
No me oís desde allí pero estoy emitiendo un largo y desesperado suspiro de resignación... Mis vacaciones han terminado y hoy he llegado nuevamente a Pekín, con su frío y su grisura. Siempre cuesta el regreso, más desde el trópico multicolor, y me cuesta días, a veces semanas, volver a adaptarme.
El blog recuperará la temática china, pero ya que esta vez he ido contando con fotos mis escalas en el viaje vacacional, me parece que lo correcto es finiquitarlo, así que continuaré con la visita al Lago Toba, en el norte de Sumatra, uno de los paraísos del turismo asiático desde los tiempos de los hippies. Allí pasé unos plácidos días después de soportar Medan.
Dentro del lago hay una conocida isla, Samosir, donde viven los batak, un interesante pueblo de Sumatra caracterizado por sus cabañas con tejado en forma de canoa y su fervoroso cristianismo (la isla debe ser el lugar con más iglesias por metro cuadrado del mundo). Samosir, que es enorme, tiene pueblos batak de nombres sonoros y maravillosos, como Ambarita, Simanindo, Pangururan o Tuk Tuk, ésta última sin nada que ver con los pérfidos triciclos homónimos de Bangkok, afortunadamente.
Lo de los tejados-canoa, por lo visto, es un homenaje a las barcas en las que llegaron a Sumatra hace miles de años, según los expertos procedentes del suroeste de China, teoría que biene muy bien para que los batak no queden muy fuera de lugar en este blog. De hecho, muchos de los pueblos del sureste asiático tienen sus orígenes ancestrales en tierras del sur de la actual China, y emigraron más para abajo debido al empuje demográfico de los chinos originarios de la cuenca del Amarillo, más al norte.
Los batak eran caníbales hasta que fueron convertidos al cristianismo por unos misioneros alemanes (el origen germano de los evangelizadores explica que las iglesias batak parezcan una mezcla entre cabaña polinésica y ermita de los Alpes suizos). Antes de los alemanes lo intentaron unos misioneros estadounidenses, sin éxito (según una guía del museo local, probablemente los isleños se los comieron). Curiosamente, los misioneros alemanes provocaron que los batak dejasen de comer carne humana, pero a cambio se pusieron a comer carne de perro, una costumbre que continúa hoy y que explica que la isla tenga una población canina enorme (unos perros todos de la misma raza y muy tranquilones).
La carne humana los batak no se la ponían en los corn flakes cada mañana, sólo la comían como castigo a culpables de graves crímenes o traidores. La misma guía del párrafo anterior explica en el museo de Ambarita, con pelos, uñas y señañes, como se llevaban a cabo los juicios, las ejecuciones y los banquetes con carne de culpable. Es un poco gore pero vale la pena.
Hoy por hoy, los batak son una gente encantadora y simpática, que te saludan y dan conversación mientras paseas por la isla sin intereses económicos ocultos, y la isla es un remanso de paz sobre todo después de venir de la terrible Medan. Como me dijo uno al llegar: "Bienvenido al paraíso".
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