De China, un país inmenso, donde pasan cada día 1.000 veces más cosas que en tu país, unos sólo seleccionan lo truculento, lo que realza ideas como crueldad, dictadura o represión. Ideas que son reales, pero que son una mera selección del todo, un todo mucho más variado. En cambio, los otros hacen como si esas cosas no existieran, mirando para otro lado y callando mientras tragan saliva.
¿De verdad son esas las actitudes que debemos tener en un mundo globalizado, donde vayamos donde vayamos nos vamos a encontrar a chinos, a españoles, a estadounidenses? Vergüenza debería darnos, a unos y a otros. Es una repetición de la Guerra Fría, en la que la ventaja que tenemos con respecto a entonces -mucha más información de uno y otro lado- se ve anulada por prejuicios, desconfianzas, apariencias y rencor.
De todos modos, no hay que rendirse. A China hemos llegado muchos extranjeros en estos 20 años. Nos hemos horrorizado con muchas cosas que hemos visto, y la censura nos ha dado por saco, pero también hemos conocido cosas que dan pie a la esperanza. Unos jóvenes con muchas ganas de conocer mundo, de debatir, de trabajar por un futuro mejor. Abogados y juristas empeñados en que China sea un día un Estado de Derecho. Periodistas que arriesgan su pellejo por informar de cosas imposibles de cubrir hace 20 años. Expertos e intelectuales que intentan convencer al régimen pétreo de que lo mejor es una transición pacífica y paulatina a la democracia. Artistas que expresan su rebelión en los cuadros. Directores de cine que cuentan sin pelos ni señales. Una sociedad china que se transforma, que madura, que nos cuenta que los muchachos de Tiananmen dejaron un legado secreto. Y los que estamos aquí, los que tenemos ojos, los que no estamos ni en un bando ni en el otro, os lo contaremos.
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