
Hombre, hoy tengo una oportunidad de oro para demostrar que no siempre salgo en defensa de China, como a veces dicen algunos comentaristas que no comparten mi misma opinión en algunos asuntos. Hoy por fin demostraré que mi verdadera intención con este blog es llevar la contraria como el cabezón que soy matizar o moderar un poco las opiniones excesivamente negativas o positivas que a veces proliferan cuando se habla de China.
Digo esto porque ayer, después de que China anunciara que iba a recortar hasta un 45 por ciento su intensidad de carbono para 2020, muchos medios, incluso algunos habitualmente muy críticos con China, celebraron el anuncio como si fuera la salvación, la panacea para hacer frente al cambio climático.
No me parece mal que los medios se pongan optimistas ante el anuncio chino, porque de hecho eso es lo que hace falta, optimismo, de cara a la importantísima Cumbre de Copenhague que se celebra en diciembre, y en la que la humanidad se juega ni más ni menos que su superviviencia como especie. De hecho, hace unos días, tras unas declaraciones de un señor estadounidense que tampoco es que mande mucho, muchos medios dieron por fracasada la cumbre un mes antes de que comenzara, algo que en mi opinión fue prematuro, agorero, un poco cenizo y poco oportuno para calentar el ambiente de cara a la cumbre ambiental.
Bueno, el caso es que del pesimismo exacerbado de hace unos días se ha pasado al optimismo exacerbado, después de que EEUU anunciara un recorte del 17 por ciento de sus emisiones el miércoles y que China, un día después (el timing no fue casual para nada) anunciara esos citados objetivos del 45 por ciento. Entre China y EEUU emiten el 40 por ciento del dióxido de carbono mundial, el principal causante del efecto invernadero, así que el hecho de que los dos muevan ficha a 10 días de Copenhague no es para nada baladí.
Sin embargo, como dije al principio, me gustaría llevar la contraria matizar algo tras el optimismo ante el anuncio de China, ya que los chinos, taimados reyes de las negociaciones y grandes vendedores de lo que haga falta vender, han sido bastante pícaros en esta ocasión, anunciando a bombo y platillo algo que es posible que no sea para tanto.
A simple vista, quizá algunos hayan pensado que lo que China promete es reducir un 45 por ciento sus emisiones de dióxido de carbono. De hecho, muchos periódicos, tanto chinos como de otros países, así lo afirmaron.
Sin embargo, lo que China ha prometido disminuir no son exactamente las emisiones, sino un concepto algo más complicado que se llama intensidad de carbono.
La intensidad de carbono es un número que se obtiene dividiendo las emisiones de dióxido de carbono de un país por su Producto Interior Bruto. O dicho en otras palabras:
caquita de las fábricas
Intensidad de carbono = _____________________________ dinero que tiene un país
Como China ha prometido reducir ese número, podría parecer a simple vista que va a disminuir la contaminación y ya, pero ojo, porque para disminuir el resultado de una división se puede disminuir el numerador (en este caso, el dióxido de carbono), pero también es posible lograrlo aumentando el denominador (en este caso, el dinero).
Es decir, que si China aumenta mucho su PIB, su riqueza, podrá lograr lo que ha prometido sin disminuir la ponzoña que echen las chimeneas, o lo que es peor, incluso aumentándola, siempre que no aumente el dióxido de carbono tan rápido como suba su PIB.
Ejemplificando con números más pequeños de los que son en realidad: supongamos que China emite 100 toneladas de dióxido de carbono y que su PIB es de 20 pesetas. Por tanto su intensidad de carbono es...
100 / 20 = 5
Entonces, China promete bajar un 45 por ciento esa intensidad de carbono: es decir, que el número 5 se convierta en poco más de la mitad (pongamos, a ojo, que sea 3).
Ahora supongamos que los chinos siguen creciendo mucho y logran que su PIB en 10 años se triplique. Por tanto, si tienen 20 *3 = 60 pesetas y han de lograr una intensidad de carbono 3, ¿cuánta caquita podrán soltar sus fábricas? La ecuación es sencilla:
x / 60 = 3
x = 3 * 60
x = 180
Es decir, que habiendo cumplido su promesa (llegar a 3), China, por haber crecido mucho, estará emitiendo mucho más dióxido de carbono (180 toneladas) que 10 años antes (100 toneladas).
¿Significa todo lo anterior que China está haciendo trampa? Bueno, no tanto. Quizá lo que significa es que China va a intentar crecer de forma más sostenible, es decir, que tener el doble de dinero del que tiene ahora no suponga contaminar el doble de que ahora. Crecer de forma más ordenada, más preocupada por el medio ambiente y la salud de la gente. Eso es bueno y muy positivo, pero repito: no necesariamente se va a traducir en una disminución de emisiones. Es más, lo más probable es que se traduzca en un aumento lento o un estancamiento de éstas, porque disminuir significaría probablemente cerrar industrias, y China por ahí no pasa.
Es comprensible, hasta cierto punto, que China no se comprometa abiertamente a reducir sus emisiones: su argumento, como el de otros países en desarrollo, es que son los países desarrollados los que deben liderar la reducción de emisiones, pues ellos llevan más años contaminando el medio ambiente (desde el siglo XIX) mientras que las naciones pobres como mucho llevan 30 o 40 años contaminando y deben ahora centrarse en salir de la pobreza creando industria (que contamina). Pero China debe aprender de los errores que las naciones ricas cometieron en el pasado y crecer mejor, es decir, contaminando menos, porque ahora hay muchas más tecnologías limpias que antes, muchos más métodos de filtrado y control de la polución, y se conocen los efectos negativos que la contaminación tiene a largo plazo, algo que no se sabía en 1845.
Reducir la intensidad de carbono un 45 por ciento puede estar bien, pero a mí me gustan más otras propuestas que China había lanzado con anterioridad, son más concretas y a la larga pueden ser más positivas. Una de ellas es la de fomentar las energías renovables para que éstas sean el 15 por ciento del total usadas, en un país que todavía alimenta su economía de algo tan sucio como es el carbón (un 70 por ciento de la energía que se consume en China sale de este material tan contaminante y que mata cada año alrededor de 4.000 vidas de mineros chinos). Lograr que las energías renovables (ahora deben de suponer un 5 por ciento o así) tripliquen su capacidad en China va a requerir un esfuerzo inmenso de construcción de molinos eólicos y paneles solares, pero este esfuerzo es ya palpable en China, que está construyendo estas instalaciones con una velocidad y un interés pasmosos. Pero ¡ojo! otro matiz, porque los chinos consideran la energía nuclear como renovable, así que es posible que cambien en muchos casos el carbón por el uranio, un material que no es del todo de fiar, como ya saben en Chernobil y Ascó, y que crea residuos de los que no es fácil deshacerse.
Otro esfuerzo de los chinos que parece más concreto que la dismunición de intensidad de carbono es su masivo programa de reforestación: un país con muy pocos bosques, con grandes desiertos y superpoblado -lo que supone muchos campos y ciudades inmensas- está prometiendo que en 2020 el 20 por ciento del país esté cubierto de arbolitos. Los árboles, como todas las plantas, transforman el dióxido de carbono en oxígeno, así que son perfectos en este momento. Sin embargo, lo que quiere China no es nada fácil: requiere la plantación de 60.000 millones de árboles, ahí es nada, un objetivo digno de Rajoy y que no será sencillo de cumplir (¿cuántos de los que planten en zonas desérticas sobrevivirán?). Pero la promesa está dicha de palabra por el mismísimo presidente Hu Jintao, así que por lo menos intentarlo lo intentarán.
Sobre todo este tema, uno de los más importantes que el mundo afronta -yo esto lo digo totalmente concienciado debido a mi reciente visionado del magnífico y recomendabilísimo filme 2012- quizá lo que me inquieta es que todo el mundo esté obsesionado con disminuir sólo un gas contaminante, el dióxido de carbono. Hombre, es el principal gas que emiten las industrias, y el que más contribuye al cambio climático, pero ¿por qué se olvidan del resto? En China, por ejemplo, un gas terrible del que se echan toneladas y toneladas es el dióxido de azufre, emitido sobre todo por las centrales térmicas que obtienen electricidad a partir del carbón. Es el gas que provoca la lluvia ácida, y uno de los principales causantes de ese smog que tiene tan engrisecido al país chino. Suelten menos caquita carbónica, sí, pero también menos caquita sulfúrica, por favor.
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