
Hace cosa de cuatro meses, cuando el largo y duro invierno pequinés daba sus últimos coletazos, os mostré con fotos la zona en la que vivo, o mejor dicho, por la que paseo a mi perra Once. La intención era enseñar cómo es la vida en un "xiaoqu", una típica zona residencial china.
Ocurre que con la llegada del buen tiempo (bueno, lo de buen tiempo es un decir, porque en las últimas semanas no hace más que de llover y de llover) ha habido sustanciales cambios en el reino de Once, así que si os parece os muestro nuevamente el lugar con fotografías...
Con la llegada de los calores, los terrenos secos y yermos en los que parecía que no iba a crecer ni la mala hierba se han convertido en frondosos jardines en los que, además, alguien se ha molestado en plantar unas flores que han crecido con una pasmosa rapidez...

Os enseño una foto del mismo lugar en marzo, para que os hagáis una idea:

Lo que no se pierde en ninguna estación, como veis, es la costumbre de sacar las colchas a secar en los días de sol, que ni en verano ni en invierno son muchos.
La explosión de la madre naturaleza propia de los meses calurosos ha sido aprovechada por algunos vecinos para montarse huertecillos, sobre todo en una pequeña franja de tierra que hay semiescondida entre la parte de atrás de los edificios y la verja que nos separa de la calle:


Uno de los días que paseaba junto a estos huertos con Once pude comprobar, merced al sentido del olfato, que los dueños de estos huertos abonan sus sembrados con abono natural. Teniendo en cuenta que el "ganado" de nuestra barriada es bastante reducido (hombres y perros, básicamente), deduje que los dueños de estos huertos son capaces de todo con tal de ver crecer sus ingredientes de ensalada.
Con la llegada del calor, los vecinos salen más que antes a charlar entre ellos, pero son muy finos y les gusta estar en un sitio con sombra y en el que corra el aire. Ese lugar ideal, en su opinión, son las dos salidas de incendios de la zona residencial:


A Once también le encantan estos lugares, sobre todo por el vientecillo que corre, y cuando llega a ellos se espatarra y se niega a seguir paseando. Hombres y perros coinciden en el gusto, por lo que se ve...
En la primera de estas dos salidas, como se ve, hay un grupito de mujeres jugando a las cartas: da igual el día o la hora a la que baje con Once, me las encuentro allí siempre echando el mus.

Estos juegos de azar parece ser que en mi vecindario tienen una estricta separación de sexos, porque las que juegan en esta zona son siempre mujeres, y a pocos metros de allí un grupo siempre de hombres juega al go o a veces también a las cartas, como cuando les fotografié:

Para atender las necesidades lúdicas de estos grupos, la zona ajardinada de mi xiaoqu está llena de sofás y sillas viejas, imagino que aportadas por los vecinos, para que la gente que quiera se siente en ellos, si las lluvias no los han mojado demasiado.
 No os impresionéis por la camiseta imperio del señor, es una habitual estampa del verano pequinés.
Otros objetos que los vecinos abandonan a sus anchas en los jardines, y esto ya lo descubrí en invierno pero se ha acentuado en verano, son los retretes y lavabos viejos. No entiendo por qué nadie se los lleva, pero hay entre 30 y 40 piezas de lavabo esparcidas por diversos rincones del vecindario. Convenientemente restaurados, podrían nutrir todos los servicios de la mansión de Isabel Preysler, y aún sobraría alguno.

Pero algún ingenioso vecino ha decidido dar buen uso a algunos de estos objetos, en concreto a las cisternas de WC, transformándolas en tiestos. Eso sí que es reciclaje del bueno...



Una novedad del xiaoqu en los meses veraniegos es la presencia del vendedor de sandías, que me recuerda a los que también se ven en España con los calores estivales. Cosa graciosa de su puesto de fruta es que muchas veces está abandonado a su suerte, como cuando tomé la siguiente foto. Uno puede perfectamente agarrar una sandía por la cara y llevársela de gratis, si va por ejemplo cuando el sol más pega, al mediodía. A mí no me gustan mucho las sandías, así que no he cometido robo alguno por ahora.

En fin, así están las cosas por el barrio en verano, y lo mejor es que este ambiente casi rural y alejado del mundanal ruido se produce a pocos metros del pijerío del Centro Comercial Raffles. Si uno se cansa de la vida castiza, allá tiene chinitas elegantes, ropa de marca y consumismo a tutiplén.
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