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Abel Andong no dio la talla

24 de Septiembre, 2015, 0:01



Hace cuatro meses, como recordarán algunos lectores, participé en la Maratón de la Gran Muralla, donde conseguí completar la media maratón, nada mal para un principiante algo entrado en carnes. La experiencia me gustó mucho, así que poco después me envalentoné y me apunté a la Maratón Internacional de Pekín, que se disputó el pasado fin de semana. Unas 30.000 personas la comenzamos: como veis en la foto de arriba, en la plaza de Tiananmen, el lugar de salida, había un gran ambientazo. Críticos de la situación política de este país, no os privéis de hacer comentarios ácidos comparando esa muchedumbre con las de otra época dolorosa en el mismo lugar.

Como en otras maratones del mundo, la fauna que se junta en estas cosas es de lo más variopinta. Por supuesto, hay deportistas de elite, y mucho aficionado al running preparadísimo para la ocasión, pero también ves a gente disfrazada (que seguramente sólo corre en el principio de la carrera), otra que corre descalza porque es lo que le pide el cuerpo, padres que corren empujando el carrito de su bebé, pandillas de universitarios, de colegas de empresa, de jubilados... Y una cosa que me sorprendió fue ver correr a muchas monjas católicas chinas, con su velo, porque fuera de la maratón jamás he visto a una monja católica china en la calle.







La carrera empezó a las 7 y media de la mañana, por lo que nos tocó buen madrugón (en el metro, a esas horas de un domingo, prácticamente todos los que íbamos en los vagones éramos participantes en la carrera). En ese comienzo de la maratón fue bonito ir trotando por delante de la plaza de Tiananmen, y después por toda la avenida de Chang An, hacia el oeste, mientras veías miles de personas, muchas de ellas con chaleco fosforescente, delante de ti. Un gran río fosforito que sería impresionante ver desde el aire, pero la prohibición de helicópteros o hasta drones con cámara en el aire pequinés nos priva de ese placer.

Este año no hubo la polémica del año pasado, cuando el día de la carrera fue de enorme contaminación y muchos corrieron con mascarilla. Tampoco es que esta vez estuviera el aire perfecto, pero bueno, comparado con 2014 era una cosa más razonable. Eso sí, hacía algo de frío y el cielo estaba grisáceo, y eso que el día anterior había hecho un día de sol precioso (quizá fue mejor para los corredores, que pasamos menos calor). Otra polémica de años anteriores, causada porque decenas de participantes orinaron en las paredes de la Ciudad Prohibida para escándalo de los defensores del patrimonio nacional, tampoco parece que se diera esta vez, en la que había WCs portátiles en varios tramos (tampoco entiendo muy bien cómo es que miccionaban tantos en el palacio imperial, que está en el principio de la carrera).

Yo empecé con ilusión la maratón, aunque estaba completamente seguro de que no la iba a acabar, porque ni me había preparado, ni estaba en mi mejor momento físico del año (los últimos meses han sido de mucho curro y no he podido ir al gimnasio). Desde muy pronto adopté el trotecito lento que ya usé en la Maratón de la Gran Muralla, el que me permitió completar 21 kilómetros en cuatro horas. Por el camino íbamos llenando la calzada de esponjas de esas que te dan para que te hidrates.



Mi principal objetivo era ver si podía otra vez hacer lo de mayo, 21 kilómetros, pero no lo conseguí... Al mal estado de forma he de añadir que en la maratón de Pekín, como es más profesional y exigente, si vas muy lento vas a acabar siendo engullido por el tráfico de coches, ya que la organización detiene la circulación un rato pero no todo el día. Si vas a trote cochinero como el mío, llega un momento en que estás corriendo en autopistas con coches circulando como locos a tu lado, o junto a un atasco que te hace tragar todo el humo de los tubos de escape, lo cual te quita cualquier gana de seguir. Llegado cierto momento, vi que ya no era seguro ni sano continuar, y abandoné más o menos en el kilómetro 15, habiendo corrido unos 10 kilómetros y andado otros 5. Al menos completé todo el tramo de la avenida Chang An (unos 8 kilómetros desde Tiananmen), que era mi principal ilusión, e incluso llegué un poco más al norte, hasta la torre de la televisión, el pirulí de Pekín.

Lo más penoso de la experiencia fue el tener que ir a la meta, en la zona olímpica, para buscar mis cosas, cansado físicamente y afectado mentalmente por el abandono. Al principio de la maratón, en Tiananmen, le habíamos dado cada corredor nuestra bolsa a los organizadores, que nos las metían en una camioneta y en la llegada nos las devolvían. Yo pensé que durante el camino me podría subir a algún "coche escoba" que fuera recogiendo a los corredores retirados, pero resultó que esos vehículos eran muchos menos de los que pensaba, y que me adelantaron todos enseguida. Cuando me retiré, tuve que mendigar cinco yuanes a una chica de la organización para poder pagarme el billete de metro hasta la meta para poder ir a recoger la bolsa. Aparte de ir medio muerto en el vagón y tener aspecto de tío tramposo que se está haciendo medio recorrido en transporte público, fue un poco triste llegar a la zona olímpica y ver a todos los "triunfadores", gente que sí había completado la maratón, con sus preciosas medallas -a todo el que acaba le daban una- y contentos de haberse superado. Eso sí, muchos estaban tirados en el suelo sin poder casi moverse, y a alguno lo vi echando la pota.



En resumidas cuentas, participé en la maratón, pero mi lento ritmo me impidió poder vivirla en su plenitud, y no tuve tan buena experiencia como en la que hice en la Gran Muralla en mayo. Acabé muerto, sí, pero las agujetas sólo me duraron un par de días, cuando las de mayo casi me impedían caminar al día siguiente y me pincharon toda una semana, que es lo que debe pasarle a un corredor con pelotas en eventos así.

En fin, a ver si puedo entrenar más para la próxima, aunque creo que mi siguiente desafío va a ser la carrera vertical al rascacielos más alto de Pekín, que este año no he podido probar porque se celebró precisamente un día antes de esta maratón.

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