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Noviembre del 2009


Semana de Shanghai en Chinochano:
I - Camino a la Expo

30 de Noviembre, 2009, 0:01

Como vivo en Pekín, suelo tender a ignorar, olvidar, menospreciar e incluso negar la existencia de Shanghai, la mayor ciudad de China, pese a que en el extranjero es tan conocida o más que la capital olímpica. Voy a intentar compensar esto dedicando esta semana el blog a la Perla de Oriente, aprovechando que hace unos días estuve en ella e inmortalicé el lugar con el tomavistas.


Shanghai está actualmente en un marasmo constructivo tan notable o incluso mayor que el que Pekín soportó antes de los Juegos Olímpicos, ya que la ciudad celebra el año que viene una Exposición Universal, la primera que habrá en China. Una Expo puede que no sea tan mediática como unos JJOO (pocos se acordarán de dónde fueron las anteriores, quitando la de Sevilla en el 92 o la de Zaragoza el año pasado) pero dura bastante más (la de Shanghai será de seis meses), atrae más turismo y es también un evento bastante importante, no sólo en lo expositivo sino también en lo económico y de cara a hacer más conocido el lugar internacionalmente.

Con la inestimable ayuda de mi amigo y colega José, a quien la vida le ha destinado a vivir entre grandes metrópolis futuristas (vive en Shanghai, nació en Alcorcón), fui a ver las obras de esta Expo, y menos mal que él me acompañó porque si no no me hubiera enterado de que el mejor lugar para verlas es el Puente de Lupu, uno de los que cruzan el río Huangpu.


El puente, como podéis ver, se parece un poco a ese tan famoso que hay en Sidney Poitier, y destaca por el hecho de que puedes subir por unas escaleras a la parte más alta de sus semicírculos, con lo que la vista es espléndida, aunque un poco grisácea por culpa de la sempiterna contaminación (incluso en un día azul como el que hacía cuando fuimos). Diría que casi es mejor la vista que hay cuando se sube por el puente que la de arrriba del todo.


CUANDOSESUBE


ARRIBADELTODO


Desde allí se puede ver, a ambos lados, lo que se está trabajando en la Expo, que sobre todo estará en Pudong (la parte oriental de la ciudad, tomando el río como referencia) pero también tendrá alguna cosilla en el occidental Puxi.

Está ya muy avanzado el Pabellón de China, que será una de las grandes atracciones arquitectónicas de la Expo con su forma de pirámide invertida, o por lo menos eso quieren los organizadores.


También se ve ya muy destacado el salón de actos (creo que es eso pero no estoy cien por cien seguro), con aspecto de chirla gigante.


Al otro lado del puente se ven muchos de los pabellones de los distintos países, todos ellos aún en andamios, incluyendo el español, que está muy bien situado (en la orilla del río) y ya comienza a mostrar que va a ser uno de los más curiosos en cuanto a forma:


Así será el pabellón cuando terminen de hacerlo, si todo va bien y no hay imprevistos. Estará recubierto de ¡mimbre!


Por lo demás, la ciudad parece igual de obsesionada con la Expo como nosotros lo estuvimos con las Olimpiadas en Pekín. Por todas partes hay carteles que anuncian la magna muestra, y sobre todo muchos Haibaos, que es el nombre que le han puesto a la mascota oficial. (Haibao = "Tesoro Marino")


En la Plaza del Pueblo

En el Puente de Lupu

Mucha gente dice que se asemeja demasiado a la mascota de la Expo 2008 de Zaragoza, pero a mí, la verdad, me parece que sólo coinciden en el color y que la gente anda un poco obsesionada con eso de que los chinos son unos copiones.

La ciudad, como ya he dicho al principio, está inmersa en obras, no sólo en el recinto de exposiciones sino también en su centro, con el fin de embellecerlo de cara a los turistas que llegarán el año que viene. Debido a ello, ahora no se puede caminar por el paseo fluvial, desde el que se ven tan bien los rascacielos y, al otro lado, el Bund, los bancos y hoteles de la época colonial. Si alguno tenéis pensado ir a Shanghai, os recomiendo que, si podéis, esperéis a marzo, que con la Expo empezada estará todo eso mucho más transitable.




Otra cosa: las entradas para la Expo, pregunté por ellas y me dijeron que más o menos hasta el Año Nuevo Chino (14 de febrero) no se venden en las Expotiendas que se han montado para la ocasión. Sin embargo, Maikel Nait me dice en los comentarios que en las oficinas de correos shanghainesas ya las venden. Hoy preguntaré en una pequinesa.

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Matemática climática

27 de Noviembre, 2009, 0:01



Hombre, hoy tengo una oportunidad de oro para demostrar que no siempre salgo en defensa de China, como a veces dicen algunos comentaristas que no comparten mi misma opinión en algunos asuntos. Hoy por fin demostraré que mi verdadera intención con este blog es llevar la contraria como el cabezón que soy
matizar o moderar un poco las opiniones excesivamente negativas o positivas que a veces proliferan cuando se habla de China.

Digo esto porque ayer, después de que China anunciara que iba a recortar hasta un 45 por ciento su intensidad de carbono para 2020, muchos medios, incluso algunos habitualmente muy críticos con China, celebraron el anuncio como si fuera la salvación, la panacea para hacer frente al cambio climático.

No me parece mal que los medios se pongan optimistas ante el anuncio chino, porque de hecho eso es lo que hace falta, optimismo, de cara a la importantísima Cumbre de Copenhague que se celebra en diciembre, y en la que la humanidad se juega ni más ni menos que su superviviencia como especie. De hecho, hace unos días, tras unas declaraciones de un señor estadounidense que tampoco es que mande mucho, muchos medios dieron por fracasada la cumbre un mes antes de que comenzara, algo que en mi opinión fue prematuro, agorero, un poco cenizo y poco oportuno para calentar el ambiente de cara a la cumbre ambiental.

Bueno, el caso es que del pesimismo exacerbado de hace unos días se ha pasado al optimismo exacerbado, después de que EEUU anunciara un recorte del 17 por ciento de sus emisiones el miércoles y que China, un día después (el timing no fue casual para nada) anunciara esos citados objetivos del 45 por ciento. Entre China y EEUU emiten el 40 por ciento del dióxido de carbono mundial, el principal causante del efecto invernadero, así que el hecho de que los dos muevan ficha a 10 días de Copenhague no es para nada baladí.

Sin embargo, como dije al principio, me gustaría llevar la contraria matizar algo tras el optimismo ante el anuncio de China, ya que los chinos, taimados reyes de las negociaciones y grandes vendedores de lo que haga falta vender, han sido bastante pícaros en esta ocasión, anunciando a bombo y platillo algo que es posible que no sea para tanto.

A simple vista, quizá algunos hayan pensado que lo que China promete es reducir un 45 por ciento sus emisiones de dióxido de carbono. De hecho, muchos periódicos, tanto chinos como de otros países, así lo afirmaron.

Sin embargo, lo que China ha prometido disminuir no son exactamente las emisiones, sino un concepto algo más complicado que se llama intensidad de carbono.

La intensidad de carbono es un número que se obtiene dividiendo las emisiones de dióxido de carbono de un país por su Producto Interior Bruto. O dicho en otras palabras:



                                               caquita de las fábricas
Intensidad de carbono =     _____________________________
                                               
                                               dinero que tiene un país


Como China ha prometido reducir ese número, podría parecer a simple vista que va a disminuir la contaminación y ya, pero ojo, porque para disminuir el resultado de una división se puede disminuir el numerador (en este caso, el dióxido de carbono), pero también es posible lograrlo aumentando el denominador (en este caso, el dinero).

Es decir, que si China aumenta mucho su PIB, su riqueza, podrá lograr lo que ha prometido sin disminuir la ponzoña que echen las chimeneas, o lo que es peor, incluso aumentándola, siempre que no aumente el dióxido de carbono tan rápido como suba su PIB.

Ejemplificando con números más pequeños de los que son en realidad: supongamos que China emite 100 toneladas de dióxido de carbono y que su PIB es de 20 pesetas. Por tanto su intensidad de carbono es...

100 / 20 = 5

Entonces, China promete bajar un 45 por ciento esa intensidad de carbono: es decir, que el número 5 se convierta en poco más de la mitad (pongamos, a ojo, que sea 3).

Ahora supongamos que los chinos siguen creciendo mucho y logran que su PIB en 10 años se triplique. Por tanto, si tienen 20 *3 = 60 pesetas y han de lograr una intensidad de carbono 3, ¿cuánta caquita podrán soltar sus fábricas? La ecuación es sencilla:


x / 60 = 3

x = 3 * 60

x = 180



Es decir, que habiendo cumplido su promesa (llegar a 3), China, por haber crecido mucho, estará emitiendo mucho más dióxido de carbono (180 toneladas) que 10 años antes (100 toneladas).

¿Significa todo lo anterior que China está haciendo trampa? Bueno, no tanto. Quizá lo que significa es que China va a intentar crecer de forma más sostenible, es decir, que tener el doble de dinero del que tiene ahora no suponga contaminar el doble de que ahora. Crecer de forma más ordenada, más preocupada por el medio ambiente y la salud de la gente. Eso es bueno y muy positivo, pero repito: no necesariamente se va a traducir en una disminución de emisiones. Es más, lo más probable es que se traduzca en un aumento lento o un estancamiento de éstas, porque disminuir significaría probablemente cerrar industrias, y China por ahí no pasa.

Es comprensible, hasta cierto punto, que China no se comprometa abiertamente a reducir sus emisiones: su argumento, como el de otros países en desarrollo, es que son los países desarrollados los que deben liderar la reducción de emisiones, pues ellos llevan más años contaminando el medio ambiente (desde el siglo XIX) mientras que las naciones pobres como mucho llevan 30 o 40 años contaminando y deben ahora centrarse en salir de la pobreza creando industria (que contamina). Pero China debe aprender de los errores que las naciones ricas cometieron en el pasado y crecer mejor, es decir, contaminando menos, porque ahora hay muchas más tecnologías limpias que antes, muchos más métodos de filtrado y control de la polución, y se conocen los efectos negativos que la contaminación tiene a largo plazo, algo que no se sabía en 1845.

Reducir la intensidad de carbono un 45 por ciento puede estar bien, pero a mí me gustan más otras propuestas que China había lanzado con anterioridad, son más concretas y a la larga pueden ser más positivas. Una de ellas es la de fomentar las energías renovables para que éstas sean el 15 por ciento del total usadas, en un país que todavía alimenta su economía de algo tan sucio como es el carbón (un 70 por ciento de la energía que se consume en China sale de este material tan contaminante y que mata cada año alrededor de 4.000 vidas de mineros chinos). Lograr que las energías renovables (ahora deben de suponer un 5 por ciento o así) tripliquen su capacidad en China va a requerir un esfuerzo inmenso de construcción de molinos eólicos y paneles solares, pero este esfuerzo es ya palpable en China, que está construyendo estas instalaciones con una velocidad y un interés pasmosos. Pero ¡ojo! otro matiz, porque los chinos consideran la energía nuclear como renovable, así que es posible que cambien en muchos casos el carbón por el uranio, un material que no es del todo de fiar, como ya saben en Chernobil y Ascó, y que crea residuos de los que no es fácil deshacerse.

Otro esfuerzo de los chinos que parece más concreto que la dismunición de intensidad de carbono es su masivo programa de reforestación: un país con muy pocos bosques, con grandes desiertos y superpoblado -lo que supone muchos campos y ciudades inmensas- está prometiendo que en 2020 el 20 por ciento del país esté cubierto de arbolitos. Los árboles, como todas las plantas, transforman el dióxido de carbono en oxígeno, así que son perfectos en este momento. Sin embargo, lo que quiere China no es nada fácil: requiere la plantación de 60.000 millones de árboles, ahí es nada, un objetivo digno de Rajoy y que no será sencillo de cumplir (¿cuántos de los que planten en zonas desérticas sobrevivirán?). Pero la promesa está dicha de palabra por el mismísimo presidente Hu Jintao, así que por lo menos intentarlo lo intentarán.

Sobre todo este tema, uno de los más importantes que el mundo afronta -yo esto lo digo totalmente concienciado debido a mi reciente visionado del magnífico y recomendabilísimo filme 2012- quizá lo que me inquieta es que todo el mundo esté obsesionado con disminuir sólo un gas contaminante, el dióxido de carbono. Hombre, es el principal gas que emiten las industrias, y el que más contribuye al cambio climático, pero ¿por qué se olvidan del resto? En China, por ejemplo, un gas terrible del que se echan toneladas y toneladas es el dióxido de azufre, emitido sobre todo por las centrales térmicas que obtienen electricidad a partir del carbón. Es el gas que provoca la lluvia ácida, y uno de los principales causantes de ese smog
que tiene tan engrisecido al país chino. Suelten menos caquita carbónica, sí, pero también menos caquita sulfúrica, por favor.

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Cómo atraer turistas chinos

25 de Noviembre, 2009, 0:01





Aquellos que hayáis viajado por China, habréis notado la extraña forma que los chinos tienen de presentar sus atractivos turísticos a los visitantes, bien a través de folletos, bien de carteles, o de viva voz a través de guías turísticos.

El lenguaje empleado, más espeso que un tazón de chocolate con cemento, es complicado de digerir por los no chinos, pero ojo, porque manejar esta peculiar forma de redacción es IMPRESCINDIBLE para lograr que un lugar sea visitado, y apreciado, por esos turistas chinos que se gastan los cuartos en souvenires y fotos con disfraz.

Independientemente de si lo que hay que presentar es la Ciudad Prohibida, los Guerreros de Terracota o el Palacio Potala de Lhasa, los chinos siguen ciertas reglas de presentación de lugares turísticos que nunca deben olvidarse. Son las siguientes:

1-Hiperbolización del lugar: Se ha de destacar su grandiosidad, recurriendo a las exageraciones si es necesario, utilizando epítetos grandilocuentes, y recordando que el lugar ostenta el récord del mundo en tal o cual cosa, aunque se trate de plusmarcas de lo más extraño e intrascendente.

2-Minuciosidad y redundancia en la descripción: El lugar ha de ser descrito en palabras sencillas pero minuciosas, contando cosas que el visitante puede ver sin necesidad de que se lo escriban en un folleto. Por ejemplo, en los folletos de la Ciudad Prohibida, es probable que ponga "se trata de un palacio de muros rojos y tejados amarillos".

3-Enumeración ad nauseam: Se han de citar cifras y más cifras en torno al lugar, desde el número de ladrillos hasta los metros cuadrados de sus cuartos de baño, con el único fin de marear al visitante con grandes números.

4-Visitas ilustres: El turista ha de ser informado –a veces con fotos- de las celebridades que con anterioridad han estado el lugar, especialmente si son políticos comunistas chinos. Si Mao Zedong estuvo allí, eso es ya el no va más.

Lo anterior es la teoría: veamos ahora un caso práctico, que de paso puede servir de sugerencia a los operadores turísticos de España o Latinoamérica que quieran llevar grupos de turistas chinos a ver los bellos monumentos de nuestra geografía. Para triunfar, habría que escribir algo así:



EL PILAR DE ZARAGOZA
(VERSIÓN PARA TURISTAS CHINOS).


El Pilar de Zaragoza es una de las obras más bellas de la arquitectura mundial, elogiada durante siglos por reyes, nobles y artistas. Su grandiosidad, su belleza y hermosura han aparecido en miles de libros, películas y revistas. En las listas de obras bellas de Europa, América y Asia el Pilar de Zaragoza aparece siempre en los primeros lugares, y todos los que la contemplan se ven sorprendidos por su magnificencia.

El Pilar de Zaragoza es la mayor basílica junto a un río del mundo, y posee la campana de bronce más grande de Europa del Sur, además del tercer pomo de puerta de hierro más pesado de los países que empiezan por E. La plaza que la rodea es la más grande de Europa, y el arzobispo que en ella imparte misa tiene las orejas más grandes de toda la Conferencia Episcopal española y parte de la portuguesa.

El Pilar de Zaragoza tiene una planta cuadrada, con una puerta para entrar que también sirve para salir, y cuatro torres, además de 16 cúpulas, veinte ventanas y 3.568 bancos para que los fieles se sienten en ellos cuando van a misa. Tiene suelo y techo, de varios colores, entre los que destacan blanco, negro, marrón, amarillo, azul, verde, rojo y ocre ajamonado. Por las ventanas entra luz, aunque en los días nublados entra poca.

El Pilar de Zaragoza tiene 13.654 metros cuadrados, de los que 6.854 corresponden a la planta central, 876 a la sacristía, 230 a la capilla de San Judas Tadeo y 976 a la oficina de medición de metros cuadrados de la basílica. Sin embargo, mediciones de 1843 opinan que los metros cuadrados totales son 13.652, y no los 13.654 antes señalados. Probablemente se debe a que al medir la capilla de San Judas Tadeo contaron 228 metros cuadrados, en vez de 230. La basílica tiene 6 confesionarios, 5 pilas bautismales, 8 puestos de venta de postales, 32 cuadros de la Virgen con la boca abierta, 78 de la Virgen con la boca cerrada, y 12.456.328 cagadas de palomas en su cubierta. La media de feligreses los domingos es de 5.432, y la media ponderada, 4.234. La raíz cuadrada del arco de su bóveda da, sorprendentemente, el mismo número que la cantidad de cirios encendidos el 13 de marzo de 1984 restada a la cifra de campanadas que se dan cuando se toca a difuntos.

El Pilar de Zaragoza fue visitado por Santiago Carrillo el 12 de junio de 1984, por Dolores Ibárruri el 6 de septiembre de 1979, por Gerardo Iglesias el 9 de noviembre de 1990 y por Paco Frutos el 31 de septiembre de 2007. También ha sido honrado con la presencia de Juan Pablo II, Tony Blair, Montserrat Caballé, Luis Aguilé, Martirio, Luis Sepúlveda y Rasputín. Goya y su amigo Lucientes también la visitaron, y pintaron, en alguna que otra ocasión.

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