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Un día en las carreras

4 de Mayo, 2016, 0:01



He pasado el puente de mayo en Hong Kong, una ciudad a la que me he vuelto casi adicto en los últimos años. Esta vez, por hacer algo nuevo, me fui a ver las carreras de caballos, que son uno de los principales pasatiempos de la ex colonia británica (y una de sus principales herencias de esa época británica, dicho sea de paso). Hong Kong ama los caballos, y de hecho fue sede olímpica de la hípica en Pekín 2008, ya que las autoridades de cuarentena chinas eran demasiado estrictas con la entrada de caballos al país y por ello se decidió llevar las pruebas a territorio hongkonés, donde las trabas eran menores y la afición a ese deporte era mayor.

En Hong Kong hay dos hipódromos: el de Sha Tin, en la península de Kowloon, donde se disputan carreras de día, y el de Happy Valley, en la isla de Hong Kong propiamente dicha (al sur de Kowloon), donde las carreras son nocturnas. Creo que las carreras en Sha Tin son los domingos, y las de Happy Valley entre semana. El hipódromo de Sha Tin, donde estuve, es una preciosidad, sobre todo por donde está enclavado, al pie de una colina tan verde como verde es el sur de China.



El centro de operaciones del hipódromo es una única pero gigantesca grada que tendrá unos 300 metros de largo y cuatro o cinco pisos de altura, en la que te puedes sentar más o menos donde quieras, salvo unos asientos VIP que hay junto a la meta. Por lo demás, es todo muy relajado: te sientas un rato en un lado, luego cambias de asiento para ver la carrera desde otro ángulo en la siguiente carrera... También hay quien se va al restaurante del piso de arriba y ve las carreras mientras come.




Detrás de las gradas, o quizá debería decir debajo de ellas, hay un gran recinto de varios pisos donde tienes las zonas para hacer apuestas, los bares y restaurantes, las tiendas de souvenirs... vamos, algo similar a un estadio de fútbol, con la diferencia de que muchos de los hongkoneses asiduos a las carreras de caballos se pasan el día allí dentro, mirando las carreras por grandes pantallas e intentando hacer cálculos cabalísticos para ver si pueden adivinar qué caballo va a ganar en cada carrera. La zona de apostadores más empedernidos parece la base de lanzamiento de Cabo Cañaveral.



Aunque películas como Atraco Perfecto o la que da nombre a mi post de hoy nos han dibujado unos hipódromos glamourosos en el EEUU de los 40 o los 50, el ambiente en Hong Kong, al menos en Sha Tin, es bastante popular, con un importante predominio de gente de mediana edad o jubilados, en su mayoría fumadores empedernidos. La entrada es baratísima (se puede pagar con la tarjeta del metro) y vas allí a echar el día, porque hay 10 u 11 carreras y entre cada una hay media hora de descanso para apostar, descansar y darte un paseo, así que la jornada hípica dura seis horas (que no se te hacen largas porque entre carrera y carrera te dedicas a otras cosas).

Nunca había visto carreras de caballos, pero son francamente bellas y trepidantes. Aparte de que los purasangres son un portento de la naturaleza, corren de forma realmente emocionante: hay muchos adelantamientos finales, hay caballos que salen últimos y acaban primeros, los hay que sprintan al final y ganan en el último suspiro... En una de las carreras, los dos primeros en llegar a la meta quedaron empatados, ni con la foto finish se pudo determinar el ganador, así que se repartió el dinero de las apuestas para los que jugaron tanto por uno de ellos como por el otro.




Ya que estaba allí decidí apostar un poco, algo que en China está prohibido pero en Hong Kong y Macao no. Lo primero que hay que hacer para jugar es comprarse por 10 dólares de Hong Kong un librito donde sale la información de todas las carreras, con caballos, jinetes, estadísticas de unos y otros y demás información.



Una vez documentado, rellenas unos papelitos parecidos a la quiniela española, en los que puedes intenta adivinar qué caballo va a ganar determinada carrera, o que trío llega primero, o quien llega último, o cientos de otras combinaciones. Yo aposté en cada carrera por el caballo que según el librito había ganado en más ocasiones anteriores.




Fue un craso error, porque resultó que en muchos casos el caballo que más carreras había ganado era el más viejo y cansado de todos, y por ello quizá el menos favorito a vencer en ese día. En algunas carreras mi caballo quedó el último, y en varias ocasiones el destino me dio buenas bofetadas. Por ejemplo: en la primera y la segunda carreras aposté por el 5 pero ganó otro, y después en la tercera aposté por otro... y ganó el 5. Más tarde pasó lo contrario: en las carreras que más dinero daban, la séptima y la octava, ganó en las dos el caballo con el dorsal número 1, cuando yo había apostado por otros. Sin embargo, en la novena, donde yo había apostado por el número 1, ganó otro.

En fin, un desastre que seguramente me ha librado de volverme un ludópata hípico, pero al menos puedo decir que gané en una carrera, la sexta, gracias a "Multiexpress", montado por una amazona hongkonesa -hay mucho jinete extranjero- y que además por lo visto no era nada favorito, así que me llevé un buen pellizco que compensó las pérdidas de las otras carreras. En esa carrera descubrí lo que te emocionas cuando ves que tu caballo está ganando en la recta final, hasta el punto de que te pones a animarlo como un loco (tú y todos los de la grada que han apostado por el). Adrenalina pura, aunque lamentablemente sólo la pude degustar una vez.



La verdad es que el mundo de las apuestas caballunas es un raro universo que nunca había imaginado que tendría tantas complejidades, pero claro, si fuera sencillo todo el mundo ganaría y no habría negocio... No sólo tienes que considerar qué tal es el caballo, sino también qué jinete lo cabalga (en Hong Kong hay un brasileño llamado Joao Moreira que gana carreras como quien va a comprar el pan), quién lo ha entrenado, si le han cambiado las bridas o la capucha, si lleva una buena progresión, su edad, si está en su peso ideal, si el terreno es ideal para sus cascos... En el público toda esa complicación se traduce en docenas de apostadores que se pasan la jornada con la cabeza hundida en periódicos llenos de datos y más datos sobre cada competidor, unas hojas llenas de números y caracteres que si mira un profano como yo suenan a chino por partida doble.





A veces uno se marea con tantos datos y decide apostar al nombre que más le guste, pero es que los bautizadores de caballos son muy ladinos y a todos los animales sin excepción les ponen unos nombres fulgurantes, que enseguida te llaman la atención y te piden que apuestes por ellos: "Rey Relámpago", "Ganador Infalible", "Nitro Express", "Demasiado Rápido", "Cohete Cinco" y cosas así que te parece que te van a enriquecer pero que en muchos casos son camelos.

Acabadas las carreras, uno se dirige a las máquinas verificadoras para que le confirmen si ha tenido premio o no (a veces ya sabe uno que no, pero prueba por si acaso). En esa zona el suelo se llena de papeles no premiados.



También hay quien considera posible que alguien haya tirado o perdido un billete premiado y se pasa el rato buscando en el suelo y las papeleras a ver si hay suerte, como hacían Homer Simpson y Bart en aquel episodio en el que pasaban la Nochebuena en un canódromo.



Estas escenas tan poco glamourosas contrastan con la parte pija del hipódromo, donde los criadores de caballos toman champán mientras sus purasangres pasean alrededor de ellos antes y después de competir. Esa zona es un poco bizarra, porque mientras la jet set socializa allí abajo el público les rodea y les hace fotos.


En esa zona Vip, donde se ve mucho británico, australiano o similar, es el único sitio del hipódromo donde se ven sombreros y tocados en plan Ascot, aunque el día que fui quienes más llamaban la atención eran una familia de orondos mongoles que se había traído uno de sus caballos para correr y posaban muy ufanos ante las cámaras.



A todas estas gentes peculiares he de sumar los jockeys siempre pequeñitos, las chicas disfrazadas de amazonas para publicitar cosas o los animadores disfrazados de caballos. Todos ellos conformando un curioso mundo al que en España, donde las carreras de caballos son algo tan lejano, no estamos familiarizados, por lo que ir un día a las carreras puede ser una cosa muy novedosa y divertida. ¡Pruébala si puedes!






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