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Continúo de viaje con la familia, y nos encontramos en una bonita comarca de la provincia de Jiangxi llamada Wuyuan, que hace apenas unos años estaba dejada de la mano de dios y ahora es una de las zonas de China más elogiadas por las guías turísticas. Mi vieja Lonely Planet de China, impresa en 2000, ni nombraba este lugar. Es más, tan siquiera aparecía en el mapa de la provincia. En cambio, las últimas ediciones de LP ponen a Wuyuan entre los highlights de este país, en el mapa de las primeras páginas donde se destacan una docena de lugares imprescindibles para visitar.
Una de las razones de este paso del olvido a la gloria está en que el anterior presidente de China, Jiang Zemin, es descendiente de gentes de esa comarca, concretamente de un pequeño pueblo -bastante bonito, por cierto- llamado Jiangwan, donde todos se apellidan Jiang, como el ex mandatario. Éste aparece en muchas fotos de las casas del pueblo, y en un gran póster frente a la escuela local. Jiang Zemin prometió en una visita a su tierra ancestral que el gobierno invertiría para llevar turistas a la zona y la promesa se cumplió: es más, pronto la antes humilde comarca será una parada de trenes de alta velocidad procedentes de Pekín y hasta tendrá aeropuerto. De vez en cuando se oyen en la zona explosiones: son los dinamiteros, abriendo paso en las montañas de la zona al ferrocarril que unirá este lugar con Pekín en sólo cuatro horas.

Jiangwan, patria chica de Zemin
De todas formas, Wuyuan no sólo contaba con la baza expresidencial para triunfar con el turismo... es realmente un lugar precioso, y aunque ya es turístico, es relativamente tranquilo comparado con otros pueblos del centro de China que ya han sido presas de las hordas de turistas. En Wuyuan hay decenas de pueblos magníficos, no sólo uno, así que los visitantes se reparten más y raramente agobian.
Lo más espectacular de Wuyuan, probablemente, son sus campos amarillos en terrazas, cuando florece la colza en ellos y aquello parece un cuadro de Van Gogh. Lamentablemente, hemos venido tarde para contemplar tal maravilla, puesto que este fenómeno aquí se produce a finales de marzo o principios de abril. Viendo algunas fotos, a uno le dan ganas de quedarse 10 meses para esperar la siguiente floración...


A ello se le añade una bonita arquitectura, con esas casas blancas de tejados negros tan típicas en la cuenca del Yangtsé, y puentes de todas las formas y tamaños... Las casas por dentro también son magníficas, ricamente decoradas y siempre con un reloj de mesa antiguo presidiendo el hall de entrada.
Y sus gentes también son parte fuerte del paisaje: hay mucho vendedor de souvenirs, pero también gente trabajando los campos, niños jugando por las calles, vecinos comiendo arroz en los portales mientras cotillean... Además, gente realmente simpática y hospitalaria, aún no resabiada por el turismo masivo, dispuesta a contarte la historia de su familia o hasta a invitarte a cenar.
Pequeños pueblos llamados Likeng, Wangkou, Xiaoqi, en los que, lamentablemente, ha llegado la típica costumbre china de cobrar entrada al entrar, pero en los que de todos modos vale la pena pasar unos días alejado de la China de los atascos y las enormidades. Volviendo a descubrir que el país, pese al desarrollismo, la polución y los problemas que salen en la prensa, sigue teniendo rincones fantásticos.
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