
Mis vacaciones continuaron al otro lado del Estrecho de Malaca, pues tomé un avión -no un barco a lo Sandokán, como hubiera querido, pues suspendieron el año pasado los ferries desde Penang- y llegué a la ciudad de Medan, en el norte de la isla indonesia de Sumatra.
Medan es una ciudad ruidosa, abrumada por el petardeo y el humo de sus motos, sin aceras para los peatones, sin tapas de alcantarilla, sucia y caótica. Creo que pocos viajeros dirán que les guste. Además, para mí fue una pesadilla porque me costó un mundo que me cambiaran allí los dólares por rupias indonesias: pasé por una docena de bancos y cambistas antes de que alguien aceptara mis aparentemente sospechosos dólares. Tan desesperado estuve que llegué a considerar irme de Indonesia el mismo día que llegué. Afortunadamente no lo hice, porque quitando Medan, el resto de lugares que han visitado me han encantado, e Indonesia me ha parecido un país más aventuresco para el viajero que Malasia, menos domado por el turismo.
Pese a que en Indonesia también hay una importante, y sobre todo muy influyente, comunidad china, no es tan notoria como la de Malasia, porque su porcentaje es mucho menor (un 3 por ciento o así, en un país que, con 250 millones de habitantes, es el cuarto más poblado del mundo). Vi alguno , no obstante, vacacionando, pues también los chinos de Indonesia celebraron estos días el Año Nuevo Lunar. Los chino-indonesios son importante parte de la elite rica del país, y controlan por ejemplo muchos bancos, así que imagino que a ellos he de culpar de la pesadilla de cambiar dinero en el país.
Pese a que Medan no sea precisamente mi ciudad favorita, os pongo unas fotos del lugar para ilustrarla. Si algún día llegáis a este país vía "Polonia" (así se llama el aeropuerto de Medan, cuando lo pusieron en mi visa pensé que me habían tomado por polaco) no os achantéis: Indonesia es bestial.
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