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El día que fui Abel Andong

17 de Mayo, 2015, 0:01


Ayer hice algo que jamás pensé que haría: disputar una media maratón. Y no una media maratón cualquiera, sino la que cada año se organiza en un tramo de la Gran Muralla china, la Great Wall Marathon (bueno, half marathon en mi caso). Ahora puedo decir que no sólo he cantado en ese monumento, no sólo he paseado en ella a mi perra, sino que también he participado en una carrera popular que discurre entre sus almenas.

Todo empezó cuando contacté con los organizadores de esta maratón, que se viene celebrando cada año desde 1999, para decirles si podría ir a ella en esta edición para cubrirla como periodista. Generosos ellos, me dijeron que no sólo podía ir como reportero, sino que me animaron a participar con dorsal y todo. Yo nunca jamás he corrido más allá de cuatro o cinco kilómetros en la cinta del gimnasio, y además tengo unos kilos de más, pero en fin, acepté la invitación pensando en que siempre podría retirarme de la carrera cuando me salieran los pulmones por la boca. Por si acaso, me apunté a la media maratón, no a la entera.

Llegó el día de la verdad... Los corredores estábamos citados en un hotel de Pekín, del que salimos a las 3 y media de la madrugada del sábado. Es decir, que no sólo hay que correr decenas de kilómetros, no sólo hay que hacerlo por los empinados escalones de la Gran Muralla, sino que además no se duerme en la noche anterior. En fin, la verdad es que luego, con la adrenalina que supuras, ni te acuerdas de la falta de sueño.

El lugar donde se celebra anualmente esta maratón no está en Pekín, sino en la vecina Tianjin, que también tiene Gran Muralla en su término municipal, aunque sea menos conocida. De hecho el tramo, que se llama Huangyaguan (Paso de las Rocas Amarillas) es tremendamente bonito, discurre por unas montañas más verdes que las pequinesas y de formas extrañas que recuerdan un poco, salvando las distancias, a los montes kársticos del sur de China (Guilin, Zhangjiajie y lugares así).

A Huangyaguan llegamos varios autobuses cargados de atletas, en su mayoría amateurs residentes en China como yo, aunque también había fans del atletismo venidos de otros países y algún que otro experto en maratones extremos. Eran las 6 y media de la mañana pero la gente estaba muy animada, como de fiesta (una vez más la adrenalina hace su buen trabajo). Había mucho estadounidense, pero también franceses, australianos, neozelandeses, italianos, brasileños, españoles... Muchos de ellos llevaban camisetas, gorras o banderas de su país. También había muchos con camisetas en las que decían correr para recaudar fondos para la lucha contra el cáncer, la investigación de las enfermedades raras que tan de moda se han puesto ahora en los medios de comunicación, o para muchas otras causas, como el veganismo o la defensa de la dignidad de los diabéticos. Yo sólo llevaba una camiseta Quechua azul que tengo desde hace años y que siempre me ha maravillado porque con ella no sudo nada, ni siquiera esta vez.

El clima, ya a esa hora, era animadísimo. Ayudó a ello una pareja de monitoras de gimnasio chinas que en la zona de la salida (la Plaza del Yin y el Yang) hacía ejercicios de aerobic para que nos fuéramos tonificando.


Llegó finalmente el momento de la salida, a las 7 y media, aunque fuimos saliendo en varias oleadas para no apelotonarnos demasiado (yo salí en la tercera de cinco). La mayoría empezamos a correr, aunque también hubo gente dispuesta a hacerse toda la maratón o la media maratón caminando.

Desde el principio adopté un trote cochinero estable pero lento. Algunos de los que iban andando, si tenían el paso rápido, me adelantaban. Pero en ningún momento me importó que me adelantara la gente, y de hecho casi todos los de la cuarta y la quinta oleada me fueron superando poco a poco. En realidad la competición es contra ti mismo.

Los primeros cinco kilómetros discurrieron por una carreterilla. Descubrí (la gente que corra en estas cosas ya lo sabrá, pero yo soy novato) que los niños que están en la cuneta animando te ponen la mano para que les choques los cinco, y te saludan. Choqué manos y saludé como si fuera un político en elecciones, y es algo que ayuda bastante en la carrera, te distrae.
Un par de niños se pusieron a correr a mi lado y aguantaron varios kilómetros a toda velocidad, los tíos. Nota negativa del tramo por carretera es que no estaba cortado al tráfico, y aunque es una zona rural y no hay muchos coches, algunos de ellos eran los típicos conductores chinos que tocan el claxon sólo una vez pero continuada, desde que meten la llave de contacto hasta que se bajan del vehículo.

Pasados esos cinco primeros kilómetros, que eran un poco cuesta arriba, llegamos a la Gran Muralla. Allí la mayoría de los participantes dejamos de correr, porque los escalones de este monumento no son nada cómodos para carreras. Algunos son muy empinados, en algunos tramos son muy irregulares, hay partes resbaladizas... Éramos unos 3.500 corredores, así que había muchas zonas en las que formábamos tapones y colas, que por lo demás nos iban bien para recuperar el resuello. En una de las torres de vigías de la Muralla, una señora nos intentaba vender plátanos a 10 yuanes, con ese espíritu emprendedor chino que tan lejos les ha llevado. Las vistas de la muralla llena de atletas eran espectaculares, por cierto (lástima no haber tenido una cámara a mano, pero bueno, estoy esperando que los organizadores publiquen las que ellos hicieron).

Tras unos 4 kilómetros en la Gran Muralla, volvimos a la Plaza del Yin y el Yang, el lugar desde donde habíamos salido. Allí muchos corredores aficionados se salían de la carrera, y yo había considerado la posibilidad de hacerlo, pero como hasta ese momento no se me había hecho tan dura la cosa, decidí continuar la carrera e intentar hacer la media maratón completa. Volvimos a la carretera, reanudé mi trote cochinero, y vuelta a chocar manos y a saludar a los niños.

En ese momento comencé a sentir cierta euforia, una sensación como de que podía seguir corriendo todo el día, hasta para hacer una maratón entera. Supongo que son las endorfinas, o la falta de oxígeno en la cabeza, yo qué sé, pero fue una sensación de bienestar curiosa, que nunca pensé que pudiera ocurrir después de pasar tanto rato corriendo. Imagino que a los atletas profesionales también les pasará en algún momento, y formará parte de su pasión por correr.

Sin embargo, esa sensación se truncó en algo de desánimo y cierta depresión debido a dos factores: en primer lugar, que pensaba, calculando a ojo de buen cubero que llevaba ya 15 kilómetros completados, cuando resultó que sólo había recorrido 11, según pude ver en las señales indicadoras. En segundo lugar, el recorrido de la media maratón se desvió a una zona de carretera en obras, un poco fea y polvorienta. Con un poco de bajón, decidí abandonar el trote cochinero y caminar un ratillo, hasta que volviera a haber asfalto. El resto de la maratón lo renegocié conmigo mismo: correría en zonas llanas y de asfalto, caminaría en pistas de cabras o en cuestas arriba muy duras.

Allá por el kilómetro 14 o 15 la media maratón se metió en un típico pueblo chino, de éstos que no son ni bonitos ni feos pero que tienen cierto encanto, y fue una parte también muy entretenida. Se metía por callejones, la gente del pueblo te acompañaba un rato mientras cargaba leña, los niños te indicaban por dónde se iba... Tras unas cuantas vueltas al pueblo, volvíamos a la carretera, esta vez en sentido contrario. Bueno, y también la pista pedregosa, que volví a hacer andando. Cuando se acabó la pista estaba ya en el kilómetro 18, y decidí que de ahí a la meta, por dignidad, debería ir corriendo (con ese trote cochinero que nunca aceleré).

Así lo hice, aunque lo pasé muy mal en los últimos tramos, porque yo me había hecho la idea de que una media maratón eran 20 kilómetros, cuando en realidad no es así: si una maratón son 42,195 kilómetros, una media maratón, por lógica, son 21,0975. Cuando vi el cartelito de 20 kilómetros y descubrí que aún quedaba un kilómetro largo, me cabreé. Sin embargo, en los metros finales, hasta me corrió alguna lagrimilla de emoción. Lagrimillas que por poco no fueron de dolor, porque a apenas 10 metros de la línea de meta una corredora china que iba delante de mí tropezó, cayó y por poco me la como. En fin, ahí estaba la meta tan anhelada: llevaba un buen rato soñando con arrancar una bandera española de un espectador y llegar en plan campeón olímpico, pero no había ninguna y me quedé con las ganas. Al llegar, eso sí, me dieron una medalla por participar, me hicieron una foto, y fui tan inmensamente feliz como el ganador.


Once
, que no tiene buen recuerdo de la Gran Muralla,
mira la medalla con escepticismo.



Quedé el 464 de unos 520 participantes en la media maratón, pero bueno, no esta mal para un novato, y seguramente fui el mejor oscense (no estoy cien por cien seguro, porque me han dicho que alguna vez ha venido gente de mi provincia a correr este maratón tan particular). Durante todo el recorrido me había dicho que no iba a picarme con nadie, que la carrera era sólo conmigo mismo, e incluso me frenaba un poco cuando había gente pisándome los talones. Sí que he de decir que me pasé casi todos los 21 kilómetros adelantando y poco después siendo adelantado por una chica vestida de rosa y con unos kilillos de más, como yo, y que como yo hacía algunas partes andando y otras corriendo un poco. Cada vez que me adelantaba, además, me decía algo que no entendía, y me mosqueaba un poco, así que pensé en apurar al final para vencerla, pero no pudo ser. En cambio, fíjate qué tontería, me puse muy contento cuando en los últimos kilómetros adelanté a un señor negro y delgado, me autoengañé imaginando que estaba adelantando a Gebreselassie.
Ah, un toque local de esta maratón: al acabarla unas señoras del pueblo hacen masajes en las piernas por 80 yuanes, y otras venden souvenirs como los de Badaling.

Acabé con las piernas hechas puré, al día siguiente voy caminando como un anciano, pero ha sido una experiencia fantástica, una de las mejores que he vivido este año. Por cierto, se me ha olvidado decir que la gente que participa en estas cosas es encantadora, hay un clima de compañerismo y solidaridad excelente. Si estáis en China o vais a venir os recomiendo que probéis de correr en ella para otro año: aprovechad los próximos meses para entrenar, para que no haya disgustos, o para que no tengáis que ir como yo, un ratito al paso y otro al trote.

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