
Este blog no tendría ninguna vergüenza si no recordara a David Carradine, fallecido la semana pasada en extrañas circunstancias, o mejor dicho, en las circunstancias más extrañas posibles (apareció maniatado dentro de un armario en un hotel de Bangkok). La semana pasada, con tanto aniversario de Tiananmen, no hubo sitio para homenajearle, así que espero que el post de hoy sirva de compensación.
De David Carradine se suele decir que era un actor de serie B, no muy bueno, famoso sólo por sus inicios (la archifamosa serie Kung Fu) y sus finales (el Bill de Kill Bill, en el que el actor era "recuperado" para el cine gracias a Tarantino, experto precisamente en relanzar mitos de otras décadas).
Pero de Carradine habría que decir mucho más, ya que con su papel protagonista en Kung Fu popularizó las artes marciales orientales en la América y Europa de los años 70. ¿Cuántos jóvenes de aquel entonces se apuntarían a un gimnnasio después de ver a Kwai Chang Caine -el Pequeño Saltamontes- resolver a base de patadas voladoras sus conflictos en el Oeste Americano? Hay que decir que Carradine no estuvo solo, pues también en aquel entonces comenzaban a brillar Bruce Lee y Jackie Chan, pero en cualquier caso fue uno de los pioneros en llevar la cultura china a Occidente. Las artes marciales fueron, sin duda, uno de los rasgos de Oriente que primero llegaron a Occidente en el prólogo de la era de la globalización: antes incluso que los restaurantes con cerdo agridulce.
Es curioso que Carradine fuera escogido para hacer de chino, ya que, según nos cuenta la Wikipedia, no tenía ningún ascendente oriental. Tenía ancestros de Irlanda, Inglaterra, Gales, Escocia, Italia, España, Alemania y Ucrania (¿lo concibieron en unas Olimpiadas, o qué?), pero lo que seguramente le daba cierto aire "chino" era su ascendencia cherokee, pues también tenía antepasados indios (y los indios llegaron a América desde Asia, no lo olvidemos).
La serie de televisión -que a mí me pilló demasiado pequeño- no sólo dio a conocer el kung fu, sino el lugar donde nació este arte marcial, el Monasterio de Shaolin, en el centro de China. Curiosamente, en China también fue en los añós 70 cuando empezaron a salir las primeras películas sobre artes marciales, así que tanto occidentales como chinos de a pie empezaron a interesarse por el monasterio en la misma época, y hoy en día es uno de los lugares más turísticos del país.
 Pero no sólo lo visitan turistas, también miles de personas que quieren aprender kung fu. Cientos de escuelas en los alrededores del monasterio enseñan a niños que están allí internos y pasan allí su infancia, con una disciplina bastante dura (muchos de ellos serán policías o guardias de adultos). Hay también escuelas de kung fu para adultos, y a ellas van muchos extranjeros, aunque parece ser que si no has mamado desde niño la filosofía zen -base del kung fu- es difícil dominar ese arte que te permite hacer agujeros en un cristal con el dedo meñique. He visitado un par de veces Shaolin, y las escuelas de jóvenes promesas del kung fu... Tengo, como recurdo de esos viajes, un pedazo de mandoble que me regaló un monje Shaolin (esto es una de las cosas de las que más puedo fardar de mis años en China):
En fin, que desde aquí pido seis horas de meditación en memoria de Carradine: se va un hombre que, quizá sin quererlo, fue embajador de la cultura china en Occidente.
|