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13. Hong Kong y Cantón, esas ciudades


Un día en las carreras

4 de Mayo, 2016, 0:01



He pasado el puente de mayo en Hong Kong, una ciudad a la que me he vuelto casi adicto en los últimos años. Esta vez, por hacer algo nuevo, me fui a ver las carreras de caballos, que son uno de los principales pasatiempos de la ex colonia británica (y una de sus principales herencias de esa época británica, dicho sea de paso). Hong Kong ama los caballos, y de hecho fue sede olímpica de la hípica en Pekín 2008, ya que las autoridades de cuarentena chinas eran demasiado estrictas con la entrada de caballos al país y por ello se decidió llevar las pruebas a territorio hongkonés, donde las trabas eran menores y la afición a ese deporte era mayor.

En Hong Kong hay dos hipódromos: el de Sha Tin, en la península de Kowloon, donde se disputan carreras de día, y el de Happy Valley, en la isla de Hong Kong propiamente dicha (al sur de Kowloon), donde las carreras son nocturnas. Creo que las carreras en Sha Tin son los domingos, y las de Happy Valley entre semana. El hipódromo de Sha Tin, donde estuve, es una preciosidad, sobre todo por donde está enclavado, al pie de una colina tan verde como verde es el sur de China.



El centro de operaciones del hipódromo es una única pero gigantesca grada que tendrá unos 300 metros de largo y cuatro o cinco pisos de altura, en la que te puedes sentar más o menos donde quieras, salvo unos asientos VIP que hay junto a la meta. Por lo demás, es todo muy relajado: te sientas un rato en un lado, luego cambias de asiento para ver la carrera desde otro ángulo en la siguiente carrera... También hay quien se va al restaurante del piso de arriba y ve las carreras mientras come.




Detrás de las gradas, o quizá debería decir debajo de ellas, hay un gran recinto de varios pisos donde tienes las zonas para hacer apuestas, los bares y restaurantes, las tiendas de souvenirs... vamos, algo similar a un estadio de fútbol, con la diferencia de que muchos de los hongkoneses asiduos a las carreras de caballos se pasan el día allí dentro, mirando las carreras por grandes pantallas e intentando hacer cálculos cabalísticos para ver si pueden adivinar qué caballo va a ganar en cada carrera. La zona de apostadores más empedernidos parece la base de lanzamiento de Cabo Cañaveral.



Aunque películas como Atraco Perfecto o la que da nombre a mi post de hoy nos han dibujado unos hipódromos glamourosos en el EEUU de los 40 o los 50, el ambiente en Hong Kong, al menos en Sha Tin, es bastante popular, con un importante predominio de gente de mediana edad o jubilados, en su mayoría fumadores empedernidos. La entrada es baratísima (se puede pagar con la tarjeta del metro) y vas allí a echar el día, porque hay 10 u 11 carreras y entre cada una hay media hora de descanso para apostar, descansar y darte un paseo, así que la jornada hípica dura seis horas (que no se te hacen largas porque entre carrera y carrera te dedicas a otras cosas).

Nunca había visto carreras de caballos, pero son francamente bellas y trepidantes. Aparte de que los purasangres son un portento de la naturaleza, corren de forma realmente emocionante: hay muchos adelantamientos finales, hay caballos que salen últimos y acaban primeros, los hay que sprintan al final y ganan en el último suspiro... En una de las carreras, los dos primeros en llegar a la meta quedaron empatados, ni con la foto finish se pudo determinar el ganador, así que se repartió el dinero de las apuestas para los que jugaron tanto por uno de ellos como por el otro.




Ya que estaba allí decidí apostar un poco, algo que en China está prohibido pero en Hong Kong y Macao no. Lo primero que hay que hacer para jugar es comprarse por 10 dólares de Hong Kong un librito donde sale la información de todas las carreras, con caballos, jinetes, estadísticas de unos y otros y demás información.



Una vez documentado, rellenas unos papelitos parecidos a la quiniela española, en los que puedes intenta adivinar qué caballo va a ganar determinada carrera, o que trío llega primero, o quien llega último, o cientos de otras combinaciones. Yo aposté en cada carrera por el caballo que según el librito había ganado en más ocasiones anteriores.




Fue un craso error, porque resultó que en muchos casos el caballo que más carreras había ganado era el más viejo y cansado de todos, y por ello quizá el menos favorito a vencer en ese día. En algunas carreras mi caballo quedó el último, y en varias ocasiones el destino me dio buenas bofetadas. Por ejemplo: en la primera y la segunda carreras aposté por el 5 pero ganó otro, y después en la tercera aposté por otro... y ganó el 5. Más tarde pasó lo contrario: en las carreras que más dinero daban, la séptima y la octava, ganó en las dos el caballo con el dorsal número 1, cuando yo había apostado por otros. Sin embargo, en la novena, donde yo había apostado por el número 1, ganó otro.

En fin, un desastre que seguramente me ha librado de volverme un ludópata hípico, pero al menos puedo decir que gané en una carrera, la sexta, gracias a "Multiexpress", montado por una amazona hongkonesa -hay mucho jinete extranjero- y que además por lo visto no era nada favorito, así que me llevé un buen pellizco que compensó las pérdidas de las otras carreras. En esa carrera descubrí lo que te emocionas cuando ves que tu caballo está ganando en la recta final, hasta el punto de que te pones a animarlo como un loco (tú y todos los de la grada que han apostado por el). Adrenalina pura, aunque lamentablemente sólo la pude degustar una vez.



La verdad es que el mundo de las apuestas caballunas es un raro universo que nunca había imaginado que tendría tantas complejidades, pero claro, si fuera sencillo todo el mundo ganaría y no habría negocio... No sólo tienes que considerar qué tal es el caballo, sino también qué jinete lo cabalga (en Hong Kong hay un brasileño llamado Joao Moreira que gana carreras como quien va a comprar el pan), quién lo ha entrenado, si le han cambiado las bridas o la capucha, si lleva una buena progresión, su edad, si está en su peso ideal, si el terreno es ideal para sus cascos... En el público toda esa complicación se traduce en docenas de apostadores que se pasan la jornada con la cabeza hundida en periódicos llenos de datos y más datos sobre cada competidor, unas hojas llenas de números y caracteres que si mira un profano como yo suenan a chino por partida doble.





A veces uno se marea con tantos datos y decide apostar al nombre que más le guste, pero es que los bautizadores de caballos son muy ladinos y a todos los animales sin excepción les ponen unos nombres fulgurantes, que enseguida te llaman la atención y te piden que apuestes por ellos: "Rey Relámpago", "Ganador Infalible", "Nitro Express", "Demasiado Rápido", "Cohete Cinco" y cosas así que te parece que te van a enriquecer pero que en muchos casos son camelos.

Acabadas las carreras, uno se dirige a las máquinas verificadoras para que le confirmen si ha tenido premio o no (a veces ya sabe uno que no, pero prueba por si acaso). En esa zona el suelo se llena de papeles no premiados.



También hay quien considera posible que alguien haya tirado o perdido un billete premiado y se pasa el rato buscando en el suelo y las papeleras a ver si hay suerte, como hacían Homer Simpson y Bart en aquel episodio en el que pasaban la Nochebuena en un canódromo.



Estas escenas tan poco glamourosas contrastan con la parte pija del hipódromo, donde los criadores de caballos toman champán mientras sus purasangres pasean alrededor de ellos antes y después de competir. Esa zona es un poco bizarra, porque mientras la jet set socializa allí abajo el público les rodea y les hace fotos.


En esa zona Vip, donde se ve mucho británico, australiano o similar, es el único sitio del hipódromo donde se ven sombreros y tocados en plan Ascot, aunque el día que fui quienes más llamaban la atención eran una familia de orondos mongoles que se había traído uno de sus caballos para correr y posaban muy ufanos ante las cámaras.



A todas estas gentes peculiares he de sumar los jockeys siempre pequeñitos, las chicas disfrazadas de amazonas para publicitar cosas o los animadores disfrazados de caballos. Todos ellos conformando un curioso mundo al que en España, donde las carreras de caballos son algo tan lejano, no estamos familiarizados, por lo que ir un día a las carreras puede ser una cosa muy novedosa y divertida. ¡Pruébala si puedes!






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A Hong Kong sin avión

9 de Abril, 2015, 0:01

Estoy de viaje por Hong Kong, seis meses después de mi anterior visita. Si en octubre vine por trabajo, para conocer un poco mejor la Revolución de los Paraguas, esta vez he venido de vacaciones.

En esta ocasión he decidido ir en tren bala, con lo que he usado la que dicen es la mayor línea de alta velocidad ferroviaria del mundo, entre Pekín y Shenzhen, la ciudad china más cercana a Hong Kong. El trayecto dura unas nueve horas. Con los trenes normales se tardan más de 24 (la primera vez que fui a Hong Kong, allá por 2003, viajé de esa manera, y en 2008 repetí).





El paisaje desde el tren fue bastante feo en el norte de China, pero en el sur, pasado ya el Yangtsé, mejoró mucho, con montañas, arrozales y pueblecitos... La provincia de Hunan, al norte de Cantón, se está convirtiendo en una de mis favoritas de este país.


(Perdón por lo borroso de la foto, pero ya se sabe, el tren bala va muy rápido).



En el viaje, como suele pasar en periplos tan largos, me tocaron compañeros de vagón bastante curiosos. A mi lado, por ejemplo, se sentó un señor que se pasó todo el viaje haciendo el siguiente ejercicio: iba a la zona del vagón donde hay grifos de agua hirviendo para el té, llenaba un termo, volvía al asiento, se bebía el agua poco a poco a ruidosos sorbos, y una vez acabado el termo, volvía a repetir la misma operación, una y otra vez hasta que llegó a su destino. Se debió de beber 20 litros él solito.

Otra compañera de viaje interesante fue una señora que iba con su niña, de unos dos o tres años, y se pasó todo el viaje, los 2.500 kilómetros, jugando y hablando con ella. Una madre siempre quiere a su hija, eso está claro, pero lo de esa señora me pareció exagerado: no paró ni un momento de hacerle carantoñas, hablarle, darle paseos por los vagones, alimentarle... Gracias a esa abnegada atención, por cierto, la niña estuvo tranquilísima. Les tuve que hacer una foto, porque me pareció la madre del siglo, quizá del milenio.



Una vez llegado a Shenzhen, ni siquiera tuve que salir a la calle: en la misma estación de tren hice transbordo al metro, y con él llegué a la "frontera" que hay entre China y Hong Kong (no debería entrecomillarla, porque te piden pasaporte en el lado chino y en el hongkonés, es como salir del país). Pese a esos trámites policiales, cruzar de Shenzhen a Hong Kong da la sensación de estar únicamente cambiando de línea de metro, el paso de un lugar a otro es un pasillo como el que se podría encontrar en cualquier suburbano:

 

Como sabéis, en las fronteras suele haber carteles avisando a los turistas de que no se les ocurra intentar entrar o salir con drogas, o armas, o cosas así... Sin embargo, en la frontera chino-hongkonesa la gran preocupación de los aduaneros es la leche en polvo para bebés, algo que debe ser único en el mundo. Los avisos amenazan con hasta dos años de prisión para aquella persona que intente introducir en China excesivas cantidades de leche comprada en Hong Kong. Esto es lo primero que se encuentra una persona que cruza a Hong Kong desde China por tierra:



Esta curiosa situación se debe a que los chinos no confían demasiado en la calidad de la leche en polvo que se vende en su país, debido a varios escándalos alimentarios. Muchos chinos aprovechan sus viajes al extranjero (o a Hong Kong, que en la práctica es un mercado extranjero) para comprar leche para bebés. O incluso hay madres que van cada cierto tiempo exprofeso a Hong Kong a comprar comida para su bebé.

Pese a las advertencias y amenazas de la aduana (que también se pueden ver en la entrada a Macao, como pude comprobar un par de días después) lo cierto es que la leche en polvo para bebés es en Hong Kong un producto estrella que muchas tiendas promocionan para los turistas chinos. Vi tiendas de souvenirs que tenían leche en polvo en su escaparate, y en las farmacias hay enormes montañas de latas de esta leche en su entrada. Por contra, en muchos supermercados esta leche está colocada detrás del mostrador de las cajeras, para limitar un poco el acceso de los compradores a ella, como se suele hacer en otros lugares con las botellas de alcohol. Es increíble lo que la demanda china puede cambiar el comercio en una ciudad tan grande como Hong Kong.


Una vez dentro de Hong Kong, he quedado con parte de mi familia, que ha venido por aquí unos días más que yo, y hemos visitado Macao, la isla Lamma y algún sitio más... El fin de semana pasado fue demoledor, porque coincidieron las vacaciones de Semana Santa de los hongkoneses con las del Día de Barrer las Tumbas de los chinos. En consecuencia, había demasiada gente por todas partes, en un lugar que ya de por sí está densamente poblado. Gente, y palos de selfie: muchos palos de selfie, demasiados palos de selfie.


Pese a todo, han sido unos días muy agradables. Sin demasiado estrés por ver cosas, porque ya he estado varias veces en Hong Kong, más bien el objetivo ha sido pasar unos días en familia. Termino el post con unas fotos de estos días, tanto de la excolonia británica como de Macao.


(La Colina del León, al fondo, fue uno de los símbolos
de la Revolución de los Paraguas).




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Con paraguas sin que llueva

29 de Octubre, 2014, 0:01


Me encuentro en la ciudad de Hong Kong, donde el curro me ha enviado unos días para que informe de las protestas prodemocráticas que se han ganado el internacional nombre de la "Revolución de los Paraguas". Guardo lo más informativo para los articulos del trabajo, pero en este blog comentaré mis impresiones personales sobre las protestas.


Para empezar, me he quedado asombradísimo de las zonas que las protestas han conseguido cortar. Antes de venir a Hong Kong pensaba que los estudiantes y demás activistas se habrían colocado en plazas (imagino que me estaba acordando más de Tiananmen o del 11M), pero no señor, el Umbrella Movement ha cortado calles, y calles importantísimas de la ciudad. En la isla de Hong Kong, en Admiralty, han tomado un par de kilómetros de una señora autopista, por la que es impresionante ir caminando sin ver coches. No sólo se han colocado junto a la sede del gobierno local, un edificio enorme y horroroso que tiene aspecto de ser la sede del Gran Hermano, sino que también están junto a los cuarteles del Ejército chino en el territorio, ¡eso son huevos!






En otro campamento más pequeño, en Kowloon, se han instalado en Mong Kok, posiblemente el barrio más densamente poblado del mundo (de hecho, hay mucho más follón allí en las calles no ocupadas que en las ocupadas por los prodemocracia), y encima han cortado nada menos que Nathan Road, que es como la Gran Vía kowloonesa. Para los poquitos paisanos que me lean desde Huesca: éstos sí que han peatonalizado el Coso, ¡a lo bestia!



También me ha sorprendido el tremendo civismo de las protestas. Ya lo habían comentado amigos que habían ido allí, y muchos medios, pero hasta que no lo ves con tus propios ojos no te das cuenta. La zona de las protestas está más limpia que cualquier otro lugar de Hong Kong (que ya en sí es una ciudad bastante limpia). Son gente muy amable, responden a los periodistas siempre (cosa que en China es realmente complicada). Pero lo que más me ha alucinado fu ayer, cuando he ido a una concentración para conmemorar el mes de protestas, y pese a la gran muchedumbre no había empujones, hasta dejaban un pasillo libre para que la prensa pudiera ir a la primera fila a hacer fotos de los líderes dando sus mítines. ¡Casi lloré!

En torno a la protesta ha surgido además mucho arte y un mundo alternativo digno de ver, algo similar a un movimiento okupa pero a lo bestia. Pancartas, carteles, estatuas, hasta pequeños templos budistas o cristianos hechos con material reciclado en las zonas de protestas, todo un mar de pequeñas contribuciones al movimiento. He pensado que alguien debería recopilar todo esto en un libro homenaje, pero claro, alguien que entienda chino tradicional, porque casi todo está en esa escritura.






No sé si tendrán éxito, si se desinflarán o se reconvertirán en un partido estilo Podemos, pero en fin, es fácil coger simpatía a los paragüistas de Hong Kong, admitiendo también que cortar algunas de las calles más transitadas e importantes de la ciudad no le debe gustar a todo el mundo. A ver qué pasa en los próximos meses en la ex colonia británica, puede ser interesante y esperanzador.




"Quiero democracia real", reza el cartel, es el lema de las protestas.

 

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