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Mayo del 2015


Ingmar Bergman, superado

29 de Mayo, 2015, 0:01

Probablemente muchos ya habréis visto el cortometraje sueco Kung Fury, porque es el fenómeno internetero de hoy (más de dos millones de visitas en tan sólo 24 horas), pero quiero contribuir modestamente a su fama incluyéndolo en este blog.

Kung Fury es todo lo ¿bueno? que tenían los 80 sumado, destilado y sublimado. Incluyendo mitos de la cultura "china" como las películas de kung fu, el filme "Golpe en la Pequeña China" o el vídeojuego Double Dragon, que creo que están dentro de los cientos de cosas que han inspirado a los autores de esta genialidad, para que así este gran corto tenga un gancho oriental que lo una a este blog.

Sin más dilación, para todos ustedes, Kung Fury (contiene violencia gratuita, así que no se lo dejen ver a sus niños):



PD: Si te has quedado con ganas de más años 80, te invito a que veas este publirreportaje de Cathay Pacific, éste sí, grabado en esa época.

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Algo está cambiando

25 de Mayo, 2015, 0:01


Con mucha emoción e ilusión observo desde la lejanía de Pekín los históricos momentos que se están construyendo poco a poco en España. En 2011, cuando se produjo el 15-M (que apoyé, aunque luego se me olvidara, y que comparé de forma muy sui generis con las protestas de Tiananmen) comenzó algo que nadie sabíamos aún a dónde llegaría, pero que finalmente está tomando forma. He tenido dudas, como cualquiera, pero poco a poco he ido entendido que el proceso es bueno para el país, y para ello he tenido que cambiar muchos esquemas en mi cabeza (para empezar, mi poca afición a las revoluciones, aunque bueno, sigo defendiendo que han de ser pacíficas).

Además, siempre fui un gran enemigo de politizarlo todo (por ejemplo, cuando se politizaron los Juegos Olímpicos de Pekín), pero ahora veo que todos tenemos que politizar más, o mejor dicho, debemos meternos de lleno en la política, por la sencilla razón de que en las décadas en que delegamos ese deber a sólo unos pocos, los políticos "profesionales" bajaron de nivel, tanto intelectual (sólo hay que escuchar un discurso de Tierno Galván y uno de Ana Botella para entenderlo) como ético (robar las arcas públicas, ha quedado claro, no fue la excepción, sino la regla: la política española se basó en prácticas mafiosas dignas de los Soprano). Ojalá un día esto llegue a China: los políticos chinos son buenos gestores económicos y buenos alumnos de Sun Tzu en su minimalismo diplomático, no se puede dudar, pero intelectualmente son un completo vacío cerebral. Me cuesta recordar, en los cientos, miles de discursos que les he oído o leído, alguna frase inteligente, original, que apasione, que pueda ligarles emocionalmente a un pueblo que no les presta atención alguna.

También he tenido que cambiar mi visión del pasado: siempre he defendido la reconciliación entre pueblos que han sufrido guerras o dictaduras, como el español (o el chino), pero he ido comprendiendo que una reconciliación puede estar construida sobre pilares equivocados que, inevitablemente, harán que tarde o temprano salgan las viejas rencillas del pasado. Una de las cosas que más me gusta del fenómeno que estamos viviendo es que psicoanaliza a España, le hace preguntarse qué pasó en la República, en la Transición, en los 80 o en los 90 (no tanto en la dictadura, porque en la dictadura el pueblo no podía hacer gran cosa, como ocurre ahora en China). Ahora, con casi 40 años, empiezo a encontrar inexplicable que de niño y adolescente no me enseñaran en la escuela nada del franquismo entonces recién terminado, o de la guerra civil. ¡Es un escándalo! En la televisión, que fue uno de nuestros grandes referentes culturales en esos años, tampoco se contaba nada. Si en la pantalla salían los 60 o los 70, era sólo con fines estéticos: los ye-yes, los guateques, los hippies. He de decir que quien más me ha ayudado a conocer mejor la historia de España en esas épocas que nadie quiere contar ha sido, en los últimos meses, Radio Nacional de España, con sus documentales sobre grandes figuras y hechos del siglo XX (aunque haya sido una visión moderada del asunto en comparación con la que haría alguien de Podemos, al menos se dignan a contar las cosas preguntando a los protagonistas).

Esto de escarbar en el pasado a China también le vendría muy bien. Otro país amnésico, y aún peor, que a la vez que no se acuerda de nada de lo ocurrido en las seis décadas pasadas (hambrunas del Gran Salto Adelante, linchamientos de la Revolución Cultural, matanza de Tiananmen), recuerda obsesivamente todos los días en la tele, en sus películas o en sus diarios lo que pasó en los años 30, cuando Japón les invadió. Ni siquiera es consecuente con sus discutibles leyes de punto final. Españoles y chinos, somos dos pueblos a los que les han secuestrado la historia reciente (está claro que a los chinos de forma mucho más sistemática, pero vosotros me entendéis) y eso no es sano.

Otra cosa que me gusta del nuevo movimiento que se vive en España es su nueva relación con Latinoamérica. Sí, Podemos ve con respeto, a veces quizá con excesiva admiración, movimientos como los de Venezuela, Bolivia, Brasil, Ecuador... Podré estar más o menos de acuerdo con ellos, pero algo de todo ello me parece extremadamente positivo, y es que por fin se contempla a América Latina sin paternalismos ni lástimas del rico que da limosna a un pobre: se ve a Latinoamérica como una región que nos puede enseñar cosas, ahora que hemos visto que el capitalismo de nuestros otros hermanos, los europeos del norte, puede ser salvaje y asesino. Que vale, tal vez Maduro no sea nuestro modelo a seguir, pero quizás sí Pepe Mújica.

España está probablemente viviendo un momento para la Historia, y precisamente cuando se cumplen 40 años de la muerte de aquel error histórico que estuvo otros 40 años en el poder. ¿Cómo afectará esto a las relaciones de España con China? No lo tengo aún claro. La actitud de la nueva izquierda que está surgiendo hacia el gigante asiático es ambivalente: por una parte, rechaza su carácter dictatorial y a la vez neoliberal. No gusta, por ejemplo, su papel innegable en la deslocalización de muchos negocios españoles, o que muchos negocios chinos en España hayan apuntalado el timo del ladrillo: la compra del Edificio España, la operación Campamento, los intentos de venta de viviendas de lujo a los millonarios chinos. Está por ver si la que posiblemente será la nueva alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, seguirá adelante con los negocios del magnate chino Wang Jianlin en la ciudad.

Sin embargo, el nuevo movimiento (en el que la cara más visible es Podemos, pero no quiero darles todo el protagonismo en este post, por eso a veces no le pongo nombre) también parece ver con buenos ojos el mundo multipolar que China, junto a Rusia, ofrece frente a dos décadas de dominio estadounidense en solitario que han coincidido con un liberalismo mortal, el de las hipotecas subprime, las bolsas convertidas en casinos de "productos financieros" y los bancos timando a sus clientes con las preferentes. Ni China ni Rusia son perfectas, es más, EEUU es probablemente un mejor país para vivir que los otros dos, pero es bueno que el imperio no sea omnipotente ni omnipresente.

Por otro lado, creo que estas izquierdas reconocerán que el papel de China como eliminador de pobreza es indiscutible, aunque a veces haya sido con métodos heterodoxos. Ya no sólo en la propia China, sino también en América Latina, donde muchos milagros económicos de esos países (desde economías muy liberales como Chile a otras populistas como Bolivia) tienen mucho que agradecer a los negocios con China. Habrá que ver cómo se relacionarán con un país que en parte ha sido uno de los grandes actores de la globalización que estas izquierdas tanto rechazan, pero que a la vez ha contribuido a una mejor redistribución de la riqueza.

En resumen, que si España acaba cambiando como parece que va a cambiar, las relaciones con China van a estar llenas de contradicciones, y no va a ser fácil seguir totalmente unos principios. Esperemos, en todo caso, que no acabemos abrazando el marxismo de Groucho Marx.


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Eternamente Liu

20 de Mayo, 2015, 0:01

Es curioso, pero el fin de semana pasado, cuando yo comenzaba mi carrera como atleta, fue también el momento elegido por otro compañero de gremio, el inmenso Liu Xiang, para poner fin a la suya. En realidad Liu Xiang, el saltador de vallas de Shanghai, el mejor atleta masculino de la historia de China, no corría desde los Juegos Olímpicos de Londres 2012, pero su adiós oficial no ha sido hasta ahora, dicen que por compromisos con compañías publicitarias que le obligaban a estar teóricamente en activo 10 años (desde su salto a la fama mundial en 2004 hasta ahora, más o menos). Su despedida, entre lágrimas, fue en la misma ciudad donde comenzó a correr, Shanghai, y aprovechando que ese día su patria chica acogía la Liga de Diamante.



A mí me da mucha pena, entre otras cosas porque con su retirada, la del baloncestista Yao Ming hace un tiempo y la de la tenista Li Na hace tan sólo unos meses, se pone fin a una gran generación de deportistas mediáticos de la China en la que yo he vivido, ésta de principios de siglo XXI. Me preguntáis deportistas famosos de la China actual, en activo, y así a bote pronto no se me ocurre ninguno.

La carrera de Liu Xiang es, además, la que más me apasiona de los tres deportistas mencionados. Hace poco se supo que se va a rodar una película de Li Na, pero yo no me explico cómo a nadie se le ha ocurrido hacer también una de Liu, una historia de grandes éxitos y enormes fracasos que quedaría perfecta en celuloide. Quizá es poque Liu Xiang siempre fue un hombre discreto, no hizo tantos anuncios como las otras estrellas deportivas chinas e incluso en los mejores y peores momentos de su carrera intentó evitar las cámaras.

Pese a esa timidez, Liu ha dado enormes momentos para la historia del deporte de China, momentos que a veces han inspirado posts en este blog. Recordemos algunos de ellos, primero los buenos y luego los malos, porque además así se sucedieron cronológicamente:



Atenas 2004: Liu Xiang, que no partía como favorito pero sí como posible revelación, gana el oro olímpico. Un enorme hito para un atleta asiático, en una prueba que como casi todas las de velocidad está desde hace décadas monopolizada por corredores de raza negra. El tiempo en el que corrió la final, además, sigue siendo el récord olímpico (12,91 segundos).





Lausana 2006
: El vallista shanghainés bate el récord mundial, con un tiempo de 12,88, que aún a día de hoy es la tercera mejor marca de la historia. Liu ostentaría el récord hasta 2008, en que se lo quitó su gran rival psicológico, el gafotas cubano Dayron Robles (digo psicológico porque en realidad han disputado muy pocas finales juntos, como conté en uno de los posts antes linkeados).





Osaka 2007
: En Japón, un país siempre muy simbólico para los chinos, Liu sigue construyendo su leyenda y gana el Mundial. En una perfecta progresión, pues en los Mundiales de París 2003 había sido bronce, y en los de Helsinki 2005 logró la plata.





Pekín 2008
: Comienza a estropearse la hasta entonces perfecta historia de Liu. En los Juegos Olímpicos disputados en su "casa", y ante decenas de miles de espectadores que habían ido prácticamente a verle sólo a él, Liu no puede ni siquiera correr la primera de las series calificatorias, ya que se resiente de una vieja lesión que en realidad siempre le ha estado doliendo. Liu se va por la puerta de servicio, y toda China se la pasó llorando ese día (si buscáis en YouTube o YouKu podréis encontrar un montón de vídeos de aficionados chinos recordando ese día con poemas tristes y músicas fúnebres).





Daegu 2011
: Tres años han pasado ya desde el desastre de Pekín. Liu ha estado todo ese tiempo entre médicos, operaciones, y disputando carreras de segundo nivel para no forzarse mucho. Tras la travesía por el desierto, está otra vez en forma y listo para dar al menos su última gran carrera, su canto del cisne. Es la final del Mundial, y al lado está su eterno rival, Dayron Robles. La carrera es triste y a la vez legendaria: Liu corre como si tuviera 10 años menos, la borda, pero llega la última valla y... a Dayron se le cruza el cable, lo agarra, y arruina a ambos. Increíble, épico y poético, aunque fuera un final tan infame. Dayron fue descalificado y Liu al menos se llevó la plata, su último gran metal. Pese a todo, se abrazaron.





Londres 2012
: Un final de película, digno de esta historia. Liu sabe que ya no está para ganar, pero al menos va a intentarlo. Vuelve Liu a unos Juegos Olímpicos, esta vez no quiere irse cobardemente como en Pekín, y correrá como sea. Otra vez la primera carrera de calificación, salen los atletas y... se da el trompazo padre con la primerísima valla. Entonces Liu se levanta, se muerde el orgullo y yendo a la pata coja, llega como puede hasta la última de las vallas y le da un beso, como diciendo que nunca más correría (y así fue, realmente). Dios, ya estoy oyendo música de violín de fondo.







En fin, que se me ponen los pelos como escarpias. Lo de Liu a mi entender está al nivel de Maradona o George Best, es de esas historias deportivas que no sólo son grandes por lo alto que llegaron, sino también por lo bajo que cayeron. Liu al menos no cayó en las drogas o en el alcohol, sólo se cayó en algunas vallas. Adiós Liu Xiang, los que hemos vivido en China estos años nunca te olvidaremos.

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El día que fui Abel Andong

17 de Mayo, 2015, 0:01


Ayer hice algo que jamás pensé que haría: disputar una media maratón. Y no una media maratón cualquiera, sino la que cada año se organiza en un tramo de la Gran Muralla china, la Great Wall Marathon (bueno, half marathon en mi caso). Ahora puedo decir que no sólo he cantado en ese monumento, no sólo he paseado en ella a mi perra, sino que también he participado en una carrera popular que discurre entre sus almenas.

Todo empezó cuando contacté con los organizadores de esta maratón, que se viene celebrando cada año desde 1999, para decirles si podría ir a ella en esta edición para cubrirla como periodista. Generosos ellos, me dijeron que no sólo podía ir como reportero, sino que me animaron a participar con dorsal y todo. Yo nunca jamás he corrido más allá de cuatro o cinco kilómetros en la cinta del gimnasio, y además tengo unos kilos de más, pero en fin, acepté la invitación pensando en que siempre podría retirarme de la carrera cuando me salieran los pulmones por la boca. Por si acaso, me apunté a la media maratón, no a la entera.

Llegó el día de la verdad... Los corredores estábamos citados en un hotel de Pekín, del que salimos a las 3 y media de la madrugada del sábado. Es decir, que no sólo hay que correr decenas de kilómetros, no sólo hay que hacerlo por los empinados escalones de la Gran Muralla, sino que además no se duerme en la noche anterior. En fin, la verdad es que luego, con la adrenalina que supuras, ni te acuerdas de la falta de sueño.

El lugar donde se celebra anualmente esta maratón no está en Pekín, sino en la vecina Tianjin, que también tiene Gran Muralla en su término municipal, aunque sea menos conocida. De hecho el tramo, que se llama Huangyaguan (Paso de las Rocas Amarillas) es tremendamente bonito, discurre por unas montañas más verdes que las pequinesas y de formas extrañas que recuerdan un poco, salvando las distancias, a los montes kársticos del sur de China (Guilin, Zhangjiajie y lugares así).

A Huangyaguan llegamos varios autobuses cargados de atletas, en su mayoría amateurs residentes en China como yo, aunque también había fans del atletismo venidos de otros países y algún que otro experto en maratones extremos. Eran las 6 y media de la mañana pero la gente estaba muy animada, como de fiesta (una vez más la adrenalina hace su buen trabajo). Había mucho estadounidense, pero también franceses, australianos, neozelandeses, italianos, brasileños, españoles... Muchos de ellos llevaban camisetas, gorras o banderas de su país. También había muchos con camisetas en las que decían correr para recaudar fondos para la lucha contra el cáncer, la investigación de las enfermedades raras que tan de moda se han puesto ahora en los medios de comunicación, o para muchas otras causas, como el veganismo o la defensa de la dignidad de los diabéticos. Yo sólo llevaba una camiseta Quechua azul que tengo desde hace años y que siempre me ha maravillado porque con ella no sudo nada, ni siquiera esta vez.

El clima, ya a esa hora, era animadísimo. Ayudó a ello una pareja de monitoras de gimnasio chinas que en la zona de la salida (la Plaza del Yin y el Yang) hacía ejercicios de aerobic para que nos fuéramos tonificando.


Llegó finalmente el momento de la salida, a las 7 y media, aunque fuimos saliendo en varias oleadas para no apelotonarnos demasiado (yo salí en la tercera de cinco). La mayoría empezamos a correr, aunque también hubo gente dispuesta a hacerse toda la maratón o la media maratón caminando.

Desde el principio adopté un trote cochinero estable pero lento. Algunos de los que iban andando, si tenían el paso rápido, me adelantaban. Pero en ningún momento me importó que me adelantara la gente, y de hecho casi todos los de la cuarta y la quinta oleada me fueron superando poco a poco. En realidad la competición es contra ti mismo.

Los primeros cinco kilómetros discurrieron por una carreterilla. Descubrí (la gente que corra en estas cosas ya lo sabrá, pero yo soy novato) que los niños que están en la cuneta animando te ponen la mano para que les choques los cinco, y te saludan. Choqué manos y saludé como si fuera un político en elecciones, y es algo que ayuda bastante en la carrera, te distrae.
Un par de niños se pusieron a correr a mi lado y aguantaron varios kilómetros a toda velocidad, los tíos. Nota negativa del tramo por carretera es que no estaba cortado al tráfico, y aunque es una zona rural y no hay muchos coches, algunos de ellos eran los típicos conductores chinos que tocan el claxon sólo una vez pero continuada, desde que meten la llave de contacto hasta que se bajan del vehículo.

Pasados esos cinco primeros kilómetros, que eran un poco cuesta arriba, llegamos a la Gran Muralla. Allí la mayoría de los participantes dejamos de correr, porque los escalones de este monumento no son nada cómodos para carreras. Algunos son muy empinados, en algunos tramos son muy irregulares, hay partes resbaladizas... Éramos unos 3.500 corredores, así que había muchas zonas en las que formábamos tapones y colas, que por lo demás nos iban bien para recuperar el resuello. En una de las torres de vigías de la Muralla, una señora nos intentaba vender plátanos a 10 yuanes, con ese espíritu emprendedor chino que tan lejos les ha llevado. Las vistas de la muralla llena de atletas eran espectaculares, por cierto (lástima no haber tenido una cámara a mano, pero bueno, estoy esperando que los organizadores publiquen las que ellos hicieron).

Tras unos 4 kilómetros en la Gran Muralla, volvimos a la Plaza del Yin y el Yang, el lugar desde donde habíamos salido. Allí muchos corredores aficionados se salían de la carrera, y yo había considerado la posibilidad de hacerlo, pero como hasta ese momento no se me había hecho tan dura la cosa, decidí continuar la carrera e intentar hacer la media maratón completa. Volvimos a la carretera, reanudé mi trote cochinero, y vuelta a chocar manos y a saludar a los niños.

En ese momento comencé a sentir cierta euforia, una sensación como de que podía seguir corriendo todo el día, hasta para hacer una maratón entera. Supongo que son las endorfinas, o la falta de oxígeno en la cabeza, yo qué sé, pero fue una sensación de bienestar curiosa, que nunca pensé que pudiera ocurrir después de pasar tanto rato corriendo. Imagino que a los atletas profesionales también les pasará en algún momento, y formará parte de su pasión por correr.

Sin embargo, esa sensación se truncó en algo de desánimo y cierta depresión debido a dos factores: en primer lugar, que pensaba, calculando a ojo de buen cubero que llevaba ya 15 kilómetros completados, cuando resultó que sólo había recorrido 11, según pude ver en las señales indicadoras. En segundo lugar, el recorrido de la media maratón se desvió a una zona de carretera en obras, un poco fea y polvorienta. Con un poco de bajón, decidí abandonar el trote cochinero y caminar un ratillo, hasta que volviera a haber asfalto. El resto de la maratón lo renegocié conmigo mismo: correría en zonas llanas y de asfalto, caminaría en pistas de cabras o en cuestas arriba muy duras.

Allá por el kilómetro 14 o 15 la media maratón se metió en un típico pueblo chino, de éstos que no son ni bonitos ni feos pero que tienen cierto encanto, y fue una parte también muy entretenida. Se metía por callejones, la gente del pueblo te acompañaba un rato mientras cargaba leña, los niños te indicaban por dónde se iba... Tras unas cuantas vueltas al pueblo, volvíamos a la carretera, esta vez en sentido contrario. Bueno, y también la pista pedregosa, que volví a hacer andando. Cuando se acabó la pista estaba ya en el kilómetro 18, y decidí que de ahí a la meta, por dignidad, debería ir corriendo (con ese trote cochinero que nunca aceleré).

Así lo hice, aunque lo pasé muy mal en los últimos tramos, porque yo me había hecho la idea de que una media maratón eran 20 kilómetros, cuando en realidad no es así: si una maratón son 42,195 kilómetros, una media maratón, por lógica, son 21,0975. Cuando vi el cartelito de 20 kilómetros y descubrí que aún quedaba un kilómetro largo, me cabreé. Sin embargo, en los metros finales, hasta me corrió alguna lagrimilla de emoción. Lagrimillas que por poco no fueron de dolor, porque a apenas 10 metros de la línea de meta una corredora china que iba delante de mí tropezó, cayó y por poco me la como. En fin, ahí estaba la meta tan anhelada: llevaba un buen rato soñando con arrancar una bandera española de un espectador y llegar en plan campeón olímpico, pero no había ninguna y me quedé con las ganas. Al llegar, eso sí, me dieron una medalla por participar, me hicieron una foto, y fui tan inmensamente feliz como el ganador.


Once
, que no tiene buen recuerdo de la Gran Muralla,
mira la medalla con escepticismo.



Quedé el 464 de unos 520 participantes en la media maratón, pero bueno, no esta mal para un novato, y seguramente fui el mejor oscense (no estoy cien por cien seguro, porque me han dicho que alguna vez ha venido gente de mi provincia a correr este maratón tan particular). Durante todo el recorrido me había dicho que no iba a picarme con nadie, que la carrera era sólo conmigo mismo, e incluso me frenaba un poco cuando había gente pisándome los talones. Sí que he de decir que me pasé casi todos los 21 kilómetros adelantando y poco después siendo adelantado por una chica vestida de rosa y con unos kilillos de más, como yo, y que como yo hacía algunas partes andando y otras corriendo un poco. Cada vez que me adelantaba, además, me decía algo que no entendía, y me mosqueaba un poco, así que pensé en apurar al final para vencerla, pero no pudo ser. En cambio, fíjate qué tontería, me puse muy contento cuando en los últimos kilómetros adelanté a un señor negro y delgado, me autoengañé imaginando que estaba adelantando a Gebreselassie.
Ah, un toque local de esta maratón: al acabarla unas señoras del pueblo hacen masajes en las piernas por 80 yuanes, y otras venden souvenirs como los de Badaling.

Acabé con las piernas hechas puré, al día siguiente voy caminando como un anciano, pero ha sido una experiencia fantástica, una de las mejores que he vivido este año. Por cierto, se me ha olvidado decir que la gente que participa en estas cosas es encantadora, hay un clima de compañerismo y solidaridad excelente. Si estáis en China o vais a venir os recomiendo que probéis de correr en ella para otro año: aprovechad los próximos meses para entrenar, para que no haya disgustos, o para que no tengáis que ir como yo, un ratito al paso y otro al trote.

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Agridulce Teng

13 de Mayo, 2015, 0:01


Recientemente se han cumplido 20 años del golazo de Nayim, uno de los momentos más emocionantes de la historia del deporte español. Un gol en el último minuto de una final, cuando nadie se lo esperaba, dando un enorme triunfo internacional a un equipo modesto de casa... Fue un gran aperitivo al gol de Iniesta en el Mundial 2010, 15 años después.

En aquella España de mayo de 1995 seguramente nadie, o casi nadie, se enteró de que dos días antes del gol de Nayim se había producido una triste noticia en el Extremo Oriente: Teresa Teng, una de las cantantes más famosas en lengua china, moría en unas vacaciones en Tailandia, con sólo 42 años, víctima de un ataque de asma. Fue el 8 de mayo de aquel año, un día triste tanto para los taiwaneses (que la enterraron con honores de Estado) como para los chinos, pues era igual de apreciada en ambos lugares. En el vigésimo aniversario de su fallecimiento se la ha recordado en los dos sitios, sin grandes fastos pero con algún pequeño detalle, como una serie de sellos taiwaneses en su honor, o ramos de flores en la casa de su familia en la provincia china de Hebei, cerca de Pekín.


Teresa Teng era una cantante de voz sencilla y dulce, alejada de esas horribles cantantes con voz de soprano revientavasos que tanto abundan, desgraciadamente, en la música china. Al lado de ellas, Teng ofrecía una música de melodía amable, que además recordaba a la vieja canción china de antes de la guerra, la que se podía oír en los cabarets de Shanghai.

Su canción más famosa, seguramente, es Tian Mi Mi (algo así como "dulce miel"), una tonadilla que 20 años después aún se puede escuchar en las radios o en los hilos musicales de muchos sitios en China, y que a mí me enseñaron en clase de chino hace tiempo, así que la puedo tararear y todo.



La cantante, cuyo nombre en chino era Deng Lijun, fue popular en Taiwán, pero en China fue un mito, la gran diosa del mandopop de los 80. Todo el mundo la oía a todas horas. No me puedo meter totalmente en las mentes chinas de esa época, pero imagino que para una gente salida de la Revolución Cultural, harta de himnos revolucionarios repetidos hasta la saciedad, Teresa Teng era una gran bocanada de aire fresco. En aquellos tiempos se decía que en China "por el día mandaba Deng Xiaoping, pero por la noche mandaba Deng Lijun", en el sentido de que se la oía sin parar en bares, sales de conciertos, restaurantes y fiestas (aún sigue siendo un valor seguro en los karaokes). También fue muy popular en Japón, lugar donde los artistas del mandopop y el cantopop no suelen conseguir mucho éxito, y por otro lado se la apreciaba mucho en el sureste asiático.

En el éxito de la cantante seguramente ayudó su imagen de niña buena, casi virginal, esa cara redonda y mofletuda que apenas cambió con el paso de la adolescencia a la madurez.


Su muerte en Tailandia, un poco rodeada de misterio y quizá derivada de una mala reacción a una medicina, se asemejó un poco a la de otro mito chino caído demasiado joven, Bruce Lee. De Bruce nos quedan sus películas, y de Teresa sus melosas melodías: merece la pena escuchar alguna de vez en cuando. Suenan un poco anticuadas, un poco como nuestro pop español de los 80, pero tienen ese tono nostálgico tan agradable de oír en un domingo tranquilo.




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Big Bertho

5 de Mayo, 2015, 0:01

Berto Romero, el gran compañero profesional de Andreu Buenafuente, es probablemente el mejor cómico actual que hay en la televisión española (con el permiso de Joaquín Reyes, que para mi gusto está un pco sobreexpuesto con tanto programa).

Berto, además, ha dedicado más de un programa con Buenafuente a adentrarse en la cultura china. Recuerdo, por ejemplo, su preocupación por los problemas sociales del gigante asiático...



... su atención a los muchos problemas medioambientales que vivimos en China...



... su interés en la cultura y tradiciones orientales...



...el cine...



...la literatura china (por cierto, a la sexóloga que aparece
la entrevisté yo hace poco)...



... o su atención al intrincado idioma chino.



Además, la nariz más aguileña de nuestras pequeñas pantallas nos ha hecho viajar en el tiempo al meterse en la piel de algunos grandes personajes históricos de este país.





¡Queremos más, Berto!

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La triste historia de Rong,
el as del ping pong de Hong Kong

4 de Mayo, 2015, 0:01


Este domingo ha terminado el Mundial de Tenis de Mesa 2015, que se disputaba en la ciudad china de Suzhou, y ha acabado como se esperaba, con pleno y aburrido dominio de los anfitriones. De los cinco oros en juego (individuales femenino y masculino, dobles de ambos sexos y dobles mixtos) China se ha llevado cuatro y medio (lo de medio es porque en el dobles mixto ganó una pareja formada por un chino y una surcoreana).

A mí en los Mundiales de cualquier deporte, y si son deportes raros mejor, me encanta escarbar en los palmareses de hace décadas, que en el caso del ping pong son especialmente largos (los primeros campeonatos del mundo se organizaron hace casi un siglo, y en los primeros tiempos se celebraban anualmente). Fijándose en ellos uno puede descubrir que los chinos empezaron a ganar oros a puñados en los años 50, y que el primero de esos oros se lo llevó un tal Rong Guotuan. ¿Quién sería? He pinchado en ese nombre en Wikipedia para conocer algo más de él, y así me he adentrado en una muy triste historia.

Rong Guotuan, nacido en 1937, fue de hecho el primer campeón mundial de la Historia de China en cualquier deporte. En los Mundiales de Dortmund 1959, Rong logró el oro y acabó así con varios años de dominio de Japón, que estaba llevándose muchos campeonatos porque habían sido pioneros en usar palas de ping pong con esponjilla. Ya sabeís, la tecnología nipona.


Rong con el trofeo de 1959, una de las pocas fotos que hay de él.


En realidad, Rong no era exactamente chino, sino de Hong Kong, entonces colonia británica (el tenis de mesa es un deporte nacido en Inglaterra y seguramente se jugaba mucho allí). En Hong Kong, alternaba su trabajo de bibliotecario con su gran pasión, el tenis de mesa, pero desde esa pequeña colonia no veía muchas posibilidades de desarrollar una carrera deportiva internacional, así que tomó la atrevida decisión de irse a China, ese gigante allá en el norte, para poder jugar unos Mundiales. Eso hizo, sin especial interés en el comunismo, y le fue bien varios años.

El jugador se convirtió en un héroe revolucionario para un país, China, que en aquel entonces estaba en uno de sus peores momentos de la Historia, en aquel "Gran Salto Adelante" que causó millones de muertos de hambre. En un régimen comunista joven, el nuevo campeón mundial, que encima había ganado a la enemiga Japón, fue venerado.



El primer ministro Zhou Enlai dijo que el año 1959 había sido de doble felicidad por la victoria de Rong y el décimo aniversario de la República Popular, y desde entonces las pelotas de ping pong chinas se llamaron así, Doble Felicidad (hoy en día siguen siendo la marca de pelotas de ping pong más conocidas mundialmente).

Rong se retiró poco después de su oro mundial para dedicarse a entrenar al equipo femenino chino, al que ayudó a conseguir también algunos oros ya comenzados los años 60. Pero todo se torció, como para muchos chinos, cuando llegó la Revolución Cultural, a mediados de los 60. Rong y varios jugadores y entrenadores de ping pong que habían llegado desde tierras hongkonesas fueron acusados de espías, usando como excusa su procedencia de esa colonia extranjera y otras bizarras razones (que si uno había sido sorprendido leyendo un diario, que si otro tenía una foto de niño en la que llevaba un uniforme con la bandera de Japón...). Humillados y sometidos a palizas, Rong y otros dos grandes jugadores chino-hongkoneses de la época se suicidaron. El 20 de junio de 1968, Rong se ahorcó con una cuerda en un árbol junto a un estanque. En su traje había una nota escrita en la que decía "No soy un espía, por favor, no sospechen de mí. Te he decepcionado. Valoro más mi reputación que mi propia vida". Así lo cuenta el libro "La década turbulenta", de Yan Jiaqi y Gao Gao.

La Revolución Cultural destruyó muchísmas cosas en China, entre ellas a su primer gran héroe deportivo, al padre del dominio nacional en el tenis de mensa, el deporte que más éxitos ha dado a China. Al menos, tras la Revolución Cultural su nombre fue públicamente rehabilitado, e incluso hay una estatua en su honor en Zhuhai, al lado de Macao, que es la tierra original de su familia.


Algo mejor, aunque no del todo bien, le fue al segundo gran campeón chino de tenis de mesa, que fue Zhuang Zedong. Zhuang recogió el testigo de Rong y ganó los Mundiales siguientes al ganado por el hongkonés (1959, 61 y 63). Sobrevivió a la Revolución Cultural, y en 1969, cuando ésta se moderó un poco, hasta participó en los históricos partidos entre jugadores chinos y estadounidenses en la llamada "diplomacia del ping pong" (que se podría decir que comenzó él, al hacerse amigo de un jugador estadounidense en los Mundiales de aquel año).


Zhuang y su amigo estadounidense, Glenn Cowan,
a quien el paso de las décadas no le ha hecho olvidar la amistad por su contincante chino
(ni tampoco su amor a su peinado).



Tras la Revolución Cultural, sin embargo, Zhuang fue acusado de ser protegido de Jiang Qing, viuda de Mao y componente de la famosa "Banda de los Cuatro", por lo que fue encarcelado e investigado, aunque finalmente se le dejó en libertad.


Más tarde, tuvo bastantes problemas al enamorarse de una japonesa, ya que tuvo que hacer un montón de trámites para que el régimen autorizara su boda con alguien del "eterno enemigo". De hecho, Zhuang escribió un libro sobre esta experiencia titulado "Deng Xiaoping aprobó nuestro matrimonio".

En 2008 se le diagnosticó un cáncer de colon ya avanzado. El exjugador sufrió mucho en sus últimos años de vida e incluso pidió que se le aplicara la eutanasia, lo cual le fue denegado, y falleció el 10 de febrero de 2013.

Un par de tristes historias, pero a la vez apasionantes. ¿A que no pensabais que las vidas de los jugadores de ping pong pudieran dar para tanto?


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