Cómics sobre China hay muchos, incluyendo clásicos como El Loto Azul de Tintín, pero muy pocos se han hecho partiendo de experiencias reales de los dibujantes en el país asiático. Una excepción es el cómic del que quería hablar hoy: Shenzhen, del canadiense Guy Delisle.
 El cómic es una novela gráfica intimista que cuenta las vivencias personales del autor, un género muy de moda desde el merecido éxito de Persépolis. Guy Delisle nos cuenta aquí el mes que pasó en la ciudad china de Shenzhen (fronteriza con Hong Kong), donde le tocó supervisar el trabajo de una empresa de animación china que hace encargos para Occidente (la deslocalización de los dibujos animados hacia Asia es muy habitual: los amarillos Simpson, por ejemplo, se hacen en Corea del Sur).
Delisle, que visto lo visto no lo debió pasar muy bien en Shenzhen, cuenta sus dificultades de adaptación a China, sus problemas de comunicación con la gente y las cosas del país que más le llaman la atención, desde reflexiones sobre el comunismo capitalista chino -aunque tampoco se mete demasiado en política- hasta los más nimios detalles cotidianos. Salvando la distancia, es una versión en viñetas de Lost in Translation, la película con la que todos los occidentales residentes en Asia nos solemos sentir identificados.
El cómic es bastante bueno, y cualquiera que haya estado en China leerá en él cosas que él mismo ha experimentado: chinos hablando a todo volumen con el móvil, intérpretes que no te traducen ni la mitad de lo que deberían, chicas que se tapan la boca cuando usan los palillos, puertas con barrotes...
Un pero sí le pondría al libro, y es que de él se extrae que China es un país aburrido y sórdido. Pese a la falta de libertad y la pobreza, no creo que ésa sea la única conclusión a la que se puede llegar, yo por lo menos en Pekín no tengo siempre esa idea (hay días que sí, y otros que no). Quiero decir, si supiera dibujar y tomara apuntes de los pequeños detalles de mi vida diaria en China, me podría salir un cómic similar al de Delisle, pero sólo si lo hiciera en los días que estuviera bajo de moral o enfadado, que no son todos.
De todos modos, no creo que Delisle se haya propuesto explicar cómo es China en su cómic, sino más bien relatar la experiencia de un turista inadaptado, o la de alguien que pasa un corto periodo de tiempo en el país y se encuentra cosas que le chocan. Suele pasar que los que vienen a China unas semanas se atreven a escribir libros en los que el tono es con frecuencia similar al de este cómic, mientras que los que llevamos más tiempo no nos atrevemos, quizá porque ya no sabemos muy bien cómo generalizar, después de haber visto tantas excepciones a los juicios habituales sobre China.
Delisle tiene otros dos comics similares, de experiencias de expatriado en países asiáticos: uno en Birmania y otro en Corea del Norte (ya sólo le falta Turkmenistán para completar la trilogía de naciones asiáticas bizarras).
 Los dos tienen un tono similar al que dibujó en China, que fue el primero de ellos en el tiempo. El de Birmania es un poco más profundo, ya que en ese país estuvo un año y viajó bastante, aunque gran parte de sus páginas hablan de sus fiestas en embajadas y casas de extranjeros, recluido en esos ghettos de los que solemos formar parte los extranjeros que vivimos en Asia.
El de Corea del Norte -mi favorito- es quizá el más espectacular de todos, por lo extraño y cerrado del lugar: Delisle, quien también estuvo allí trabajando en una empresa de dibujos animados (por raro que parezca), retrata a la capital coreana como uno de los lugares más absurdos de la Tierra, y creo que no le falta razón.
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