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Dos años acuartelados

10 de Marzo, 2015, 0:01


Me han pedido en los comentarios que dé mi opinión sobre cómo está evolucionando el Gobierno en China en los últimos años, una pregunta que me parece que no está mal hacerse ahora que se cumplen más o menos dos años desde el cambio de líderes en el régimen (con el presidente chino Xi Jinping a la cabeza) y que estos días se celebra en Pekín la aburridísima, repetitiva e insufrible Asamblea Nacional Popular, en la que los legisladores chinos hablan mucho de política (aunque con la misma profundidad de lo que lo haría Ylenia la de Gran Hermano) y hacen muchos balances -igualmente hueros- de la situación china actual.

Xi Jinping llegó al máximo escalón del poder en marzo de 2013. Nadie esperaba que fuera un Gorbachov, pero se le veía cara bonachona y menos acartonada que la de su antecesor, Hu Jintao, por lo que abrigábamos cierta esperanza en que diera algo de aire fresco a China. De hecho, así lo pareció en los primeros meses, por ejemplo con pequeños detalles como el hecho de que su mujer, la cantante Peng Liyuan, adquiriera importancia en la política oficial y con ello diera un toque más relajado a las habitualmente muy encorsetadas recepciones de Estado.

Sin embargo, con el paso del tiempo, se ha visto que Xi (o, por no culparle sólo a él, podríamos decir "el nuevo liderazgo chino encabezado por Xi) no es en absoluto un soplo de aire fresco para China. Es más, es un retorno a formas casi maoístas, hasta tal punto que empezamos a echar de menos a Hu Jintao y a Wen Jiabao, porque al lado de Xi y Li Keqiang (el primer ministro actual) casi parecen aperturistas. Mucho lenguaje militar, muchas soflamas contra Japón... A veces, poniendo la tele, parece que estemos en guerra y que vivamos en un cuartel (de ahí el título que he puesto hoy, por si no se entiende su porqué).

Xi ha concentrado más poder que Hu Jintao. Si con Hu había cierto equilibrio de protagonismos con su primer ministro, Wen Jiabao (quien hasta era más popular que Hu), con Xi Jinping el cargo de primer ministro ha quedado bastante relegado a un papel segundón. Li Keqiang es un señor bastante gris, sus discursos de cada 5 de marzo (su gran día del año, cuando ha de dar una especie de informe sobre el estado de la nación) no tienen ni una frase memorable para hacer con ella un titular.

Por otro lado, Xi Jinping está adoptando maneras que, aunque aún están lejos del culto a la personalidad que puso en marcha Mao, sí llaman la atención por su mayor afán de protagonismo que sus más discretos antecesores, Hu Jintao, Jiang Zemin y yo diría que hasta Deng Xiaoping. Grandes posters como el de arriba del todo, con el presidente Xi como recién salido de un poster de 1967, se pueden ver en las calles del país. Eslóganes por él creados y que significan más bien poco ("sueño chino", "nueva normalidad", "cuatro integrales", o mi favorita, "línea de masas", que nadie sabe qué demonios quiere decir) son repetidos como letanías en noticias, carteles y anuncios de televisión.

A todo esto se ha unido una tendencia muy preocupante y que se ha cernido sobre nosotros en China lenta pero imparablemente, casi sin que nos diéramos cuenta: la gran falta de información sobre lo que está pasando en el país. A ver, no es que con Hu Jintao tuviéramos completo acceso a todo, pero es que con Xi, no se sabe por qué, la prensa china (que es de la que los periodistas extranjeros nos nutrimos, por mucho que la critiquemos) ha ido poco a poco cerrando el grifo de las noticias, hasta el punto de dar la sensación de que en el país más poblado del mundo hay meses que no ocurre nada. El cerrojazo informativo es tal que sólo queda ya informar una y otra vez sobre la contaminación que hace ese día en Pekín (un asunto preocupante pero, siento decíroslo, muy poco apasionante de leer cuando no hay nada nuevo bajo el sol), sobre las cifras macroeconómicas chinas que, ésas sí, se apresta a dar Pekín, o sobre detenciones o acoso a disidentes que pueden escaparse a través de activistas. China se ha convertido en un gran erial informativo.

Ah bueno, ¡y los casos de corrupción! Todos los días, todos, se informa de nuevos casos de corrupción destapados por el Estado. Lo cual, imagino, puede tener que ver con la sensación de inmovilismo que se respira en este país: ningún político chino a nivel municipal, provincial o nacional, se atreve a llamar la atención, por miedo a ser la penúltima víctima de esa campaña de limpieza. Que está bien luchar contra ella, en China, en España y donde sea, pero está claro que en el país asiático ha paralizado bastante al gobierno.

Desierto informativo, desierto político... y desierto cultural, quizá relacionado con todo lo anterior. El 90 por ciento de las películas que se están haciendo en China son carísimas superproducciones de tema histórico pero nulo guión. Al encender la tele, una de cada tres veces me aparecen series sobre la guerra con Japón, o contra el Kuomintang, o de similares temas bélicos. ¿Exposiciones de arte? Hace tiempo que no se oye hablar de alguna buena. ¿Nuevas voces en la literatura o la música china? Si las hay, ni se oye sobre ellas, ni parecen despertar interés entre mis conocidos o en los medios. También nos podemos olvidar de grandes fastos como las Olimpiadas o la Expo Universal que la pasada década organizó China: el Gobierno de Xi ha pedido austeridad máxima, lo cual en realidad es algo razonable en tiempos de crisis mundial, pero claro, hace todo más aburrido. Para colmo, la catástrofe de Shanghái a principios de año, en la que decenas de personas murieron en un tumulto en Nochevieja, habrá reforzado la idea entre las autoridades de que lo mejor es que haya cero espectáculos multitudinarios.

En fin, dos años bastante grises, la verdad sea dicha. Por supuesto, todo ello se ha acompañado de un rechazo oficial total a cualquier atisbo de creación de sociedad civil, incluso acabando con pequeños movimientos que parecían apoyar la campaña anticorrupción de Xi o hasta amilanando a grupos de personas que ni siquiera protestan contra China sino contra terceros países, como los familiares del avión MH370 desaparecido, que en el reciente aniversario de aquel misterio sufrieron similares muestras de mal rollo policial a las que podría sufrir, qué se yo, un grupo de yihadistas empeñados en derrocar a Xi. No hay grados de permisividad, como sí parecía haber con el anterior gobierno (que tampoco era un santo precisamente): ni asociarse, ni ser activos socialmente, ni el más mínimo permiso para disentir, sea el tema que sea. Del escaso grupo de voces críticas con Pekín que había hace apenas un lustro, la mayoría están entre rejas, con contadas excepciones como Hu Jia (a ver cuánto dura) o Ai Weiwei, quien ha acabado un poco saturado de su sobreexposición en la prensa internacional, y también muchos periodistas han acabado saturados de él.

¿Algún punto positivo en estos dos años? Por buscar alguno, aunque sea pequeño, parece que finalmente la contaminación se ha convertido en una preocupación de Estado, por el elevado número de noticias que la prensa china publica sobre ella, porque se menciona mucho en los discursos oficiales, y porque sí parece que están cerrando fábricas contaminantes en Hebei, la provincia de alrededor de Pekín. Habrá que esperar unos años para ver si es verdad lo que dice el gobierno de que ha declarado la guerra a la polución, pero bueno, creo que el hecho de que los líderes chinos tengan que ver el mismo smog de Pekín que el resto de nosotros ayudará a que tomen medidas.

Yo he sido siempre de los que defendían que China ha de cambiar despacio, y a su manera, no la que le pareciera a los EEUU (que diseñaron un moderno Irak monísimo, como sabréis) o la que saliera de sangrientas revoluciones y guerras (¿os acordáis de lo que salivaban todos con las primaveras árabes de Egipto, Libia y Siria?). Lo que no puede ser es que China vaya hacia atrás, y eso me parece que está ocurriendo con Xi. Cargar todos los días contra Japón, transformar a todos los medios en el Diario del Pueblo, repetir eslóganes sin sentido o dar a todo un aire militar no es propio de la segunda economía mundial, sino del vecino Kim Jong-un. O dejamos que corra un poco el aire, o el ambiente se va a cargar demasiado.

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