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17. Japón y Corea

18. Sureste asiático

19. Fútbol chino

20. Otros deportes en China

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20. Otros deportes en China


Rojo y amarillo no sientan tan bien

2 de Junio, 2016, 0:01

Esta semana se ha presentado en China el uniforme que llevarán los atletas de este país que van a competir -si el zika lo permite- en los próximos Juegos Olímpicos de Río:


¿Puedo hacer el chiste fácil de que parecen chinos jugando a los chinos?


Obviamente se opta por lo clásico, y los trajes son casi iguales que los usados en Pekín 2008, pese a que los diseñadores son distintos:



La similitud es tal, que los chinos han hecho la misma broma en ambos casos: comentan que son poco originales, escasamente imaginativos, y que con tanto rojo y amarillo los atletas patrios parecen un plato de xihongshi chaojidan (el tradicional plato chino de huevos rehogados con tomate).



A los críticos chinos de los trajes les diría dos cosas: una, que si no les gustan deberían cambiar el color de la bandera de su país, que es el que en general dicta los colores nacionales. Siendo roja y amarilla, ¿qué quieren, uniformes que combinen el negro con el turquesa y el azul prusiano?

También les recomendaría que no pidan tanta imaginación y originalidad en los colores de los uniformes, y a ese respecto les sugeriría que se fijaran en España, otro país que tiene el rojo y el amarillo como colores nacionales y en su caso está hundido en una espiral de horror estético por culpa de querer ser original. No hay más que ver, por ejemplo, el chándal de domador de circo que los atletas españoles fueron obligados a llevar en los Juegos Olímpicos de Londres.


Un traje que podría haber quemado las retinas de Velázquez,
Goya o Miró  si hubieran vivido para conocerlo.


O peor aún, que vean cuál es actualmente la segunda camiseta de la selección española de fútbol. Eso sí son huevos con tomate, o quizá también un disparo al tórax:


Pido perdón a los enfermos del corazón
por mostrarles este crimen a la estética y a la anatomía.



El mundo de los equipamientos de fútbol, en todo caso, decidió condenar a muerte a la belleza ya en el Mundial de Brasil 2014, cuando se obligó a los equipos a vestir sólo de un color tanto la camiseta como el pantalón (España iba toda de rojo, Alemania toda de blanco, Italia toda de azul, etc). Lo único que se salvó de aquel esteticamente nefando campeonato fue la segunda camiseta de los germanos, que fue además con la que protagonizaron el único partido realmente memorable de ese aburrido torneo, el 1-7 ante Brasil.

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Juguemos algo al go

29 de Enero, 2016, 0:01

Hace ahora 20 años, en febrero de 1996, una célebre computadora, Deep Blue (desarrollada por un taiwanés, por cierto) hizo historia al ser la primera en derrotar a un campeón del mundo humano de ajedrez (Gary Kasparov). Aquella hazaña movió al mundo a filosofar: la máquina se estaba adelantando al hombre, era el principio del fin... La pesadilla de Terminator o de Matrix, con las máquinas dominando al ser humano, estaba por venir.

Kasparov, hay que recordarlo, se cabreó mucho con esta derrota
y dijo que no era verdad, que el computador estaba amañado y le ayudaban humanos
(es curioso que preferiera admitir que le ganaba un humano pero no una máquina)



Dos décadas después, no sé si las máquinas nos han vencido, cierto es que han dominado nuestro tiempo (como demuestro ahora mismo al escribir este blog), pero todavía tienen hazañas que superar, y ahora acaban de hacrer historia nuevamente al ser capaces de ganar por primera vez a campeones humanos en el juego del go, que según muchos entendidos es el deporte mental más complejo del mundo. Una computadora desarrollada por Google ha conseguido derrotar al campeón de Europa, el chino nacionalizado francés Fan Hui, y en marzo se enfrentará al campeón del mundo, el surcoreano Lee Sedol, para seguir batiendo marcas.


El go es un juego aparentemente simple, que se juega con piedrecitas blancas y negras todas ellas iguales, no con distintas características como las del ajedrez. Sin embargo, su aparente simplicidad a primera vista encierra, según dicen, una dificultad endiablada. El objetivo del juego es colocar cuantas más fichas de tu color puedas en un tablero de 19 x 19 posiciones, pero teniendo en cuenta que si tu oponente te rodea, pierdes las fichas que hayan quedado encerradas.




Hay alguna regla más, pero no muchas, es mucho más sencillo de aprender que el ajedrez, pero, por lo que dicen, mucho más difícil de dominar, porque las posibilidades de jugadas son muchísimo mayores (al parecer, los posibles movimientos en una partida de go suman un número mayor que el de átomos que contiene el universo). Es por esta gran complejidad que se pensaba hasta ahora que una computadora no podría procesar todas las posibilidades del go ni vencer jamás a un humano, y haber demostrado lo contrario se ha considerado una hazaña, tanto que ha merecido la portada de esta semana en la revista científica Nature.


El go es un juego nacido en China (donde lo llaman weiqi), aunque a Europa llegó desde Japón, por lo que su nombre internacional más conocido viene de su nombre en japonés, y muchas veces se cree que es un juego originario de esas islas. En China, no obstante, también es muy popular, algunos de los grandes campeones mundiales son de aquí, y en la televisión, sobre todo en los canales deportivos, hay programas que analizan durante horas partidas famosas y muestran estrategias posibles para los jugadores más avezados. El mejor jugador de todos los tiempos, para algunos, fue un japonés nacido en China, Go Geigen (que mira que es curioso llamarse igual que el juego, es como si el mejor maestro de ajedrez hubiera sido bautizado Ajedrez González).

No puedo decir que sepa mucho de go, es un juego que no acabo de entender porque imagino que requiere una inteligencia matemática y espacial superior a la mía, pero por lo visto la gran originalidad del juego, la que lo hace diferente a otros grandes juegos de la mente como el ajedrez, las damas o el backgammon, es que los jugadores están siempre en constante conflicto no sólo con el oponente, sino con sí mismos. Si te dedicas a poner tus piedras unas cerca de otras, éstas se defienden bien, van seguras, pero te quedas en una parte pequeña del tablero. Si pones una piedra en cada punta del tablero, quedan aisladas e indefensas. El gran jugador debe combinar estas dos formas de jugar, que tienen a la vez ventajas e inconvenientes. Buscar el equilibrio entre la seguridad y la aventura, entre el yin y el yang que para el taoísmo es el secreto de la vida.





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Abel Andong no dio la talla

24 de Septiembre, 2015, 0:01



Hace cuatro meses, como recordarán algunos lectores, participé en la Maratón de la Gran Muralla, donde conseguí completar la media maratón, nada mal para un principiante algo entrado en carnes. La experiencia me gustó mucho, así que poco después me envalentoné y me apunté a la Maratón Internacional de Pekín, que se disputó el pasado fin de semana. Unas 30.000 personas la comenzamos: como veis en la foto de arriba, en la plaza de Tiananmen, el lugar de salida, había un gran ambientazo. Críticos de la situación política de este país, no os privéis de hacer comentarios ácidos comparando esa muchedumbre con las de otra época dolorosa en el mismo lugar.

Como en otras maratones del mundo, la fauna que se junta en estas cosas es de lo más variopinta. Por supuesto, hay deportistas de elite, y mucho aficionado al running preparadísimo para la ocasión, pero también ves a gente disfrazada (que seguramente sólo corre en el principio de la carrera), otra que corre descalza porque es lo que le pide el cuerpo, padres que corren empujando el carrito de su bebé, pandillas de universitarios, de colegas de empresa, de jubilados... Y una cosa que me sorprendió fue ver correr a muchas monjas católicas chinas, con su velo, porque fuera de la maratón jamás he visto a una monja católica china en la calle.







La carrera empezó a las 7 y media de la mañana, por lo que nos tocó buen madrugón (en el metro, a esas horas de un domingo, prácticamente todos los que íbamos en los vagones éramos participantes en la carrera). En ese comienzo de la maratón fue bonito ir trotando por delante de la plaza de Tiananmen, y después por toda la avenida de Chang An, hacia el oeste, mientras veías miles de personas, muchas de ellas con chaleco fosforescente, delante de ti. Un gran río fosforito que sería impresionante ver desde el aire, pero la prohibición de helicópteros o hasta drones con cámara en el aire pequinés nos priva de ese placer.

Este año no hubo la polémica del año pasado, cuando el día de la carrera fue de enorme contaminación y muchos corrieron con mascarilla. Tampoco es que esta vez estuviera el aire perfecto, pero bueno, comparado con 2014 era una cosa más razonable. Eso sí, hacía algo de frío y el cielo estaba grisáceo, y eso que el día anterior había hecho un día de sol precioso (quizá fue mejor para los corredores, que pasamos menos calor). Otra polémica de años anteriores, causada porque decenas de participantes orinaron en las paredes de la Ciudad Prohibida para escándalo de los defensores del patrimonio nacional, tampoco parece que se diera esta vez, en la que había WCs portátiles en varios tramos (tampoco entiendo muy bien cómo es que miccionaban tantos en el palacio imperial, que está en el principio de la carrera).

Yo empecé con ilusión la maratón, aunque estaba completamente seguro de que no la iba a acabar, porque ni me había preparado, ni estaba en mi mejor momento físico del año (los últimos meses han sido de mucho curro y no he podido ir al gimnasio). Desde muy pronto adopté el trotecito lento que ya usé en la Maratón de la Gran Muralla, el que me permitió completar 21 kilómetros en cuatro horas. Por el camino íbamos llenando la calzada de esponjas de esas que te dan para que te hidrates.



Mi principal objetivo era ver si podía otra vez hacer lo de mayo, 21 kilómetros, pero no lo conseguí... Al mal estado de forma he de añadir que en la maratón de Pekín, como es más profesional y exigente, si vas muy lento vas a acabar siendo engullido por el tráfico de coches, ya que la organización detiene la circulación un rato pero no todo el día. Si vas a trote cochinero como el mío, llega un momento en que estás corriendo en autopistas con coches circulando como locos a tu lado, o junto a un atasco que te hace tragar todo el humo de los tubos de escape, lo cual te quita cualquier gana de seguir. Llegado cierto momento, vi que ya no era seguro ni sano continuar, y abandoné más o menos en el kilómetro 15, habiendo corrido unos 10 kilómetros y andado otros 5. Al menos completé todo el tramo de la avenida Chang An (unos 8 kilómetros desde Tiananmen), que era mi principal ilusión, e incluso llegué un poco más al norte, hasta la torre de la televisión, el pirulí de Pekín.

Lo más penoso de la experiencia fue el tener que ir a la meta, en la zona olímpica, para buscar mis cosas, cansado físicamente y afectado mentalmente por el abandono. Al principio de la maratón, en Tiananmen, le habíamos dado cada corredor nuestra bolsa a los organizadores, que nos las metían en una camioneta y en la llegada nos las devolvían. Yo pensé que durante el camino me podría subir a algún "coche escoba" que fuera recogiendo a los corredores retirados, pero resultó que esos vehículos eran muchos menos de los que pensaba, y que me adelantaron todos enseguida. Cuando me retiré, tuve que mendigar cinco yuanes a una chica de la organización para poder pagarme el billete de metro hasta la meta para poder ir a recoger la bolsa. Aparte de ir medio muerto en el vagón y tener aspecto de tío tramposo que se está haciendo medio recorrido en transporte público, fue un poco triste llegar a la zona olímpica y ver a todos los "triunfadores", gente que sí había completado la maratón, con sus preciosas medallas -a todo el que acaba le daban una- y contentos de haberse superado. Eso sí, muchos estaban tirados en el suelo sin poder casi moverse, y a alguno lo vi echando la pota.



En resumidas cuentas, participé en la maratón, pero mi lento ritmo me impidió poder vivirla en su plenitud, y no tuve tan buena experiencia como en la que hice en la Gran Muralla en mayo. Acabé muerto, sí, pero las agujetas sólo me duraron un par de días, cuando las de mayo casi me impedían caminar al día siguiente y me pincharon toda una semana, que es lo que debe pasarle a un corredor con pelotas en eventos así.

En fin, a ver si puedo entrenar más para la próxima, aunque creo que mi siguiente desafío va a ser la carrera vertical al rascacielos más alto de Pekín, que este año no he podido probar porque se celebró precisamente un día antes de esta maratón.

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Fauna y flora del rugby

21 de Septiembre, 2015, 0:01

Estos días se disputa el Mundial de Rugby en Inglaterra. Lo sé, lo sé, en España no es un deporte muy popular (tampoco en China), y reconozco que yo mismo tampoco sé del todo bien las reglas del juego. Pero hay una cosa que me fascina de este deporte (bueno, y de muchos otros), que son los logotipos de cada equipo, de cada selección. En el rugby es especialmente llamativo que casi todos los países gustan de encarnarse en un animal o una planta que suele ser una flor. Y Sudáfrica hace las dos cosas a la vez.



Andorra
(rebecos)

Argentina
(jaguares, aunque a los
 jugadores se les conoce como
"los pumas")

Australia
(canguros)
 
Austria
(cabras)
 
Bélgica
(leones)
 
Botswana
(buitres, con dos huevos)

Canadá
(hojas de arce)

Chile
(cóndores)
 
Colombia
(tucanes)
 
Corea del Sur
(rosas de Siria)
 
EEUU
(águilas)
 
Escocia
(cardos)
 
España
(leones como los
de las Cortes
pero aguantando un balón
)
 
Fiji
(palmeras)
 
Francia
(gallos)
 
Holanda
(tulipanes)
 
Hong Kong
(dragones)
 
Indonesia
(rinocerontes)
 
Inglaterra
(rosas)
 
Irlanda
(tréboles)
 
Japón
(sakuras,
flores del cerezo)
 
Kenia
(leones)
 
Malasia
(orquídeas)
 
Marruecos
(hojas de menta,
qué buenas con el té)
 
México
(serpientes)
 
Moldavia
(¿cisnes?)
 
Namibia
(aguilas pescadoras)
 
Noruega
(dragones)
 
Nueva Zelanda
(helechos)
 
Paraguay
(yacarés, caimanes)

Rumanía
(hojas de roble)

Rusia
(osos)
 
Serbia
(¿olivas?
¡qué grande!)

Singapur
(orquídeas)

Sri Lanka
(leones)
 
Sudáfrica
(gacelas y proteas,
animal + flor)
 
Suiza
(edelweisses)

Tonga
(palomas)

Uruguay
(teros, también lllamados
alcaravanes)

Venezuela
(orquídeas otra vez)


Lo que no entiendo es cómo ningún país ha adoptado el melón, ¿tan obvio es que nadie lo quiere?

Ah, qué a gusto me he quedado, me encantan los logotipos... Me he dejado uno para el final, porque este blog no es sobre rugby, animales o flores, sino sobre China. Y éste es el símbolo de la federación china de fútbol:



China
(peonías)


Como veis, los chinos han acudido también a un símbolo floral, en lugar de uno animal (el dragón ya se lo habían pedido los hongkoneses, y un panda es demasiado lento y perezoso para anotar ensayos y hacer melées). La peonía, toda una flor nacional para los chinos, es especialmente popular en la ciudad central de Luoyang, que celebra cada año un festival dedicado a estas flores (creo que es en abril).

En cuanto al rugby en China, el país no tiene una selección todavía demasiado competitiva, aunque este deporte sí es muy popular en Hong Kong, por la herencia inglesa de la ex colonia. En esa ciudad, de hecho, el evento deportivo más importante del año son los Rugby Sevens, un torneo internacional de selecciones que se celebra desde hace 40 años y al que es casi obligatorio que el público vaya disfrazado. Como el nombre del torneo indica, se trata de selecciones de rugby con siete jugadores, no 15 como en el rugby del Mundial o de los grandes torneos (Seis Naciones, Tres Naciones, etc). Pero el rugby a siete será olímpico a partir de Río 2016, así que con ello seguramente el campeonato hongkonés ha ganado enjundia.


Postdata (al día siguiente): Israel Barceló, desde Twitter, me ha inspirado a buscar más animales y plantas en las federaciones de rugby autonómicas, y he encontrado otras joyas:



Cataluña
(genistas,
la flor que Serrat nombraba
en "Mediterráneo")
 
Extremadura
(bellotas, cómo no)

Galicia
(toxos, o tojos
en castellano)

País Vasco
(pottokas,
tradicional caballo
vasco)


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20 recuerdos del Mundial de Pekín

31 de Agosto, 2015, 0:01

Terminó ayer el Mundial de Atletismo de Pekín, con gran pena para aficionados al deporte como este servidor, que en el Estadio Olímpico ha pasado bastante olímpicamente de todas las noticias que la semana pasada auguraban -por millonésima vez, imagino que tras 20 años de intentos algún día acertarán- un apocalipsis económico en China.

No podemos decir que la ciudad vuelva ahora a la normalidad, porque para rematar la cosa el próximo jueves tenemos un desfile militar que va a paralizar la capital y que casi todo el mundo vamos a tener que ver por la tele, por lo que de acto popular tiene más bien poco.

En Pekín 2015 he pasado buena parte de los 9 días que ha durado en el estadio. No he estado en todas las sesiones, ni he visto todas las finales, pero casi casi. Y me llevaré de estos Mundiales, como de los JJOO de 2008, bastantes buenos recuerdos. He aquí dos decenas:

 
El oro de Superlópez:
Fue la única medalla española, pero al menos fue de oro, un metal que no veíamos desde Berlín 2009 (y aquel igual nos lo quitan, pues se lo llevó Marta Domínguez y los tribunales antidopaje están estudiando si lo ganó limpiamente o no). López además le arrebató la victoria en los últimos kilómetros a un marchador local, Wang Zhen, con lo que la cosa tuvo su morbo. En 50 kilómertos (López ganó en 20) vale la pena recordar la gesta de Jesús Ángel García Bragado, que a sus 45 años terminó la prueba noveno, fue el mejor español, y eso ¡en su duodécimo Mundial consecutivo! El madrileño, el atleta que más Mundiales ha disputado en la historia, ganó el oro en Stuttgart 93, hace ya más de 20 años, y desde entonces no ha faltado a ninguna cita, el tío. 
 
La zambullida de Rolanda:
En las carreras de Pekín hubo varias caídas, pero quizá la más espectacular fue la de la panameña Rolanda Bell, que en el 3.000 obstáculos se cayó de cabeza al foso con agua. Curiosamente, yo la entrevisté pocos minutos después, pues tenía la misión en el Mundial de recoger declaraciones de atletas latinoamericanos, pero yo no había podido ver la caída y no le pregunté de ello. Sí note que estaba totalmente empapada en la zona de declaraciones, pero pensé que se había tirado una botella de agua por la cabeza para refrescarse.



La media perilla de Tamberi:
Los atletas a veces son excéntricos y llevan extraños peinados, como los de la campeona jamaicana de 100 metros Fraser-Pryce, pero el que se llevó la palma fue el saltador de altura italiano Gianmarco Tamberi, que en la clasificación y la final lució una peculiar media perilla que al parecer lleva desde hace mucho tiempo (quizá le da suerte o algo). Fue lo más llamativo de Italia en los Mundiales, porque por lo demás no rascaron ni una sola medalla.
 
Yego llegó más que nadie:
El oro de Julius Yego en jabalina fue una sopresa y mostró que Kenia ya no se conforma con ganar en pruebas de fondo y medio fondo, ahora hasta prueba suerte en los lanzamientos, que durante décadas han sido la salvación de los europeos. El resultado es que Kenia fue por primera vez líder en el medallero general. Algo parecido pasa con Jamaica, tradicional cantera de velocistas donde ya ha habido buenos resultados de lanzadores en Pekín.
 
El pelo naranja de Li Jinzhe:
De manera similar a lo dicho hace un momento con Kenia, la selección china, que durante mucho tiempo se había quedado encasillada en marcha, fondo y lanzamientos, ahora resulta que tiene buenos saltadores. En la final de longitud, los chinos quedaron en tercero, cuarto y quinto lugar: sólo una medalla, pero un gran resultado. El quinto, Li Jinzhe, deslumbró además con su pelo naranja, en un país donde los deportistas famosos no suelen llevar pelos extravagantes ni se tatúan como reos de un penal.
 
Tambores en el Nido:
Para dar un toque chinesco a los Mundiales, en la pista se colocaron bombos tradicionales chinos y con ellos se marcaba el ritmo a los corredores, o se añadía dramatismo a los momentos previos a una final importante. Otro toque oriental bonito en los Mundiales se hizo en las carreras de relevos, donde cada equipo salía por unas puertas del estadio que se habían decorado como si fueran la entrada a la Ciudad Prohibida.
 
Schippers, la sorpresa holandesa:
Aunque Bolt se llevó toda la atención y dio mucha emoción en sus duelos con Gatlin, lo cierto es que sus oros (otra vez tres) no fueron una gran sorpresa. Quizá la gran revelación de Pekín 2015 fue en cambio esta alta y lozana ciudadana de los Países Bajos que ganó los 200 metros y quedó segunda en los 100, algo nada fácil en unas pruebas en las que las atletas de raza negra habían dominado durante décadas. Para muchos, Bolt fue el rey del Mundial y ella la reina.
 
El yemeni descalzo:
En una de las carreras de 5.000 metros, junto al gran Mo Farah, destacó un joven corredor del Yemen de 16 años que hizo toda la prueba descalzo, algo que nos recordó a aquel mítico maratón de Roma 1960 de Abebe Bikila, aunque el etiope quedó primero entonces y el yemení fue último. De lejos no me di cuenta, pero cuando bajé a la zona de declaraciones, los periodistas chinos estaban locos por encontrar a alguien que supiera árabe para ayudarles a hacer de intérprete. Nos preguntaron sobre todo a los reporteros españoles, quizá porque teníamos la pinta más parecida a los yemeníes. Nosotros lo vimos ir descalzo hacia los vestuarios, pero como en esa parte post-carrera hay muchos otros corredores que van sin zapatillas, no nos dimos cuenta de su excepcionalidad.
 
La faraona Beitia:
La final de salto de altura femenina fue de las cosas más emocionantes que recuerdo, quizá porque allí teníamos una de las grandes esperanzas de medalla, pero no pudo ser. Ruth Beitia estuvo a su altura (nunca mejor dicho) pero las rusas y la croata Vlasic estaban aún mejor. Me encantó la forma en que saltaba (antes de empezar la carrerilla siempre ponía una postura como de egipcia de las pirámides) y su simpatía -con un punto socarrón de atleta curtida con la prensa- en la zona de declaraciones. Fue muy gracioso que al despedirse de nosotros los reporteros decidió darnos un beso a cada uno, y al ser ella tan alta parecía una madre despidiendo a sus hijos antes de que fueran al colegio.
 
Medalla para el taxista:
La anécdota más increíble del Mundial (no está del todo comprobada, pero qué demonios, es una gran historia) la protagonizó el campeón de lanzamiento de martillo, un polaco llamado Fajdek. Este peculiar atleta un poco obeso y gigantón -como muchos lanzadores-, de barbas pelirrojas y gafotas, decidió celebrar su oro con una borrachera tal que al regresar al hotel decidió darle al taxista su medalla como pago por la carrera (al día siguiente la policía la recuperó). Ayer mismo me encontré una historia similar, contada por el locuelo cantante argentino Facundo Cabral, que un día le regaló a un conductor de taxi un disco de oro que le acababan de dar (en este caso se lo dio para siempre).
 
La mascota más patosa de la historia:
Para animar a los espectadores antes de que comenzaran las sesiones vespertinas, la organización sacaba a la pista a la mascota de los Mundiales, una golondrina que según me he enterado hoy se llamaba Yaner (algo así como "golondrinita"). Desde los tiempos de Cobi no he visto un bicho más petrificado: con esas alas cortas siempre hacia arriba, el pobre no podía caminar más de 10 metros en cada sesión.
 
Lamine Diack y sus peroratas:
En estos Mundiales se retiró Lamine Diack como presidente de la federación internacional de atletismo (IAAF) y asumió el cargo Sebastian Coe, en la foto tenéis a los dos. En su última rueda de prensa, Diack se enrolló como una persiana para defenderse de las acusaciones de manga ancha en el dopaje. Los periodistas, ya no sabíamos donde meternos, y sus compañeros de mesa le pasaron un papelito en el que le debían poner algo así como "termina ya, que va a comenzar la clausura". Y el dijo en voz alta: "pues si se retrasa la clausura, que se retrase", y siguió con su rollo.
 
La decepción francesa:
Francia, como Italia, fue uno de los grandes fracasos en este Mundial, con sólo dos bronces (no pongo a España en este grupo porque tampoco se esperaba mucho más de lo poco logrado). Quizá la mayor decepción del campeonato la protagonizó el pertiguista Lavilleine, el único que ha conseguido saltar más alto que Bubka, y que esta vez se tuvo que conformar con el bronce. No fue el campeonato de los pertiguistas famosos: Bubka, ya retirado hace años, quería esta vez presidir la IAAF, pero Coe le ganó en las votaciones.
 
Zhang y el golpe de la grulla:
La final masculina de altura fue tan emocionante como la femenina, en este caso porque para los chinos era una de las grandes esperanzas de oro. Zhang Guowei no pudo llevarse la victoria, tuvo que conformarse con la plata, pero al menos nos dejó una fantástica postura de la grulla cuando consiguió superar el listón en una de las mangas (los saltadores a veces son un poco payasetes).
 
Un ruso saltarín:
Si hace 10 años Liu Xiang (ya retirado, para tristeza de los chinos) hacía historia al ser el primer asiático en ganar oros en el 110 vallas, esta vez el hito lo ha conseguido el ruso Shubenkov, primer ganador blanco de esta prueba. Fue muy gracioso en la rueda de prensa, donde dijo que no recordaba absolutamente nada de la final, de flipao que estaba con su victoria.
 
Los chinos ya son veloces:
China se llevó un oro en estos Mundiales (en 20 kilómetros marcha femenino) pero seguro que para los chinos lo más valioso de Pekín 2015 fue la plata en el 4x100, una prueba de velocidad donde los asiáticos jamás habían destacado. Los cimientos del estadio temblaron cuando los chinos entraron en la meta en tercer lugar, y aún temblaron más cuando EEUU, que había entrado segunda, fue descalificada. Uno de los miembros de estos relevos, Su Bingtian, hizo aún más historia al convertirse en el primer asiático en llegar a la final de 100 metros, la carrera más mediática de todas, junto a Bolt y a Gatlin. Quedó último, pero para China, que asoma la cabeza en la velocidad, supo a medalla.
 
Dibaba se queda a medias:
La etiope Genzebe Dibaba (en mi modesta opinión, la atleta más bella de los Mundiales, aunque haya otras con cuerpos más espectaculares) era la principal candidata a ser la reina de los campeonatos, y aunque comenzó cumpliendo con un oro en 1.500, no pudo completar la faena y en el 5.000 se tuvo que conformar con el bronce. En todo caso, qué ojazos, qué pena que no hable inglés y que en la rueda de prensa se mostrara tan tímida.
 
Dos tercios de las Luik:
El último día, en la maratón, los periodistas nos sorpendimos al ver a dos atletas idénticas defendiendo la bandera de Estonia, aparantemente gemelas, y más nos sorprendimos al enterarnos de que en realidad son trillizas y tienen otra hermana igualita, e igualmente maratoniana, que no pudo ir a Pekín por lesión. Se apellidan Luik y tienen nombres confusos, para acabarla de liar: Liina, Lily y Leila (la que no corrió).
 
Atontado contra Bolt:
Una de las imágenes de Pekín 2015 fue el "atropello" sufrido por Usain Bolt en plena pista, cuando celebraba su victoria en los 200 y un patoso cámara montado en un Segway de ésos de dos ruedas perdió el control de ese vehículo diabólico y cayó derribando a Bolt por el camino. En la rueda de prensa Bolt bromeó diciendo que seguramente el cámara había sido sobornado por Gatlin (y Gatlin continuó la broma diciendo que estaba decepcionado con el cámara porque no había completado del todo el "trabajo").
 
Un oro a última hora:
En las carreras a veces se pierde el oro en el último suspiro, y aunque en los concursos (lanzamientos y saltos) no ocurre tan a menudo, también puede pasar. En jabalina femenina, el estadio celebraba ya el oro de su compatriota Lü Huihui cuando una alemana no precisamente favorita, Katharina Molitor, en el último lanzamiento de toda la final, hizo la machada y le sacó un metro de ventaja a la china. Fue posiblemente el mayor disgusto para los locales.


Fuera de las pruebas profesionales, he de mencionar, porque también es para mí un imborrable recuerdo, que participé en la carrera de periodistas (800 metros, corríamos chicos y chicas juntos, y estábamos de todas las edades). Quedé en un deshonroso 112º puesto (de unos 125 que acabaron la prueba), acabé más cansado que en la media maratón de la Gran Muralla, pero oye, siempre podré presumir de haber corrido sobre el mismo tartán que Bolt, Mo Farah, Dibaba, Gatlin o García Bragado.

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Vuelta al tartán

24 de Agosto, 2015, 0:01

Ya estamos en Pekín metiditos de lleno en los Mundiales de Atletismo. Qué gusto volver a pasarse la jornada en El Nido, como en los Juegos Olímpicos de 2008. Y qué días estamos teniendo, azules y sin contaminación, ¡por favor, que todos los meses haya un sarao internacional gordo en esta ciudad!







El sábado comenzaron las competiciones, y ya hemos tenido ocasión de ver a algunos de los mejores atletas del momento, como Bolt, que ayer dio en apenas 20 segundos más espectáculo que el de un largometraje, con ese morboso duelo con Gatlin. Pero otros atletas nos están entreteniendo mucho también...







A mí, particularmente, que me está tocando ver de cerca a los atletas en la zona mixta, lo que más me ha encandilado es la mirada de la campeona etiope Genzebe Dibaba, que es algo así como una Angelina Jolie del Cuerno de África. Qué ojazos, madre mía, y encima es la gran favorita a la victoria en los 1.500 metros de mañana.



Mientras en España andáis muy contentos con el oro de Miguel Ángel López en marcha, y a la espera de si Ruth Beitia consigue otro en salto de altura, los chinos con lo que están exultantes es con el hecho de que uno de sus compatriotas, Su Bingtian, se colara ayer en la finalísima de 100 metros, al lado de Bolt, Gatlin, Gay y compañía. Quedó el último, y tuvo que entrar un poco de chiripa (porque había tres atletas empatados en 9:99), pero es el primer asiático que lo logra (también el primero que baja de la barrera de los 10 segundos) y las teles chinas están ofreciendo hoy una y ota vez repeticiones de su carrera.



Pero bueno, aún queda una semana de competición, ¡a seguir disfrutando!

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Tiembla, Mundial de Tute

7 de Agosto, 2015, 0:01

Vaya racha para los chinos: si hace justo una semana celebraban su elección como sede de los JJOO de Invierno de 2022, que serán en Pekín, hoy ya han conseguido otro gran evento deportivo, el Mundial de Baloncesto de 2019 (ya quisieron el de 2014, pero en aquella ocasión perdieron ante la candidatura de España). En lo poco que llevamos de siglo China ya ha tenido o va a tener Olimpiadas de Verano y de Invierno, Mundiales de baloncesto, de atletismo (los de este mes en Pekín), de natación (Shanghái 2011)... Ya sólo les va a faltar un Mundial de Fútbol, ¡y ahora que la FIFA está tan patas arriba, cualquiera sabe!


Yao y Pacquiao



Y ya que he mencionado los Mundiales de Natación, a China le está yendo bastante bien en los que actualmente se celebran en la ciudad rusa de Kazan (Rusia, otro país con muchos grandes eventos deportivos en los últimos años). Al habitual dominio chino en saltos de trampolín y las también habituales platas de natación sincronizada (el oro siempre se lo llevan las rusas) hay que sumar una por ahora muy aceptable cosecha de cuatro oros en las pruebas de natación. A los triunfos de Sun Yang, que ya es un habitual de los podios en los últimos años, se han unido otras jóvenes promesas como Ning Zetao, un chaval hasta ahora desconocido que triunfó ayer en los 100 metros libres.


Ning Zetao, de nombre bastante curioso, es además, como quizá habéis podido advertir en las fotos, un deportista bastante guaperas, y las chinas ya están loquitas por él. Ya les hacían falta ídolos así, porque las grandes leyendas del deporte masculino chino hasta el momento no habían destacado precisamente por su belleza...


Sun Yang, el mejor nadador chino de la historia,
necesita al mejor dentista chino de la historia.



Yao Ming, el mejor baloncestista chino de la historia
(lo sé, a Sun y a él les he pillado en malos momentos,
pero es que esta imagen es con diferencia la más famosa de Yao).



Liu Xiang, el mejor atleta chino de la historia
(quizá no tan callo como los anteriores,
pero el pelo Bruce Lee y su cuerpo larguirucho nunca le beneficiaron).

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Olímpicos otra vez

31 de Julio, 2015, 0:01


Quién lo hubiera dicho hace apenas dos o tres años, pero desde hoy Pekín vuelve a ser ciudad olímpica. Aún no se nos han borrado a muchos los recuerdos de Pekín 2008, aquellos Juegos que tanto tema de conversación dieron a este blog y a muchos otros, y mira, ahora la ciudad ya tiene otras Olimpiadas por delante. Hoy el Comité Olímpico Internacional le ha otorgado a esta ciudad los de 2022, que ojo, son de invierno, así que seguramente el impacto será algo menor. Sin embargo, ya le vienen bien a una ciudad que se había encerrado un poco en sí misma después de aquella fiesta olímpica, y en la que los únicos grandes fastos últimamente eran los desfiles militares.

La sensación es que Pekín ha ganado por incomparecencia de los rivales, después de que la gran favorita, Oslo, se retirara el pasado año de la liza, debido a que tras elecciones en ese país hubo cambios de gobierno y nuevos partidos en el poder pidieron la cancelación de la candidatura, por considerarla un despilfarro.


Sólo quedaron Almaty y Pekín, y aunque la ciudad kazaja ha presentado un proyecto que a mí me gustó bastante, incluso más que el pequinés, poco tenía que hacer ante las promesas de millonarias inversiones del gigante chino. Almaty ofrecía mejor nieve, pistas de esquí más cercanas y seguramente unos Juegos más bonitos para una región del mundo algo olvidada, pero Kazajistán queda un poco apartado, el país aún no tiene solera olímpica, y su economía -muy dependiente del petróleo y cada vez más de la propia China- no parecía ofrecer las garantías necesarias para unos preparativos sin sobresaltos. Quizá la próxima vez, Almaty, ya digo que a mí vuestra presentación me llegó más al corazón que la de Pekín.

Los JJOO de Pekín 2022, en todo caso, también serán algo complicados. En Pekín sólo veremos las pruebas sobre hielo, porque aunque en la ciudad suele nevar en invierno, la ciudad es casi totalmente plana, así que mal van los esquiadores a descender por ella.


Cubo de Agua, quién te ha visto y quién te ve...
De sede de la glamourosa natación olímpica,
a estadio para un deporte tan friki como el curling.


Las estaciones de esquí estarán en Chongli (el lugar al que he ido a esquiar los pasados dos inviernos, y al que he cogido bastante cariño) y en Yanqing, al pie de la Gran Muralla, donde ni siquiera está montada la estación invernal. Entre Pekín y Chongli hay casi 300 kilómetros, casi nada, pero todo está pensado: un tren de ata velocidad los unirá en menos de media hora. Será cómodo, seguro, pero cuando lo acaben de construir ya me puedo olvidar de ir a esquiar allí (si aún sigo en China), porque las estaciones van a ultramasificarse.

Pero el gran problema no serán las distancias: será seguramente la nieve. En el norte de China apenas llueve -o nieva- en invierno, el clima es casi desértico, y de hecho no estamos lejos del Gobi. Habrá que usar cañones de nieve artificial, y aunque con ello se podrá esquiar, el resto del monte podría estar marrón y pelao, por lo que los Juegos podrían perder bastante belleza estética. Es el gran talón de aquiles del proyecto, más incluso que cuestiones de derechos humanos o de contaminación que tanto se citan en los medios (y que, aunque sean verdad, también podrían aplicarse a Almaty).

En fin, comienza nuevamente una historia que los que vivimos en Pekín desde hace tiempo nos sabemos casi de memoria (yo conseguí trabajo en China un día antes de que le otorgaran los JJOO de 2008, en julio de 2001). Elección de mascotas, de logotipo, canción oficial para los juegos, ceremonias de colocación de la primera piedra para nuevos estadios, visitas del COI para supervisar las obras...

Y desde fuera, también sabemos lo que llegará: críticas de grupos de derechos humanos al COI por darle los JJOO a China otra vez, los medios asegurando que van a ser un rotundo fracaso organizativo -como siempre, acabará yendo todo bien-, gente pidiendo el boicot... Esas discusiones me tuvieron muy entretenido entre 2001 y 2008, pero creo que comienzan a pillarme algo mayor, así que en esta ocasión, en que creo que la intensidad de estas pasiones va a ser algo menor por tratarse de Olimpiadas invernales, voy a intentar mantenerme al margen de las posiciones inamovibles de los dos bandos. Sólo diré una cosa muy simplona: a mí me gusta el deporte, me gusta el respeto a los derechos humanos, y una cosa no quita a la otra.

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Eternamente Liu

20 de Mayo, 2015, 0:01

Es curioso, pero el fin de semana pasado, cuando yo comenzaba mi carrera como atleta, fue también el momento elegido por otro compañero de gremio, el inmenso Liu Xiang, para poner fin a la suya. En realidad Liu Xiang, el saltador de vallas de Shanghai, el mejor atleta masculino de la historia de China, no corría desde los Juegos Olímpicos de Londres 2012, pero su adiós oficial no ha sido hasta ahora, dicen que por compromisos con compañías publicitarias que le obligaban a estar teóricamente en activo 10 años (desde su salto a la fama mundial en 2004 hasta ahora, más o menos). Su despedida, entre lágrimas, fue en la misma ciudad donde comenzó a correr, Shanghai, y aprovechando que ese día su patria chica acogía la Liga de Diamante.



A mí me da mucha pena, entre otras cosas porque con su retirada, la del baloncestista Yao Ming hace un tiempo y la de la tenista Li Na hace tan sólo unos meses, se pone fin a una gran generación de deportistas mediáticos de la China en la que yo he vivido, ésta de principios de siglo XXI. Me preguntáis deportistas famosos de la China actual, en activo, y así a bote pronto no se me ocurre ninguno.

La carrera de Liu Xiang es, además, la que más me apasiona de los tres deportistas mencionados. Hace poco se supo que se va a rodar una película de Li Na, pero yo no me explico cómo a nadie se le ha ocurrido hacer también una de Liu, una historia de grandes éxitos y enormes fracasos que quedaría perfecta en celuloide. Quizá es poque Liu Xiang siempre fue un hombre discreto, no hizo tantos anuncios como las otras estrellas deportivas chinas e incluso en los mejores y peores momentos de su carrera intentó evitar las cámaras.

Pese a esa timidez, Liu ha dado enormes momentos para la historia del deporte de China, momentos que a veces han inspirado posts en este blog. Recordemos algunos de ellos, primero los buenos y luego los malos, porque además así se sucedieron cronológicamente:



Atenas 2004: Liu Xiang, que no partía como favorito pero sí como posible revelación, gana el oro olímpico. Un enorme hito para un atleta asiático, en una prueba que como casi todas las de velocidad está desde hace décadas monopolizada por corredores de raza negra. El tiempo en el que corrió la final, además, sigue siendo el récord olímpico (12,91 segundos).





Lausana 2006
: El vallista shanghainés bate el récord mundial, con un tiempo de 12,88, que aún a día de hoy es la tercera mejor marca de la historia. Liu ostentaría el récord hasta 2008, en que se lo quitó su gran rival psicológico, el gafotas cubano Dayron Robles (digo psicológico porque en realidad han disputado muy pocas finales juntos, como conté en uno de los posts antes linkeados).





Osaka 2007
: En Japón, un país siempre muy simbólico para los chinos, Liu sigue construyendo su leyenda y gana el Mundial. En una perfecta progresión, pues en los Mundiales de París 2003 había sido bronce, y en los de Helsinki 2005 logró la plata.





Pekín 2008
: Comienza a estropearse la hasta entonces perfecta historia de Liu. En los Juegos Olímpicos disputados en su "casa", y ante decenas de miles de espectadores que habían ido prácticamente a verle sólo a él, Liu no puede ni siquiera correr la primera de las series calificatorias, ya que se resiente de una vieja lesión que en realidad siempre le ha estado doliendo. Liu se va por la puerta de servicio, y toda China se la pasó llorando ese día (si buscáis en YouTube o YouKu podréis encontrar un montón de vídeos de aficionados chinos recordando ese día con poemas tristes y músicas fúnebres).





Daegu 2011
: Tres años han pasado ya desde el desastre de Pekín. Liu ha estado todo ese tiempo entre médicos, operaciones, y disputando carreras de segundo nivel para no forzarse mucho. Tras la travesía por el desierto, está otra vez en forma y listo para dar al menos su última gran carrera, su canto del cisne. Es la final del Mundial, y al lado está su eterno rival, Dayron Robles. La carrera es triste y a la vez legendaria: Liu corre como si tuviera 10 años menos, la borda, pero llega la última valla y... a Dayron se le cruza el cable, lo agarra, y arruina a ambos. Increíble, épico y poético, aunque fuera un final tan infame. Dayron fue descalificado y Liu al menos se llevó la plata, su último gran metal. Pese a todo, se abrazaron.





Londres 2012
: Un final de película, digno de esta historia. Liu sabe que ya no está para ganar, pero al menos va a intentarlo. Vuelve Liu a unos Juegos Olímpicos, esta vez no quiere irse cobardemente como en Pekín, y correrá como sea. Otra vez la primera carrera de calificación, salen los atletas y... se da el trompazo padre con la primerísima valla. Entonces Liu se levanta, se muerde el orgullo y yendo a la pata coja, llega como puede hasta la última de las vallas y le da un beso, como diciendo que nunca más correría (y así fue, realmente). Dios, ya estoy oyendo música de violín de fondo.







En fin, que se me ponen los pelos como escarpias. Lo de Liu a mi entender está al nivel de Maradona o George Best, es de esas historias deportivas que no sólo son grandes por lo alto que llegaron, sino también por lo bajo que cayeron. Liu al menos no cayó en las drogas o en el alcohol, sólo se cayó en algunas vallas. Adiós Liu Xiang, los que hemos vivido en China estos años nunca te olvidaremos.

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El día que fui Abel Andong

17 de Mayo, 2015, 0:01


Ayer hice algo que jamás pensé que haría: disputar una media maratón. Y no una media maratón cualquiera, sino la que cada año se organiza en un tramo de la Gran Muralla china, la Great Wall Marathon (bueno, half marathon en mi caso). Ahora puedo decir que no sólo he cantado en ese monumento, no sólo he paseado en ella a mi perra, sino que también he participado en una carrera popular que discurre entre sus almenas.

Todo empezó cuando contacté con los organizadores de esta maratón, que se viene celebrando cada año desde 1999, para decirles si podría ir a ella en esta edición para cubrirla como periodista. Generosos ellos, me dijeron que no sólo podía ir como reportero, sino que me animaron a participar con dorsal y todo. Yo nunca jamás he corrido más allá de cuatro o cinco kilómetros en la cinta del gimnasio, y además tengo unos kilos de más, pero en fin, acepté la invitación pensando en que siempre podría retirarme de la carrera cuando me salieran los pulmones por la boca. Por si acaso, me apunté a la media maratón, no a la entera.

Llegó el día de la verdad... Los corredores estábamos citados en un hotel de Pekín, del que salimos a las 3 y media de la madrugada del sábado. Es decir, que no sólo hay que correr decenas de kilómetros, no sólo hay que hacerlo por los empinados escalones de la Gran Muralla, sino que además no se duerme en la noche anterior. En fin, la verdad es que luego, con la adrenalina que supuras, ni te acuerdas de la falta de sueño.

El lugar donde se celebra anualmente esta maratón no está en Pekín, sino en la vecina Tianjin, que también tiene Gran Muralla en su término municipal, aunque sea menos conocida. De hecho el tramo, que se llama Huangyaguan (Paso de las Rocas Amarillas) es tremendamente bonito, discurre por unas montañas más verdes que las pequinesas y de formas extrañas que recuerdan un poco, salvando las distancias, a los montes kársticos del sur de China (Guilin, Zhangjiajie y lugares así).

A Huangyaguan llegamos varios autobuses cargados de atletas, en su mayoría amateurs residentes en China como yo, aunque también había fans del atletismo venidos de otros países y algún que otro experto en maratones extremos. Eran las 6 y media de la mañana pero la gente estaba muy animada, como de fiesta (una vez más la adrenalina hace su buen trabajo). Había mucho estadounidense, pero también franceses, australianos, neozelandeses, italianos, brasileños, españoles... Muchos de ellos llevaban camisetas, gorras o banderas de su país. También había muchos con camisetas en las que decían correr para recaudar fondos para la lucha contra el cáncer, la investigación de las enfermedades raras que tan de moda se han puesto ahora en los medios de comunicación, o para muchas otras causas, como el veganismo o la defensa de la dignidad de los diabéticos. Yo sólo llevaba una camiseta Quechua azul que tengo desde hace años y que siempre me ha maravillado porque con ella no sudo nada, ni siquiera esta vez.

El clima, ya a esa hora, era animadísimo. Ayudó a ello una pareja de monitoras de gimnasio chinas que en la zona de la salida (la Plaza del Yin y el Yang) hacía ejercicios de aerobic para que nos fuéramos tonificando.


Llegó finalmente el momento de la salida, a las 7 y media, aunque fuimos saliendo en varias oleadas para no apelotonarnos demasiado (yo salí en la tercera de cinco). La mayoría empezamos a correr, aunque también hubo gente dispuesta a hacerse toda la maratón o la media maratón caminando.

Desde el principio adopté un trote cochinero estable pero lento. Algunos de los que iban andando, si tenían el paso rápido, me adelantaban. Pero en ningún momento me importó que me adelantara la gente, y de hecho casi todos los de la cuarta y la quinta oleada me fueron superando poco a poco. En realidad la competición es contra ti mismo.

Los primeros cinco kilómetros discurrieron por una carreterilla. Descubrí (la gente que corra en estas cosas ya lo sabrá, pero yo soy novato) que los niños que están en la cuneta animando te ponen la mano para que les choques los cinco, y te saludan. Choqué manos y saludé como si fuera un político en elecciones, y es algo que ayuda bastante en la carrera, te distrae.
Un par de niños se pusieron a correr a mi lado y aguantaron varios kilómetros a toda velocidad, los tíos. Nota negativa del tramo por carretera es que no estaba cortado al tráfico, y aunque es una zona rural y no hay muchos coches, algunos de ellos eran los típicos conductores chinos que tocan el claxon sólo una vez pero continuada, desde que meten la llave de contacto hasta que se bajan del vehículo.

Pasados esos cinco primeros kilómetros, que eran un poco cuesta arriba, llegamos a la Gran Muralla. Allí la mayoría de los participantes dejamos de correr, porque los escalones de este monumento no son nada cómodos para carreras. Algunos son muy empinados, en algunos tramos son muy irregulares, hay partes resbaladizas... Éramos unos 3.500 corredores, así que había muchas zonas en las que formábamos tapones y colas, que por lo demás nos iban bien para recuperar el resuello. En una de las torres de vigías de la Muralla, una señora nos intentaba vender plátanos a 10 yuanes, con ese espíritu emprendedor chino que tan lejos les ha llevado. Las vistas de la muralla llena de atletas eran espectaculares, por cierto (lástima no haber tenido una cámara a mano, pero bueno, estoy esperando que los organizadores publiquen las que ellos hicieron).

Tras unos 4 kilómetros en la Gran Muralla, volvimos a la Plaza del Yin y el Yang, el lugar desde donde habíamos salido. Allí muchos corredores aficionados se salían de la carrera, y yo había considerado la posibilidad de hacerlo, pero como hasta ese momento no se me había hecho tan dura la cosa, decidí continuar la carrera e intentar hacer la media maratón completa. Volvimos a la carretera, reanudé mi trote cochinero, y vuelta a chocar manos y a saludar a los niños.

En ese momento comencé a sentir cierta euforia, una sensación como de que podía seguir corriendo todo el día, hasta para hacer una maratón entera. Supongo que son las endorfinas, o la falta de oxígeno en la cabeza, yo qué sé, pero fue una sensación de bienestar curiosa, que nunca pensé que pudiera ocurrir después de pasar tanto rato corriendo. Imagino que a los atletas profesionales también les pasará en algún momento, y formará parte de su pasión por correr.

Sin embargo, esa sensación se truncó en algo de desánimo y cierta depresión debido a dos factores: en primer lugar, que pensaba, calculando a ojo de buen cubero que llevaba ya 15 kilómetros completados, cuando resultó que sólo había recorrido 11, según pude ver en las señales indicadoras. En segundo lugar, el recorrido de la media maratón se desvió a una zona de carretera en obras, un poco fea y polvorienta. Con un poco de bajón, decidí abandonar el trote cochinero y caminar un ratillo, hasta que volviera a haber asfalto. El resto de la maratón lo renegocié conmigo mismo: correría en zonas llanas y de asfalto, caminaría en pistas de cabras o en cuestas arriba muy duras.

Allá por el kilómetro 14 o 15 la media maratón se metió en un típico pueblo chino, de éstos que no son ni bonitos ni feos pero que tienen cierto encanto, y fue una parte también muy entretenida. Se metía por callejones, la gente del pueblo te acompañaba un rato mientras cargaba leña, los niños te indicaban por dónde se iba... Tras unas cuantas vueltas al pueblo, volvíamos a la carretera, esta vez en sentido contrario. Bueno, y también la pista pedregosa, que volví a hacer andando. Cuando se acabó la pista estaba ya en el kilómetro 18, y decidí que de ahí a la meta, por dignidad, debería ir corriendo (con ese trote cochinero que nunca aceleré).

Así lo hice, aunque lo pasé muy mal en los últimos tramos, porque yo me había hecho la idea de que una media maratón eran 20 kilómetros, cuando en realidad no es así: si una maratón son 42,195 kilómetros, una media maratón, por lógica, son 21,0975. Cuando vi el cartelito de 20 kilómetros y descubrí que aún quedaba un kilómetro largo, me cabreé. Sin embargo, en los metros finales, hasta me corrió alguna lagrimilla de emoción. Lagrimillas que por poco no fueron de dolor, porque a apenas 10 metros de la línea de meta una corredora china que iba delante de mí tropezó, cayó y por poco me la como. En fin, ahí estaba la meta tan anhelada: llevaba un buen rato soñando con arrancar una bandera española de un espectador y llegar en plan campeón olímpico, pero no había ninguna y me quedé con las ganas. Al llegar, eso sí, me dieron una medalla por participar, me hicieron una foto, y fui tan inmensamente feliz como el ganador.


Once
, que no tiene buen recuerdo de la Gran Muralla,
mira la medalla con escepticismo.



Quedé el 464 de unos 520 participantes en la media maratón, pero bueno, no esta mal para un novato, y seguramente fui el mejor oscense (no estoy cien por cien seguro, porque me han dicho que alguna vez ha venido gente de mi provincia a correr este maratón tan particular). Durante todo el recorrido me había dicho que no iba a picarme con nadie, que la carrera era sólo conmigo mismo, e incluso me frenaba un poco cuando había gente pisándome los talones. Sí que he de decir que me pasé casi todos los 21 kilómetros adelantando y poco después siendo adelantado por una chica vestida de rosa y con unos kilillos de más, como yo, y que como yo hacía algunas partes andando y otras corriendo un poco. Cada vez que me adelantaba, además, me decía algo que no entendía, y me mosqueaba un poco, así que pensé en apurar al final para vencerla, pero no pudo ser. En cambio, fíjate qué tontería, me puse muy contento cuando en los últimos kilómetros adelanté a un señor negro y delgado, me autoengañé imaginando que estaba adelantando a Gebreselassie.
Ah, un toque local de esta maratón: al acabarla unas señoras del pueblo hacen masajes en las piernas por 80 yuanes, y otras venden souvenirs como los de Badaling.

Acabé con las piernas hechas puré, al día siguiente voy caminando como un anciano, pero ha sido una experiencia fantástica, una de las mejores que he vivido este año. Por cierto, se me ha olvidado decir que la gente que participa en estas cosas es encantadora, hay un clima de compañerismo y solidaridad excelente. Si estáis en China o vais a venir os recomiendo que probéis de correr en ella para otro año: aprovechad los próximos meses para entrenar, para que no haya disgustos, o para que no tengáis que ir como yo, un ratito al paso y otro al trote.

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